15 de enero, 2026
Actualidad

Durante el verano, el uso de piletas aumenta en hogares y espacios recreativos, lo que también incrementa el riesgo de accidentes infantiles. La información, la supervisión activa y la preparación ante una emergencia pueden marcar la diferencia entre un susto y una tragedia evitables.

Una tarde de verano y el sol cae fuerte sobre el patio. La pileta vibra con las voces de los niños. Entre salpicaduras y carreras, la sensación de  «todo está bajo control» parece mantenerse. Pero bastan segundos de distracción para que la alegría se transforme en angustia.

El agua, que refresca y entretiene, puede volverse peligrosa si no se toman decisiones conscientes y medidas claras de seguridad. El sonido de un chapuzón puede significar diversión… o el inicio de una emergencia que nadie quiere vivir. Por eso, más allá de las risas y los saltos, hay que detenerse un momento y pensar en cómo cuidamos a los más pequeños en la pileta y qué hacer si ocurre lo impensado.

Con la llegada de las altas temperaturas, las piletas se convierten en uno de los espacios más utilizados por las familias para sobrellevar el calor. Sin embargo, lo que suele asociarse al descanso y la recreación también representa uno de los principales escenarios de riesgo para la infancia. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) destaca que el ahogamiento es una causa principal de muerte en niños en las Américas, especialmente entre 1 y 14 años.

Especialistas en salud y organismos sanitarios coinciden en que la prevención y la información adecuada son las herramientas más eficaces para reducir accidentes. La clave está en comprender que ningún dispositivo reemplaza la supervisión adulta y que, ante una emergencia, saber cómo actuar puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

MEDIDAS FUNDAMENTALES DE PREVENCIÓN

La supervisión constante es la piedra angular de la seguridad acuática cuando hay niños cerca o dentro del agua. Los pequeños pueden deslizarse y caer sin hacer ruido, incluso cuando hay adultos alrededor, y el riesgo de ahogamiento ocurre incluso en pocos centímetros de agua. Por eso:

  • Supervisión sin distracciones: Mantener siempre a un adulto responsable, que sepa nadar, observando de cerca a los niños. La «visión directa» es fundamental: no se trata de estar cerca, sino de observar activamente cada movimiento y cada gesto.
  • Distancia de contacto: Para niños que no dominan la natación, el adulto debe estar a una distancia de brazo extendido, lo que permite auxilio inmediato si la cabeza del niño se sumerge.
  • Proporción cuidador-niños: Hay que ajustar el nivel de supervisión según la edad y habilidades acuáticas, con ratios más estrictos para los más pequeños.
  • Barreras físicas: Cercar la pileta con una valla de seguridad perimetral que impida el acceso sin supervisión, con puerta de cierre automático y al menos 1 metro de altura.
  • Retirar objetos tentadores: Juguetes o pelotas dentro o al borde del agua atraen a los niños y aumentan el riesgo de que se acerquen sin vigilancia.
  • Equipamiento adecuado. Los chalecos salvavidas homologados son preferibles a flotadores o «alitas» que pueden dar una falsa sensación de seguridad.
  • Entorno seguro: Las superficies alrededor de la pileta deben ser antideslizantes para reducir caídas y tropiezos.

 

Además de estos cuidados físicos, es recomendable que los niños aprendan natación adaptada a su edad y nivel, aunque saber nadar no exime de supervisión estricta,  y que los adultos tomen cursos de primeros auxilios y reanimación cardiopulmonar (RCP) para estar preparados ante cualquier eventualidad.

 

CÓMO ACTUAR ANTE UN AHOGAMIENTO

Aun con todas las medidas de prevención, puede ocurrir una emergencia. El ahogamiento es una emergencia médica que requiere intervención inmediata. La falta de oxígeno afecta rápidamente al cerebro y otros órganos vitales.

 

1. Rescate inmediato                     

Si  un  niño no sale a flote o está sumergido, hay que sacarlo del agua de inmediato. Cada segundo cuenta.

