La creciente cantidad de suicidios en Santiago del Estero vuelve a encender una alarma profunda y dolorosa. Solo en 2024, 106 personas se quitaron la vida en la provincia, que registró una tasa por encima del promedio nacional, mientras que en la última década se contabilizaron 1.137 víctimas. A estos números se suman, de manera preliminar, al menos 47 casos detectados durante 2025. Un fenómeno complejo que interpela al Estado y a toda la comunidad.
La seguidilla de suicidios que ocurre en esta tierra pareciera no tener fin. Hace dos semanas, la ciudad de La Banda, despertó atónita. Nadie podía creer lo que contaban. “No puede ser”, se escuchaba en todos lados. Sin embargo, la pregunta más repetida era: “¿Por qué?”. Nadie, ni propios ni extraños, podía comprender por qué un reconocido profesional odontólogo se quitó la vida un par de horas después de culminar su segunda carrera universitaria de Derecho. Mientras la policía y la justicia investigaban el caso, familiares, amigos y conocidos continuaban preguntándose por qué.
El suicidio, de quien sea, deriva inexorablemente en una situación de incredulidad, de cuestionamientos sin respuestas, de sinsentidos, de dudas, de demasiados por qué. Todos quieren saber qué sucedió, qué llevó a tal o cual persona a tomar la trágica determinación final de acabar con sus vidas. Alguna carta explicativa o meros indicios son las únicas deducciones de los factores que pudieron haber influido para tomar la peor decisión.
Lamentablemente, los casos de personas que decidieron quitarse la vida parecieran incrementarse día a día.
Según datos aportados por la Organización Panamericana de la Salud, más de 700.000 personas mueren por suicidio cada año en todo el mundo siendo la tercera causa de muerte en América, entre las personas de 20 a 24 años de edad, con registro a edades cada vez más temprana.
Las cifras del “Informe del Sistema Nacional de Información Criminal”, publicadas en septiembre pasado, son más dolorosas aún. A la hora de analizar las muertes violentas, la investigación señala que 106 personas se quitaron la vida durante 2024. Pero lo peor es que en la última década esa cifra asciende a 1137 víctimas de suicidio, que representa una tasa de 113,7% por año.
En Argentina, durante el año 2023 se registraron 4.19710 suicidios, arrojando una tasa de 9,8 suicidios cada 100.000 habitantes mayores a 5 años. Mientras que durante el año 2024 se registraron 4.249 suicidios en el país, arrojando una tasa similar a la del año anterior.

Debido al persistente aumento en los casos durante los últimos 4 años, desde 2023, el suicidio es la principal causa de muerte violenta en el país, representando el 41,7% de los casos en 2024, según lo señala el “Sistema de Alerta Temprana”, que es parte del “Sistema Nacional de Información Criminal”. En el mapa nacional, Santiago del Estero tiene una tasa del 11,4% durante 2024.
Las cifras disponibles de 2025 aún no están disponibles. Sin embargo, a raíz de la información recolectada de los partes policiales que llegan a la redacción de LA COLUMNA, que es mínima con respecto a la cantidad real de casos ocurridos, durante el año que termina se pudieron detectar 47 casos de suicidios: 39 de ellos fueron varones y 9 mujeres. (ver recuadro adjunto)
La metodología más utilizada por los suicidas continúa siendo el ahorcamiento. Tal es así que 40 casos fueron por este procedimiento, luego le siguen disparos por armas de fuego y un par de personas que se arrojaron combustible y luego se prendieron fuego.
LOS INTENTOS
El suicidio es el evento mediante el cual una persona de manera deliberada se quita la vida. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que en el mundo se suicidan cerca de 700.000 personas por año y que esta modalidad se encuentra entre las principales causas de muerte en todo el mundo, con más muertes por suicidio que por malaria, VIH/SIDA, cáncer de mama, guerras u homicidio.
Las consecuencias de este fenómeno no se limitan a la pérdida de una vida, sino que impacta profundamente y durante mucho tiempo en las personas que integran el entorno significativo de la víctima (familia, pares y comunidad).
Según la OMS, a nivel mundial hay indicios de que por cada adulto que se suicidó hay más de otros 20 que intentaron suicidarse. Conocer y tener en cuenta la morbilidad del fenómeno es un aspecto primordial para desarrollar acciones de prevención del suicidio.
Su ocurrencia, además, provoca perjuicios en la economía doméstica y en la economía de la sociedad, ya que la problemática afecta especialmente a jóvenes y adultos en edad productiva e implica costos a los servicios de salud para el tratamiento del daño físico, psíquico y social.
“TEMA COMPLEJO”
El Dr. Sebastián Laspiur, consultor en Enfermedades no transmisibles de la Organización Panamericana de la Salud y de la OMS, expresó a LA COLUMNA que “el suicidio es un tema complejo con una multitud de factores, no hay una sola causa ni respuesta única a este problema”.
