El tae kwon-do ITF no se mide solo en medallas. En Santiago del Estero, esta disciplina marcial combina historia, filosofía y formación personal, y se convierte en una herramienta de contención, disciplina y equilibrio para quienes lo practican.
A las cinco y media de la mañana, cuando la mayoría duerme, un grupo de practicantes corre por una ruta húmeda y empinada en Villa La Punta. Llueve. Hace frío. Las piernas pesan. La cabeza pide parar. Pero nadie se detiene. “La cabeza te dice: ‘¿para qué me levanto?’... pero cuando ves el amanecer, eso te llena el espíritu y dices: ‘si uno hubiese parado, no hubiese visto eso. Ahí es cuando el espíritu no se doblega”, dice Juan Cruz Figueroa Zanotti. No habla solo de entrenamiento físico: habla de una filosofía que atraviesa el cuerpo y la vida.
Juan Cruz Figueroa es Primer Dan de Tae kwon-do ITF, pertenece a la Federación Internacional de Tae kwon-do presidida por Prof. Ri Yong Son, con sede en Viena, Austria. Actualmente está a cargo del Dojang en Santiago Rugby Club, una filial de la escuela de Oro Kwan de IX DAN Ing. Osvaldo Ríos Olivero. En diálogo con LA COLUMNA, explicó los alcances de este arte marcial que trasciende lo deportivo.
El tae kwon-do, escrito en tres palabras, no es únicamente un deporte de combate. TAE es pie, KWON es mano y DO es camino. Un sendero que se recorre con el cuerpo, pero también con la conducta. Creado en 1955 en Corea, es considerado un arte marcial joven si se lo compara con otras disciplinas orientales, pero nació marcado por una historia de resistencia: la de una persona que buscó defenderse frente a un imperio dominante. De allí surge su definición más precisa: el arte científico de la defensa personal.
Aun así, Juan Cruz expresa: “Para mí, sinceramente, el Tae Kwon-do es un estilo de vida. Es algo que para muchos ha significado una pasión, no solamente el arte científico de la defensa personal como lo ha denominado su creador”
Explica que es científico por riguroso. El tae kwon-do ITF se apoya en principios de la física, la biomecánica y la biología. Según describe Figueroa Zanotti, la clave está en el movimiento: “El Tae Kwon-Do se ondula para poder golpear; se sube, se baja y se sube para dar mayor firmeza en los golpes o en las defensas”. El uso del peso corporal, la coordinación entre respiración, golpe y apoyo, la ondulación del cuerpo para generar potencia. Nada es al azar. Cada movimiento tiene sentido, cada técnica una razón de ser. No se trata de golpear por golpear, sino de defender, controlar y neutralizar.
Pero si algo sostiene esta práctica más allá de la técnica, son sus principios. Cinco, inquebrantables: cortesía, integridad, perseverancia, autocontrol y espíritu indomable.
Para Juan Cruz, estos no son conceptos abstractos, sino guías de conducta diaria. Sobre la integridad, destaca: “Es ser una persona noble ante las injusticias... saber diferenciar entre el bien y el mal, que es una tarea muy difícil y que se practica constantemente”. En cuanto a la perseverancia, su visión es clara y resiliente: “Si me caigo 100 veces, me levanto 101. Hay que levantarse más veces de las que uno se cae”. El espíritu indomable, difícil de explicar para Juan Cruz, aparece cuando el cansancio aprieta y aun así se sigue. Cuando no se abandona.
LA DIFERENCIA ENTRE COMPETIR Y FORMARSE
Para quien mira desde afuera, la diferencia puede parecer apenas una cuestión de reglas o de nombres: taekwondo, tae kwon-do, ITF, WT. Sin embargo, para quienes practican el arte marcial tradicional, la distancia es profunda. No se trata solo de cómo se golpea, sino de para qué se entrena.
“El tae kwon-do ITF fue creado por el general Choi Hong Hi. El otro toma el nombre, pero no la esencia”, sostiene Juan Cruz Figueroa Zanotti. El ITF conserva la estructura original del arte marcial: defensa personal, formación integral y una lógica pensada para situaciones reales, no para el espectáculo.
La diferencia comienza en el cuerpo. En el ITF, la técnica se apoya en la biomecánica de la ondulación: el cuerpo sube y baja para transferir peso, generar potencia y estabilidad. Cada movimiento integra respiración, apoyo y desplazamiento. No hay gestos aislados ni técnicas vacías. El objetivo no es lucirse, sino neutralizar con eficacia.
En el taekwondo deportivo u olímpico, en cambio, la lógica responde al reglamento. Las técnicas se adaptan al sistema de puntuación y al uso de protecciones electrónicas. Predominan patadas altas, rápidas y vistosas, muchas veces ejecutadas desde distancias que, en un contexto real, no tendrían aplicación. “Son patadas que no llegan, que no golpean a nadie”, resume Juan Cruz.
También cambia el uso del cuerpo. El tae kwon-do ITF trabaja manos, codos, rodillas, piernas y distintos planos de ataque y defensa. Se entrenan distancias cortas, medias y largas. El taekwondo deportivo restringe gran parte de estas herramientas y prioriza casi exclusivamente el uso de las piernas.
