01 de enero, 2026
Colaboración

El año que comenzamos se presenta como uno de esos momentos bisagra que la historia suele identificar mucho después, cuando los procesos ya se consolidaron o fracasaron.

Hoy, en tiempo real, el mundo parece moverse en una zona gris: entre la consolidación de tendencias que ya vienen asomando y la incertidumbre propia de un sistema internacional en transformación.

Política, economía, cultura, tecnología y seguridad global se entrelazan en un escenario complejo, donde ninguna pregunta admite respuestas simples y donde casi todo está aún por definirse.

Uno de los ejes centrales del debate internacional es si estamos, efectivamente, ante un cambio político-cultural profundo, con sociedades cada vez más inclinadas hacia opciones de derecha, conservadoras o nacionalistas.

No se trata solo de resultados electorales, sino de un clima de época. El desgaste de los progresismos tradicionales, la fatiga frente a agendas identitarias percibidas como lejanas a los problemas cotidianos, el temor a la inseguridad y a la pérdida de identidad cultural, y la frustración económica han ido moldeando una reacción que se expresa en las urnas y en el discurso público.

Este fenómeno no es homogéneo ni lineal, pero sí visible. En Estados Unidos, el regreso de Donald Trump al centro de la escena política consolidó una narrativa de soberanía nacional, repliegue estratégico y confrontación directa con el statu quo globalista.

En Europa, fuerzas conservadoras y de derecha ganan terreno en países atravesados por crisis migratorias, tensiones sociales y una creciente desconfianza hacia las élites políticas tradicionales.

Y en América Latina, históricamente pendular, comienzan a aparecer liderazgos que rompen con décadas de hegemonía discursiva progresista.

En la región, los casos de Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador y figuras como José Antonio Kast en Chile no son idénticos, pero comparten un hilo conductor: la promesa de orden, autoridad, eficiencia y ruptura con sistemas políticos percibidos como corruptos o ineficaces.

La pregunta es si este camino se profundizará o si se trata apenas de respuestas coyunturales a crisis específicas. América Latina ha demostrado, una y otra vez, su capacidad para entusiasmarse rápido y desilusionarse aún más rápido.

El rol de Donald Trump como articulador de la geopolítica mundial aparece como otro eje central del año. A diferencia de otros líderes occidentales, Trump concibe la política internacional como una extensión de la negociación empresarial: presión máxima, concesiones tácticas y resultados concretos.

Su papel como mediador en el conflicto entre Rusia y Ucrania genera expectativas y resistencias por igual. Para algunos, su pragmatismo podría acelerar una salida negociada; para otros, implicaría legitimar posiciones que Occidente venía rechazando.

El conflicto entre Rusia y Ucrania no es solo una guerra regional: es un síntoma del reordenamiento global. Allí se juegan la expansión de la OTAN, la influencia rusa, la seguridad energética europea y el mensaje que se envía al mundo sobre el uso de la fuerza.

Si Trump logra imponer una mediación efectiva, podría redefinir no solo el final de la guerra, sino también el rol de Estados Unidos como árbitro global. Pero el costo político y estratégico de ese movimiento aún es incierto.

En América Latina, otra incógnita relevante es Venezuela. La dictadura de Nicolás Maduro sigue siendo uno de los puntos más críticos del continente. La posibilidad de que Trump adopte represalias más contundentes -económicas, diplomáticas o incluso estratégicas- vuelve a instalarse en el debate. Sin embargo, la historia reciente demuestra que la presión externa, por sí sola, no garantiza cambios de régimen.

El interrogante clave es si la oposición venezolana logrará, esta vez, articular una estrategia eficaz para alcanzar el poder y canalizar el descontento social.

En ese contexto, casos individuales como el del gendarme argentino Nahuel Gallo adquieren una dimensión simbólica. Su posible liberación no es solo una cuestión humanitaria, sino también un termómetro del margen de maniobra diplomática y de la voluntad real del régimen venezolano de ceder en algo.

Venezuela sigue siendo un laboratorio de tensiones entre soberanía, derechos humanos y realpolitik.

Mientras tanto, China continúa su avance silencioso pero persistente. Lejos de los gestos grandilocuentes, Beijing profundiza su estrategia de largo plazo: acuerdos comerciales, inversiones en infraestructura, acceso a materias primas y apertura de mercados para sus productos.

África, Asia Central y América Latina siguen siendo piezas clave de este ajedrez global. China no busca confrontar abiertamente con Estados Unidos, pero tampoco resigna su objetivo de disputar la primacía económica mundial.

Esta competencia entre China y Estados Unidos no se libra solo en términos militares o comerciales, sino también tecnológicos. La carrera por la inteligencia artificial, los semiconductores, las telecomunicaciones y la economía del conocimiento será uno de los grandes campos de batalla del año. Quien controle estas tecnologías no solo tendrá ventajas económicas, sino también capacidad de influencia política, cultural y militar.

Europa, por su parte, enfrenta un panorama particularmente complejo. La crisis migratoria sigue tensionando a las sociedades, alimentando conflictos internos y fortaleciendo a movimientos nacionalistas.

Las luchas sociales se entremezclan con factores religiosos y culturales, generando un caldo de cultivo donde el terrorismo islámico continúa siendo una amenaza latente, una verdadera espada de Damocles sobre el continente.

El desafío europeo es doble: garantizar seguridad sin renunciar a sus valores democráticos y encontrar un equilibrio entre integración y control. Hasta ahora, las respuestas han sido fragmentadas, muchas veces contradictorias.

La pregunta que se abre es si Europa logrará una estrategia común o si continuará navegando entre parches y crisis recurrentes.

En este escenario global, el terrorismo islámico sigue siendo una amenaza que muta y se adapta. Ya no se manifiesta solo en grandes atentados espectaculares, sino también en acciones descentralizadas, difíciles de prever y de combatir.

La contención de este fenómeno exige cooperación internacional, inteligencia compartida y políticas de integración que reduzcan la marginalidad y el resentimiento, sin caer en la ingenuidad ni en la estigmatización.

Como telón de fondo de todos estos procesos aparece el desafío de las nuevas tecnologías y, en particular, de la inteligencia artificial. La IA no solo transformará la economía y el empleo, sino también la guerra, la política, la comunicación y la vida cotidiana.

La manipulación informativa, las campañas de desinformación, la automatización de decisiones estratégicas y el uso militar de estas tecnologías abren dilemas éticos y geopolíticos inéditos.

El mundo que comienza este año no es simplemente más incierto: es más interdependiente, más veloz y más frágil. Las decisiones que se tomen -o que se eviten- tendrán efectos que se amplifican rápidamente.

El avance de opciones conservadoras, el liderazgo de figuras disruptivas como Trump, la pulseada entre Estados Unidos y China, la inestabilidad regional y el impacto de la tecnología configuran un escenario donde nada está definitivamente escrito.

La gran pregunta no es si el mundo cambiará —eso es un hecho— sino cómo y a qué costo. Si el nuevo orden que parece asomar traerá mayor estabilidad o simplemente nuevas formas de conflicto.

Este año será, en muchos sentidos, una prueba. Y como toda prueba, no admitirá indiferencia: obligará a los países, a los líderes y a las sociedades a elegir, a posicionarse y a asumir las consecuencias de esas elecciones.

Julio César Coronel

 

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