28 de mayo, 2026
Colaboración

En la teoría constitucional argentina no existen dudas: gobierna el presidente de la Nación. El artículo 99 de la Constitución es claro. El Poder Ejecutivo es ejercido por un ciudadano elegido por el voto popular. En este caso, Javier Milei. Sin embargo, la política real rara vez coincide con la arquitectura formal del poder. Y hoy, a más de dos años del inicio de la experiencia libertaria, la pregunta comienza a instalarse cada vez con más fuerza en los círculos políticos, empresariales y mediáticos: ¿quién gobierna verdaderamente la Argentina?

Porque una cosa es la investidura presidencial y otra muy distinta es el ejercicio concreto del poder. Y allí aparece una figura que el propio presidente se encargó de elevar a una categoría casi mística: Karina Milei.

“El Jefe”, la llama públicamente Javier Milei. No una vez, no como gesto anecdótico, sino de manera sistemática. Un presidente que se autodefine como “el número uno”, pero que, al mismo tiempo, presenta a su hermana como “The Boss”, inevitablemente abre una discusión política de fondo. Si el jefe es otro, entonces cabe preguntarse quién toma realmente las decisiones estratégicas del país.

No se trata aquí de discutir el vínculo afectivo entre hermanos. Tampoco de cuestionar la legitimidad de Karina Milei para participar de la política. La historia argentina y mundial está llena de familiares influyentes alrededor del poder. El problema comienza cuando esa influencia deja de ser accesoria y pasa a convertirse en el verdadero centro de gravedad del gobierno.

Porque en La Libertad Avanza ya nadie discute que Karina Milei no es solamente una secretaria general de la Presidencia. Es la gran armadora política del oficialismo. La administradora del acceso al presidente. La definidora de candidaturas. La organizadora territorial. La encargada de premiar lealtades y castigar disidencias. En definitiva, la dueña de la lapicera política del mileísmo. Y eso genera un problema institucional profundo.

Los argentinos no votaron a Karina Milei. Los argentinos votaron a Javier Milei y a Victoria Villarruel. Esa fue la fórmula presidencial. Ese fue el contrato electoral. Sin embargo, rápidamente quedó claro que Villarruel había sido desplazada del núcleo de poder. Marginada. Aislada. Convertida casi en una figura incómoda dentro de su propio gobierno. La vicepresidenta pasó de ser una pieza central de la construcción electoral -fundamental para captar sectores conservadores, militares y nacionalistas- a convertirse en una presencia tolerada pero políticamente excomulgada del credo libertario.

Y pocas dudas quedan respecto de quién habría ejecutado esa marginación: Karina Milei. Porque el poder en La Libertad Avanza parece funcionar bajo una lógica cortesana. Hay un círculo íntimo reducido, hermético y verticalista. Y quien controla el acceso al líder controla el poder. En ese esquema, Karina aparece como la gran sacerdotisa del mileísmo. Nadie entra sin su aprobación. Nadie permanece si pierde su confianza.

No es casual entonces que las principales figuras políticas promovidas dentro del oficialismo respondan directamente a ella. Martín Menem y Eduardo “Lule” Menem son parte central de esa estructura. Los Menem no solamente administran la ingeniería política libertaria; también se han convertido en intermediarios inevitables del poder presidencial.

Desde el armado territorial hasta las negociaciones legislativas, pasando por la construcción partidaria, el sello de Karina aparece en cada movimiento. Y allí surge otro interrogante incómodo: ¿cómo un gobierno que llegó prometiendo terminar con “la casta” terminó construyendo un esquema tan cerrado, familiar y personalista?

Porque si algo caracteriza al mileísmo en su funcionamiento interno es precisamente la concentración extrema del poder. La Libertad Avanza no parece un partido político tradicional. Tampoco una coalición. Mucho menos un espacio deliberativo. Funciona más bien como un dispositivo de obediencia construido alrededor de una familia y un pequeño grupo de incondicionales.

En ese ecosistema aparece además otra figura clave: Manuel Adorni. El ex vocero presidencial y hoy jefe de gabinete, este no es solamente un portavoz autorizado. Es uno de los integrantes más sólidos del círculo de confianza karinista. Por eso, su poder excede ampliamente la comunicación gubernamental. Nadie dentro del oficialismo se atreve siquiera a insinuar un cuestionamiento serio hacia él. Porque detrás de Adorni no está únicamente Milei: está Karina.

Pero mientras el karinismo consolida su control político, otro actor pisa fuerte en la centralidad dentro del gobierno: Santiago Caputo. Y aquí emerge la verdadera interna del poder libertario.

