Tras más de 25 años de negociaciones, la Unión Europea (UE) y el Mercosur -bloque conformado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay— firmaron un acuerdo histórico de libre comercio que proyecta la creación de una de las mayores zonas de libre comercio del planeta, con más de 700 millones de consumidores y cerca del 20-25% del Producto Interno Bruto (PIB) global.
Este entramado comercial, lejos de ser una mera reducción de aranceles, articula dimensiones geopolíticas, económicas y socioregulatorias de enorme alcance: promete transformar las estructuras productivas de ambos bloques, reconfigurar cadenas globales de valor y redefinir el papel de Argentina en el comercio internacional.
Sin embargo, también plantea interrogantes -desde la competencia en el mercado agrícola europeo hasta la capacidad de las industrias nacionales para integrarse de manera beneficiosa- que requieren un análisis riguroso y multidimensional.
De suyo, el Acuerdo UE-Mercosur constituye un tratado multifacético con componentes comerciales, de inversión y cooperación normativa.
A escala comercial, está diseñado para eliminar o reducir aranceles en aproximadamente el 91-92% del comercio bilateral en un plazo de hasta 10-15 años, dependiendo del tipo de producto y sector.
En términos conceptuales, el tratado se asienta sobre tres ejes fundamentales, por un lado, la liberalización arancelaria gradual, con plazos diferenciados y cláusulas de salvaguardia; a su vez, la armonización de procedimientos aduaneros y facilitación del comercio, reduciendo costos y tiempos de exportación y, por último, la disposición de normativas complementarias en aspectos como estándares sanitarios, propiedad intelectual, protección de designaciones geográficas y cooperación en sostenibilidad ambiental.
Además, el acuerdo incluye cláusulas vinculantes en materia de protección de normas laborales, derechos de los trabajadores y compromisos ambientales, aunque su implementación práctica y mecanismos de cumplimiento continúan sujetos a interpretación y supervisión bilateral.
Desde un enfoque geopolítico, la UE percibe este acuerdo como una estrategia de diversificación comercial frente a tensiones con otras potencias económicas y una manera de fortalecer su autonomía estratégica en materia de acceso a materias primas y alimentos.
Los europeos se abroquelan con un bloque cercano a ellos para contraponer la potencia arrolladora del gigante asiático, China, pero también de otros incipientes competidores con fuerte potencial, como India, Indonesia, Malasia entre otros.
Obviamente que el acuerdo trae ciertas y concretas ventajas económicas para los países integrantes del Mercosur y de suyo, la Argentina.
Desde ya, debemos considerar un acceso preferencial a un mercado económico de alto poder adquisitivo.
Para Argentina, la posibilidad de exportar productos a un bloque de más de 700 millones de consumidores con arancel cero o reducidos gradualmente durante años representa una oportunidad para ampliar mercados y diversificar destinos comerciales. La UE es uno de los principales compradores mundiales de bienes y servicios, representando un 14% de las compras mundiales, según datos oficiales.
Sectores característicos de la matriz productiva argentina, como la agroindustria -en especial carne vacuna, soja industrializada, miel, biocombustibles y productos hortícolas-, cuentan con ventajas comparativas que pueden potenciarse con la eliminación de barreras arancelarias y la ampliación de cuotas preferenciales.
Asimismo, debemos considerar la integración en las cadenas globales de valor, dado que la reducción de aranceles para insumos, maquinaria y bienes de capital importados desde Europa puede reducir costos de producción y modernizar sectores industriales y agropecuarios nacionales al permitir la incorporación de tecnología avanzada a precios más competitivos. Este intercambio no solo dinamiza la producción local, sino que puede hacer más competitivas a las pymes argentinas en mercados regionales y globales.
Por último, resulta innegable el fuerte impulso que habrá en cuanto a la inversión extranjera directa, dado que el acuerdo también contiene disposiciones para proteger inversiones e incentivar capitales productivos. El aumento de la predictibilidad normativa puede atraer inversiones europeas, especialmente en sectores tecnológicos, energéticos y servicios avanzados, contribuyendo al crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI) a mediano y largo plazo.
Pero no todo es color de rosa, habrá riesgos y desafíos para la economía argentina, porque pese a las oportunidades, el impacto del tratado no es homogéneo ni automático. Existen desafíos estructurales que requieren atención para maximizar beneficios y mitigar riesgos.
En primer lugar, debemos observar el comportamiento de la competencia industrial interna.