A la vez, señaló que “es muy claro y estudiado el vínculo existente entre el suicidio y los trastornos mentales, en particular los trastornos relacionados con la depresión y el consumo de alcohol y drogas, pero también muchos suicidios se producen impulsivamente en momentos de crisis que menoscaban la capacidad para afrontar las tensiones de la vida, tales como los problemas financieros, las rupturas de relaciones o los dolores y enfermedades crónicas”.
En el mismo sentido precisó que “las experiencias relacionadas con conflictos, desastres, violencia, abusos, pérdidas y sensación de aislamiento están estrechamente ligadas a conductas suicidas”. Tal es así que “las tasas de suicidio en todo el mundo son elevadas entre los grupos vulnerables, objeto de discriminación, por ejemplo, como los refugiados y migrantes; las comunidades indígenas; las personas pertenecientes a minorías sexuales y los reclusos”.
Y enfatizó que “uno de los principales factores de riesgo de suicidio es un intento previo de suicidio”.
Asimismo, el Dr. Laspiur destacó que “en Argentina, el principal grupo de riesgo se encuentra determinado por los adolescentes en primer lugar, seguido por los mayores de 55 años”.

FACTORES DE RIESGO
Tomando el suicidio como un fenómeno multicausal en el que intervienen factores de orden individual, familiar, social y comunitario, es un error considerarlo una problemática del ámbito privado de las personas, es decir, un mero acto individual. En este sentido, es importante entender que sus causas no se limitan únicamente a factores psicopatológicos o padecimientos mentales. Así es que la OMS afirma: “Ningún factor es suficiente para explicar por qué se suicida una persona; el comportamiento suicida es un fenómeno complejo que se ve afectado por varios factores interrelacionados: personales, sociales, psicológicos, culturales, biológicos y ambientales”.
Se citan como algunos de esos factores de riesgo los siguientes: dificultades para obtener acceso a la atención de salud y recibir la asistencia necesaria, la fácil disponibilidad de medios utilizables para el suicidio, el sensacionalismo de los medios de difusión que aumenta el riesgo de imitación, la estigmatización de quienes buscan ayuda por comportamientos suicidas, la discriminación, el sentido de aislamiento, el abuso, la violencia y relaciones conflictivas, entre otros.
Sin dudas, el suicidio es un serio problema de salud pública, que requiere de políticas públicas que atiendan su abordaje de manera intersectorial, integral y comunitaria.
PROBLEMA DE SALUD PÚBLICA
Debido al persistente aumento en los casos durante los últimos 3 años, pasó a ser la principal causa de muerte violenta en el país para el año 2023, representando el 38,1% de las mismas.
Por su magnitud e impacto, el suicidio constituye un importante problema de salud pública a nivel mundial. Al estar atravesados por la voluntad de la persona, y al transgredir la integridad de la propia vida, los hechos de suicidio constituyen un fenómeno sumamente complejo, que tiene un aspecto privado y otro social.
El aspecto privado alude al derecho a la intimidad y al respeto a la situación que vive el grupo familiar y de referencia.
El aspecto social involucra a todas las instituciones de la comunidad, que deben acceder a información confiable para fortalecer las acciones de prevención y promoción de la salud, en especial para las poblaciones más afectadas y sensibles, como los adolescentes y los adultos mayores.
Cuando se habla de suicidio, una reflexión clave es entenderlo en toda su complejidad. Y, además, tener en cuenta que el suicidio nunca es una elección, sino que debemos pensarlo como el producto de una restricción en las aspiraciones vitales de las personas.
DISTRIBUCIÓN TEMPORAL
Al igual que en años anteriores, en 2024 la distribución mensual de los casos muestra una mayor concentración en los primeros y los últimos meses del año.
Por otro lado, los días con mayor cantidad de suicidios fueron los domingos y los lunes, patrón que se mantiene en todos los años analizados. Dichos días acumulan el 32,3% de los suicidios en los últimos 5 años. En particular, en el año 2024 los días de mayor frecuencia fueron el día domingo (16,5%) y lunes (16,1%).
En relación con el horario en el que ocurrieron los suicidios, en el informe emanado del Ministerio de Seguridad de la Nación se observa que, en los últimos 5 años, el horario de la tarde (12:00 a 17:59 horas) fue el de mayor frecuencia. Mientras que la mañana (06:00 a 11:59 horas) fue la segunda en importancia. La franja horaria con menor frecuencia fue la madrugada. En los últimos 5 años, los eventos ocurridos durante el horario diurno acumulan el 57,5% de los casos, mientras que 40,3% fue en el horario nocturno y 2,2% no cuentan con datos relativos al horario.
SEXO Y EDAD
El informe nacional indica que, teniendo en cuenta el sexo de las víctimas, en los últimos siete años el 79,2% de los suicidas fueron masculinos.
