Con su partida se extingue una de las voces más singulares, influyentes y enigmáticas de la música argentina. Pero también se marcha un fenómeno cultural difícil de explicar para quienes nunca formaron parte de esa inmensa comunidad que encontró en sus canciones una forma de identidad, de rebeldía y de pertenencia.
El Indio fue mucho más que un cantante de rock. Fue un narrador de metáforas, un constructor de símbolos y un intérprete excepcional de las contradicciones argentinas.
Durante décadas logró algo que muy pocos artistas consiguen, convertirse en una referencia transversal para personas de distintas edades, clases sociales e ideologías.
Las letras que escribió, escaparon siempre a la comodidad de las interpretaciones simples. Cada canción parecía esconder múltiples lecturas, como si estuviera destinada a acompañar distintos momentos de la vida de quienes la escuchaban.
Allí residía buena parte de su magia y como tal termino siendo objeto de culto y la cultura ricotera inundo el pensamiento y corazón de millones de seguidores a lo largo de los años.
También fue un artista que eligió el camino más difícil. Rechazó los moldes convencionales de la industria cultural, evitó la exposición innecesaria y construyó una figura pública donde el misterio convivió con una enorme popularidad.
En una época dominada por la sobreexposición permanente, hizo del silencio una forma de comunicación.
Quizás por eso su ausencia conmueve tanto. Porque para millones de argentinos el Indio no era solamente un músico. Era la banda sonora de la adolescencia, de los viajes interminables en ruta, de las amistades que parecían eternas, de los amores imposibles y de las noches donde una canción lograba decir aquello que las palabras cotidianas no podían expresar.
Su legado permanecerá vivo mucho más allá de los discos, de los recitales multitudinarios o de los récords de convocatoria. Permanecerá en la memoria colectiva de un país que encontró en sus versos una manera de pensarse a sí mismo.
Las grandes figuras populares no desaparecen del todo. Se transforman en recuerdo, en influencia, en mito. Y pocas figuras de la cultura argentina alcanzaron una dimensión mítica tan profunda como la del Indio Solari.
Hoy se va el hombre. Quedan las canciones.
Y mientras alguna guitarra vuelva a sonar en una esquina cualquiera del país, mientras alguien encuentre consuelo o inspiración en una de sus letras, mientras una nueva generación descubra por primera vez su obra, habrá una parte del Indio que seguirá entre nosotros.
Porque hay artistas que mueren. Y hay otros que simplemente pasan a formar parte de la historia.