Caputo representa algo muy distinto al núcleo familiar. Es un operador político profesional. Formado en la lógica del poder real. Discípulo de Jaime Durán Barba. Hombre de estrategia, comunicación e inteligencia política. Con vínculos internacionales. Con llegada a Washington. Con capacidad de interlocución con sectores económicos y mediáticos. En otras palabras: alguien que entiende cómo funciona el sistema político.

Y precisamente por eso aparecen las tensiones. Porque mientras Karina Milei parece construir un esquema de control cerrado, basado en la lealtad personal y la lógica de clan, Santiago Caputo interpreta que el poder requiere profesionalización, acuerdos, racionalidad política y administración de conflictos.

Son dos modelos completamente distintos. Uno cree en la pureza del círculo íntimo. El otro cree en la necesidad de construir poder real. Y Javier Milei parece incapaz -o poco dispuesto- a resolver esa disputa.

El presidente opta por negar las internas. Minimizar conflictos. Repetir que “todo está perfecto”. Pero los hechos muestran otra cosa. Filtraciones cruzadas. Operaciones internas. Funcionarios enfrentados. Tensiones legislativas. Diferencias estratégicas. El oficialismo vive una puja silenciosa, pero cada vez menos disimulada, entre el karinismo y el caputismo.

Y Milei queda atrapado entre dos afectos políticos fundamentales: por un lado “El Jefe”, su hermana; por el otro, “el amigo del alma”, Santiago Caputo.

El problema es que un gobierno no puede funcionar indefinidamente bajo esa lógica emocional. Porque cuando las decisiones políticas dejan de estructurarse institucionalmente y pasan a depender de relaciones afectivas, personales o familiares, el sistema comienza a deteriorarse.

La Argentina ya conoce demasiado bien los riesgos de los gobiernos personalistas. La historia nacional está llena de experiencias donde el poder informal terminó desplazando a las estructuras formales. Y siempre ocurre lo mismo: se debilita la institucionalidad, se erosiona la previsibilidad y se multiplica la conflictividad interna.

Hoy el interrogante central no es solamente quién gobierna, sino cómo se gobierna. ¿Decide el presidente? ¿Decide Karina? ¿Influye más Santiago Caputo? ¿Quién define las prioridades del Estado? ¿Quién fija la estrategia política? ¿Quién administra las alianzas? ¿Quién controla la caja? ¿Quién tiene la última palabra?

La opacidad en la toma de decisiones nunca es gratuita. Los mercados la observan. Los gobernadores la observan. El Congreso la observa. Los actores internacionales la observan. Y cuando el poder aparece fragmentado o ambiguo, la incertidumbre crece.

Hasta ahora, Javier Milei logró sostener políticamente su liderazgo gracias a dos factores: el respaldo social que todavía conserva, pero ahora en un tobogán descendente y ciertos éxitos económicos iniciales vinculados a la desaceleración inflacionaria. Pero ningún gobierno sobrevive solamente con estabilidad macroeconómica si al mismo tiempo se desordena políticamente.

La política siempre termina pasando factura. Y el principal riesgo para Milei no parece venir hoy de la oposición, fragmentada y desorientada, sino de su propia interna. Porque toda construcción hiperpersonalista contiene una contradicción inevitable: cuando el líder no arbitra, las facciones avanzan. Y cuando las facciones avanzan, el poder se fragmenta. Allí radica el dilema actual del oficialismo.

Si Javier Milei continúa delegando la política en Karina mientras permite que Santiago Caputo construya poder paralelo, tarde o temprano la tensión explotará de manera más visible. Tal vez no mañana. Tal vez no antes de fin de año. Pero ningún esquema de poder puede sostener indefinidamente dos terminales de decisión compitiendo dentro del mismo gobierno.

Y el costo de esa disputa puede ser enorme. Porque cuando un gobierno entra en crisis interna, la gestión se paraliza. Las decisiones se contradicen. Los funcionarios operan en defensa propia. El Estado pierde coordinación. Y la incertidumbre institucional se vuelve un problema económico. Más aún en un país históricamente inestable como la Argentina.

Por eso la discusión ya no puede reducirse a la farándula política ni a las internas palaciegas. Lo que está en juego es la calidad institucional del gobierno. Un presidente elegido democráticamente debe ejercer plenamente el poder para el que fue votado. No puede quedar encapsulado entre operadores, familiares o estructuras paralelas.

La figura de Karina Milei seguirá siendo decisiva, probablemente inevitable. Pero el verdadero desafío para Javier Milei es otro: demostrar que el presidente sigue siendo él. Porque si la percepción social comienza a consolidarse alrededor de la idea de que quien gobierna es “El Jefe” y no el presidente, entonces el problema dejará de ser solamente político. Pasará a ser institucional.

Y allí empezarán los riesgos reales para la gobernabilidad y para cualquier proyecto de reelección. La autoridad presidencial no admite vacíos prolongados. Alguien siempre los ocupa.

Julio César Coronel

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