Durante el año 2024 se suicidaron 3.425 personas de sexo masculino (80,6%), 807 personas de sexo femenino (19,0%) y hubo 17 casos en los que no se dispone de información sobre el sexo (0,4%).
En lo que respecta a las edades de las víctimas, es posible observar que las franjas etarias con mayor frecuencia fueron de 20 a 24 años, de 25 a 29 años y de 30 a 34 años. Al observar la evolución por tramos etarios, se observa un incremento particularmente relevante en el segmento de 30 a 39 años y una disminución en el tramo de 15 a 19 años.
En 2024 el 38,0% de los suicidios se presentaron en la franja etaria de entre 20 y 34 años, registrando asimismo la mayor tasa.
Las franjas etarias con mayor frecuencia para varones van de los 20 a los 34 años, mientras que en mujeres las edades de mayor frecuencia van desde los 20 a los 29 años.
SUICIDIO ADOLESCENTE
La Lic. Viviana Stirnemann (MP. 076) de la Fundación Barceló se refirió al suicidio adolescente. “La adolescencia representa un momento de transformación donde se hacen presentes cambios que incluyen, como una de sus características, el pasaje hacia la capacidad de simbolizar, pensar críticamente la realidad y las circunstancias que se atraviesan”.
“Como fenómeno complejo y multicausal, el suicidio está determinado por factores de orden individual, familiar, social y comunitario, implicando que en la adolescencia esta problemática adquiera connotaciones que la particularizan”, destacó.
Destacando las perspectivas sociales y comunitarias, “no son menores las características de la época. Nos encontramos ante un contexto integrado por la velocidad de los cambios, la exposición permanente, la incertidumbre. Una sociedad fragmentada, donde la cotidianeidad, las formas de vivir, y acceder a recursos materiales y simbólicos son diferentes en cada adolescente, haciendo imposible hablar de “la” adolescencia, por ejemplo”, indicó.
En tal sentido, precisó que nos encontramos con una sociedad atravesada por el consumo, la lógica del mercado que exige como clave del “ser” el éxito, el tener, la competitividad, pero que no ofrece a todos y todas las mismas posibilidades.
Por otro lado, el estar expuestos a todas estas situaciones genera inestabilidad, fragilidad, sufrimiento, frustración que se particularizan según cada persona, cada contexto. Se ve un claro escenario marcado por la complejidad dónde la mirada, seguridad y reconocimiento del otro cobran vital importancia.
Como factor protector, la profesional señaló que “es necesario en el trabajo y el encuentro con adolescentes, tomar una postura despojada, abierta, receptiva. Ofrecernos como apoyo para que puedan transitar este proceso, donde el relato adulto, de las instituciones, se constituyan en referentes, en lugares de anclaje”.
“NOS INTERPELA COMO SOCIEDAD”
Asimismo, la Lic. Stirnemann dijo que “si un adolescente piensa que el suicidio y las autolesiones son la mejor y única opción para resolver lo que le sucede, nos interpela como sociedad en un momento histórico sociocultural donde pareciera que la palabra, el lenguaje no se distingue como recurso para tramitar emociones, afectos, sino el accionar, la violencia”. Es por ello que “es importante deconstruir algunas concepciones, ideas naturalizadas que obstaculizan canales de tramitación de la vivencia subjetiva”.
El poder hablar sobre lo que pasa reduce la ansiedad y la frustración. Pero para que esto sea posible, el receptor tiene que encontrar del otro lado a alguien que escuche, que no imponga su manera de ver las cosas desde una mirada adultocéntrica. Un otro que percibe la situación acorde a su singularidad, particularidad.
Por ello, las redes de apoyo, la posibilidad de tramitar vivencias dentro y fuera del círculo familiar son una gran herramienta. En este sentido, como sociedad, instituciones, debemos desarrollar espacios que permitan que la palabra, el movimiento, las emociones circulen. Proveer de soporte, apoyo, reduce los sentimientos de desesperanza, brinda confianza y reconocimiento.
“Brindar relaciones de seguridad, confianza, apoyo, favorece una mejor calidad de vida, reduce los sentimientos de indefensión, desamparo en momentos de fragilidad e incertidumbre”, destacó.
Asimismo, precisó que “el suicidio constituye una tragedia que cobra la vida de una persona y arroja consecuencias permanentes en la familia, amigos y comunidad”.
Hablar de suicidio implica asumir una responsabilidad colectiva. No alcanza con enumerar cifras ni con explicar factores de riesgo si no se generan condiciones reales para la escucha, el acompañamiento y la prevención. El desafío es construir una sociedad que no naturalice el dolor ni el silencio, que ofrezca redes de contención y políticas públicas sostenidas, capaces de llegar a tiempo. Entender que nadie elige morir, sino que muchas veces se trata de vidas empujadas por la desesperanza, es el primer paso para transformar una tragedia individual en un compromiso social que cuide, proteja y sostenga la vida.