 

2. Evaluar la respiración y el pulso

Una vez fuera del agua, hay que comprobar si respira y si tiene pulso. Si está consciente y respira normalmente, se lo  debe colocar de lado para facilitar la salida de agua y observar su evolución.

 

3. Llamar a emergencias

Si el niño no respira, hay que pedir ayuda urgente. La operadora de emergencia medicas  puede guiar e indicar que pasos seguir mientras llega la asistencia.

 

4. Iniciar RCP si es necesario

Si no respira y no tiene pulso se debe realizar maniobras de RCP.

Desde la Fundación Cardiológica Argentina se recomienda:

  • Niños desde 1 año hasta la pubertad: apoyar el talón de la mano en el centro de su pecho, a la altura de las tetillas, y la otra mano encima. Con los brazos extendidos, comprima 30 veces con una profundidad de al menos 5 cm y una velocidad de entre 100 y 120 compresiones por minuto. Luego de cada ciclo de 30 compresiones, se suministran 2 ventilaciones de boca a boca: coloque una mano sobre la frente del niño y la otra en el mentón; tirarle la cabeza hacia atrás; taparle la nariz y soplar 2 veces por la boca, con suficiente aire como para que su pecho se once.
  • Niños menores de 1 año: realice las compresiones colocando 2 dedos en el centro del tórax, justo por debajo de la línea de los pezones. Alternar 30 compresiones con 2 ventilaciones, con suficiente presión como para comprimir alrededor de 4 cm de profundidad. En los ventilar bebés cubriendo con la boca la boquita y la nariz del bebé. Soplar suficiente aire como para inflar el pecho del niño.

Si sale líquido por la boca, coloque al niño un momento de costado para que lo elimine, y continúe con las maniobras RCP.

No detenga la RCP hasta que llegue la ambulancia o el niño se recupere. Si el adulto que realiza las maniobras se encuentra fatigado, debe reemplazarlo por otra persona.

 

5. No interrumpir las maniobras innecesariamente

Si se realiza el rescate solo, es preferible comenzar RCP de inmediato y luego pedir ayuda que perder tiempo.

 

6. Cuidados posteriores

Si el niño revive, mantenerlo abrigado, retirar la ropa mojada y prestar atención a cualquier signo de dificultad respiratoria o malestar. Incluso cuando parezca estable, una evaluación médica es imprescindible.

 

CONSECUENCIAS NEUROLÓGICAS

Uno de los aspectos menos conocidos, pero más graves, del ahogamiento es el daño neurológico que puede producir. El cerebro es extremadamente sensible a la falta de oxígeno: a partir de los 3 a 4 minutos sin oxigenación, comienzan a producirse lesiones cerebrales que pueden ser irreversibles.

Las principales consecuencias neurológicas se encuentran:

  • Daño cerebral hipóxico-isquémico, que puede generar dificultades cognitivas, pérdida de memoria, problemas de aprendizaje y alteraciones del lenguaje.
  • Trastornos motores, como dificultades para caminar, coordinar movimientos o mantener el equilibrio.
  • Convulsiones y epilepsia secundaria, producto de lesiones cerebrales posteriores al episodio.
  • Cambios conductuales y emocionales, que incluyen irritabilidad, dificultades de atención y alteraciones en el desarrollo emocional.

 

Estas secuelas pueden manifestarse de manera inmediata o progresiva, lo que refuerza la necesidad de atención médica aun cuando el niño recupere la conciencia tras el rescate.

El ahogamiento infantil no suele ser producto de imprudencias extremas, sino de segundos de descuido en contextos cotidianos. Por eso, la prevención no debe entenderse como una recomendación opcional, sino como una responsabilidad adulta.

Garantizar entornos seguros, supervisar activamente y estar preparados para actuar ante una emergencia son acciones que pueden evitar consecuencias irreparables. La pileta puede y debe ser un espacio de disfrute, pero solo cuando el cuidado y la conciencia del riesgo ocupan un lugar central.

 

 

 

 

 

 

 

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