09 de abril, 2026
Actualidad

El auge de las selfies transformó la forma en que nos mostramos, pero también abrió una pregunta más profunda: ¿cuánto de lo que vemos en la imagen es realmente quiénes somos? Entre el control de la propia mirada y la búsqueda de validación, el autorretrato contemporáneo revela mucho más que una simple foto.

La mirada ha dejado de ser patrimonio exclusivo del fotógrafo para pasar a manos del retratado. Hoy, el control total sobre nuestra propia imagen parece darnos una libertad inédita, pero también nos enfrenta al desafío de la autenticidad.

Se estima que cada año se toman en el mundo más de 92 mil millones de selfies; una cifra que ha convertido al autorretrato en el lenguaje universal de nuestra era. Sin embargo, detrás de la inmediatez de un clic, subyace una búsqueda de identidad que la humanidad persigue desde hace siglos.

Diego Ibáñez, fotógrafo especializado en retrato, autodidacta y lector apasionado de psicología, filosofía y poesía, analiza y explora la relación entre la imagen y la identidad.

La necesidad humana de verse y ser visto

Cada día se toman millones de selfies en todo el mundo. Lo que parece un gesto trivial revela algo profundo sobre nuestra identidad, nuestra necesidad de reconocimiento y la manera en que queremos existir frente a los demás.

La selfie no es una invención puramente digital, en realidad responde a una necesidad humana mucho más antigua. Desde hace siglos las personas han buscado representarse a sí mismas. Los pintores realizaron autorretratos para explorar su identidad. La selfie, en ese sentido, es el autorretrato de nuestro tiempo.

La psicoanalista Karen Horney sostenía que los seres humanos no solo buscan sobrevivir, sino también sentirse reconocidos y validados por los demás. Parte de nuestra identidad justamente, se construye a través de la mirada del otro.

Cada selfie implica una elección: el ángulo, la expresión, la luz, el momento. Nada de eso es completamente casual. En el fondo, cada imagen es también una pequeña decisión sobre cómo queremos ser vistos.

Durante gran parte de la historia de la fotografía, la imagen dependía de quien estaba detrás de la cámara. Hoy la situación cambió: con una selfie cada persona controla su propio retrato. Decide cuándo, cómo y dónde mostrarse.

Sin embargo, cada vez que retrato a alguien descubro que hay algo que ninguna cámara frontal de teléfono móvil puede capturar del todo: la mirada que aparece cuando una persona se detiene un instante y se permite simplemente ser. Y quizá ahí radique la diferencia entre una selfie y un retrato: en uno nos mostramos; en el otro, a veces, nos descubrimos.

Cada selfie es, en cierta forma, una pregunta silenciosa que lanzamos al mundo: ¿Esta imagen realmente me representa… o simplemente representa la versión de mí que quiero mostrar?

 

 

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