La defensa personal marca otro punto de quiebre. En el ITF, todas las formas comienzan con una defensa. Siempre. La filosofía es clara: defender primero, atacar solo si es necesario y retirarse. El combate no es un fin, sino una herramienta pedagógica. En el deporte, en cambio, el enfrentamiento es el eje de la práctica y se organiza en torno a tiempos, categorías y puntuación.
Incluso el lenguaje expresa esa diferencia. El ITF conserva el uso estricto de la terminología coreana como sistema de comunicación universal y como forma de preservar identidad. “El Tae Kwon-Do también nos permite un sistema de comunicación: si el día de mañana me toca entrenar en otro país, el instructor dará las órdenes en coreano y yo voy a entender qué debo hacer”, señala Juan Cruz, marcando la importancia de mantener la esencia original frente a las versiones puramente competitivas.
El contraste se completa en la filosofía. Mientras el taekwondo deportivo se orienta al rendimiento y al resultado, el tae kwon-do ITF se concibe como un estilo de vida. No se abandona cuando termina la competencia. Se practica a cualquier edad, porque no persigue récords, sino equilibrio.
El deporte termina cuando suena la campana. El tae kwon-do ITF continúa fuera del dojang, en la vida cotidiana.

UN LEGADO QUE SE ENTRENA TODOS LOS DÍAS
Esa concepción del tae kwon-do no es abstracta. En Santiago del Estero tiene historia y nombres propios. La disciplina llegó en 1975 de la mano del ingeniero Osvaldo Río Olivero, fundador de la escuela Oro Kwan. Desde entonces, creció de manera ininterrumpida y hoy es una de las expresiones marciales más extendidas de la provincia, con presencia en Capital, La Banda y el interior, y con proyección nacional e internacional. Santiago incluso ha sido cuna de competidores que representaron al país en campeonatos mundiales.
Sin embargo, quienes transitan este camino coinciden en que su valor más profundo no está en las medallas. El verdadero impacto ocurre lejos de los podios: en los gimnasios de barrio, en las rutinas que ordenan la vida cotidiana, en los cuerpos que aprenden a caer sin romperse y a levantarse sin rendirse.
“Aquí no hablamos de sacrificio”, explica Juan Cruz. “Hablamos de esfuerzo”. No como pérdida, sino como inversión: de tiempo, constancia y voluntad. Una inversión que no termina al salir del dojang, sino que se traslada a la vida diaria: cumplir responsabilidades, respetar al otro, controlar el enojo, sostener objetivos.
En muchos casos, los primeros cambios no se notan en la fuerza física, sino en la postura, en la mirada, en la forma de hablar. El tae kwon-do ofrece estructura y pertenencia, especialmente a niños y jóvenes atravesados por miedos, inseguridades o contextos adversos. La disciplina que se enseña no es autoritaria, sino ordenadora.
Para chicos con TDAH, por ejemplo, el entrenamiento funciona como canalizador de energía: repetición, coordinación y concentración sostenida ayudan a mejorar la atención y el control de impulsos. El cuerpo en movimiento aquieta la mente.
El trabajo sobre la autoestima es central. Cada cinturón es parte de un proceso, no una recompensa inmediata. Aprender una técnica, dominar una forma, superar el cansancio y volver a intentarlo construye confianza. Muchos chicos que llegan convencidos de que no pueden descubren que sí.
El impacto se vuelve especialmente visible frente al bullying. En el dojang, quienes sufren burlas o exclusión encuentran un espacio seguro. Aprenden defensa personal, pero también seguridad corporal y presencia. Esa transformación suele modificar la forma en que el entorno los percibe. El respeto empieza por el propio cuerpo.
Los beneficios físicos acompañan ese proceso, coordinación, motricidad, reflejos, resistencia, pero lo más importante sucede puertas adentro: aprender a escuchar el cuerpo, a respirar, a frenar cuando hace falta.
En adultos, el impacto suele traducirse en hábitos más saludables y rutinas ordenadas. En jóvenes, en autocontrol emocional: aprender a no reaccionar con violencia y a elegir cómo actuar.
El tae kwon-do enfrenta a cada practicante con sus propias barreras. Superarlas, aunque sea un poco cada día, es parte del entrenamiento. Por eso, para muchos, no es una actividad más, sino una forma de estar en el mundo.
El impacto del Tae Kwon-Do trasciende el gimnasio. En contextos de acoso escolar, se vuelve un espacio seguro donde quienes sufren exclusión encuentran seguridad corporal y presencia. El alcance social también llega a los barrios vulnerables, como La Aurora, donde el Dojang funciona como refugio ante consumos problemáticos y violencia.
Para Figueroa Zanotti, este arte marcial fue su propia medicina: “A mí me ayudó muchísimo a superar mis miedos... a tener miedo a golpearme o a lastimar a otros. Me enseñó a hablar menos y hacer más”.
El Tae Kwon-Do aparece como una herramienta concreta y profundamente humana. No elimina los problemas, pero enseña a pararse frente a ellos. Con el cuerpo firme, la mente clara y la convicción, entrenada, de que rendirse no es una opción.