La apertura arancelaria implica que productos industriales europeos -como automóviles, maquinaria y productos farmacéuticos- ingresen al mercado argentino con menores barreras. Esto puede impactar negativamente en industrias locales que aún no cuentan con niveles de productividad o economías de escala comparables. Es decir, sin políticas complementarias de apoyo, parte de la industria manufacturera nacional puede enfrentar presiones competitivas importantes.
Por otro lado, es probable que seamos dependientes de las exportaciones prrimarias.
Si bien algunos sectores agroindustriales pueden beneficiarse del acceso europeo, depender excesivamente de commodities agrícolas puede profundizar la especialización primaria de la economía argentina sin promover el valor agregado doméstico. Esto podría limitar los efectos expansivos sobre empleo calificado y desarrollo tecnológico, si no se diseñan estrategias para integrar las cadenas productivas.
Además, aunque las exportaciones de carne vacuna tendrán acceso preferencial, este acceso está sujeto a cuotas y aranceles reducidos dentro de ciertos límites más que a una eliminación total de barreras, lo que modera el potencial impacto económico.
Por otra parte, un capítulo esencial dentro del acuerdo es la fijación de estándares regulatorios y la exigencia de determinados requisitos sanitarios.
Convengamos que la Unión Europea mantiene estrictos estándares de calidad, sanidad y regulaciones ambientales que no quedan abolidos por el acuerdo, es decir, los productos argentinos que ingresen al mercado europeo deben cumplir con exigencias rigurosas de proceso y certificación. Esto puede implicar costos adicionales y desafíos para productores que aún deban ajustar sus procesos productivos.
Llegados a este punto nos debemos preguntar, ¿Quiénes ganan y quiénes pierden?
En Europa, el acuerdo ha generado protestas significativas de sectores agrarios, especialmente en países como Francia, Polonia e Italia, que temen la llegada de productos agropecuarios sudamericanos a precios más bajos, presionando los márgenes de producción locales y la rentabilidad rural.
Más allá, que existen cláusulas de salvaguardia que permiten reinstaurar aranceles si los precios caen abruptamente y que la Unión Europea contempla un fondo de compensación de miles de millones de euros para mitigar impactos adversos en agricultores locales, el malestar del campo europeo existe.
Aunque, a decir verdad, no todos los agricultores europeos pierden, ni el efecto del acuerdo se traduce automáticamente en desmoronamiento del sector agropecuario. Algunos productores, particularmente en agricultura intensiva o especializada, pueden ganar mercados dentro del Mercosur, mientras que otros podrían enfrentar presión competitiva en nichos más intensivos en volumen.
En resumidas cuentas, el pacto Mercosur-UE debe entenderse en el contexto de un mundo caracterizado por cadenas globales de producción y consumo. Integrar un mercado de 700 millones de personas no es solo una cuestión de aranceles, implica vínculos más profundos en servicios, logística, estándares y cooperación tecnológica.
Para los consumidores argentinos y europeos, la liberalización del comercio puede traducirse en bienes más variados y precios potencialmente más competitivos, a la vez que fortalece la disponibilidad de insumos esenciales para la producción doméstica.
Sin embargo, las economías participantes enfrentan el desafío de garantizar la distribución equitativa de los beneficios, evitando brechas regionales o sectoriales que aumenten desigualdades internas. Esto requiere políticas complementarias de capacitación, inversión en infraestructura, ajuste tecnológico y redes de protección social.
Y si la pregunta es que nos beneficia o perjudica a nosotros, no existe una respuesta monolítica: el impacto del Acuerdo UE-Mercosur sobre Argentina dependerá críticamente de la capacidad estratégica del Estado y del sector privado para aprovechar nichos exportadores con valor agregado, de la adaptación de las industrias locales a la competencia externa, de políticas complementarias que promuevan reconversión productiva, inversión en tecnología y competitividad, como así también en la gestión de estándares regulatorios y sostenibilidad ambiental para cumplir con las exigencias del mercado europeo sin sacrificar integridad ecológica y social.
Si el país logra articular estas variables de manera coherente, el acuerdo puede funcionar como un factor de crecimiento económico, diversificación exportadora y modernización productiva. Si ello no ocurre, podría reproducir patrones de especialización primaria, sin impacto sostenido sobre empleo de calidad o desarrollo tecnológico.
En definitiva, más que una simple quita de aranceles, este acuerdo es una oportunidad estratégica que requiere políticas inteligentes, visión de largo plazo y capacidades institucionales sólidas para que Argentina pueda convertir los desafíos en beneficios concretos.
Por Julio César Coronel