La compañía santiagueña Circulas estrenó en el Salón de los Espejos del Teatro 25 de Mayo una obra de danza contemporánea que convierte recuerdos, ausencias y huellas personales en materia escénica. Dirigida por Mariana Gorrieri, vuelve a presentarse este jueves 27 de agosto a las 21.
El folclore santiagueño dialoga con el movimiento contemporáneo en una puesta que invita a mirar aquello que permanece cuando las personas, los momentos y los lugares ya no están.
Hay recuerdos que no desaparecen. Cambian de forma. A veces quedan en una fotografía. En una voz que todavía parece escucharse. En un objeto guardado durante años. En una palabra, que alguien pronunció alguna vez y que vuelve, inesperadamente, cuando menos se la espera. También pueden permanecer en el cuerpo: en un gesto, en una manera de caminar, en una pausa, en una respiración.
Desde ese territorio se construye “Siete Vientos”, la nueva obra de la compañía santiagueña Circular, una propuesta de danza contemporánea que pone en escena la ausencia, la memoria, el tránsito y la transformación.
El trabajo, creado colectivamente y dirigido por Mariana Gorrieri, tuvo su estreno en el Salón de los Espejos del Teatro 25 de Mayo de Santiago del Estero y tendrá una nueva función este jueves 27 de agosto, a las 21.
La elección del espacio no resulta menor. El Teatro 25 de Mayo forma parte de la memoria cultural de la provincia y constituye uno de los escenarios históricos de la actividad artística santiagueña. En ese espacio cargado de historia, Circular propone otra manera de hablar del tiempo: no desde los archivos ni desde una reconstrucción histórica, sino desde el cuerpo.
Una memoria que no permanece quieta
“Siete Vientos” no parte de una historia lineal. La obra fue desarrollándose a través de un proceso de exploración corporal, improvisaciones, imágenes surgidas del cuerpo y búsquedas vinculadas con el gesto y el movimiento. A partir de ese material se fue construyendo una dramaturgia y una narrativa propia.
Ese procedimiento resulta fundamental para comprender la propuesta. Aquí el movimiento no funciona solamente como una sucesión de pasos coreográficos. Es también una forma de recordar.
El cuerpo se transforma en archivo.
Cada intérprete aporta sus propias experiencias, imágenes y huellas para construir un universo común. Lo personal deja entonces de pertenecer exclusivamente a quien lo vivió y comienza a convertirse en una memoria compartida.
Ese pasaje —de lo individual a lo colectivo— constituye uno de los núcleos de la obra.
La ausencia aparece así no necesariamente como vacío, sino como presencia transformada. Aquello que ya no está físicamente puede continuar ocupando un lugar en la memoria. Y la escena se convierte en ese espacio intermedio donde lo perdido puede volver, aunque sea por un instante, bajo otra forma.
El viento como movimiento y metáfora El nombre de la obra contiene una de sus claves. El viento es invisible, pero se percibe. No puede retenerse con las manos, aunque deja señales. Mueve aquello que encuentra a su paso, modifica el paisaje y puede traer consigo sonidos, aromas y sensaciones.
En “Siete Vientos”, esa imagen funciona como una fuerza que atraviesa cuerpos, recuerdos y emociones.
El viento mueve. La memoria también.
Ambos tienen algo en común: nunca permanecen completamente quietos.
Un recuerdo puede parecer dormido durante años y regresar de pronto. Una ausencia puede cambiar de significado con el paso del tiempo. Una experiencia puede ser reinterpretada desde el presente. La obra trabaja precisamente sobre esas transformaciones.
En lugar de intentar fijar el pasado, Circular lo pone en movimiento. Y allí aparece una de las posibilidades más interesantes de la danza contemporánea: contar sin depender necesariamente de una trama convencional.
La propuesta invita al espectador a completar sentidos desde su propia experiencia. Las imágenes, los movimientos, los objetos y los textos funcionan como puertas de entrada a una memoria que no pertenece solamente a quienes están sobre el escenario.
Por eso “Siete Vientos” también habla de quienes están sentados frente al escenario.
Porque la memoria de los intérpretes puede activar la memoria de quienes observan.

Santiago del Estero también entra en escena
La obra tiene además una particularidad que la vincula directamente con el territorio: la presencia de la musicalidad del folclore santiagueño en diálogo con el lenguaje de la danza contemporánea.
No se trata solamente de sumar una referencia local. El cruce permite pensar cómo una identidad profundamente ligada a la música, al ritmo y a la tradición puede convivir con una búsqueda escénica contemporánea.
Santiago del Estero tiene una relación histórica con el movimiento. La danza, el canto y la música forman parte de una identidad cultural que durante décadas encontró en la chacarera uno de sus lenguajes más reconocibles. Pero la escena santiagueña también está integrada por artistas que exploran otras formas de creación.
“Siete Vientos” se instala justamente en ese territorio de encuentro.
Lo contemporáneo no aparece como negación de lo propio. Por el contrario, dialoga con una sonoridad reconocible para construir una obra que nace desde Santiago del Estero y se pregunta por cuestiones universales: qué hacemos con los recuerdos, cómo atravesamos las ausencias y de qué manera el tiempo modifica aquello que creemos conocer.
En ese sentido, la identidad no está presentada como una postal. Está en movimiento.
Seis cuerpos, una memoria colectiva En escena estarán Yesica Paz, Silvana Ibáñez, Cecilia Petros, Silvana Leguizamón, Mariela Moreno y Ramiro Juárez Ley.
Los seis intérpretes participan de un proceso de creación colectiva que se sostiene en la investigación corporal y en la improvisación. La construcción colectiva implica también asumir que una obra puede cambiar mientras se crea.
No existe, en este caso, un texto previo que determine desde el comienzo cada acción. El material aparece durante los ensayos, se prueba, se descarta, se transforma y finalmente encuentra una estructura escénica. Es un trabajo de paciencia. También de escucha.
Escuchar al propio cuerpo, al otro, al espacio, a los objetos, a las imágenes que aparecen durante la exploración. Y, finalmente, escuchar aquello que la obra empieza a decir por sí misma.
Circular sostiene así una línea de trabajo vinculada con la danza contemporánea independiente en Santiago del Estero. La compañía desarrolla nuevas producciones y propone un lenguaje que cruza movimiento, memoria, música y experiencia personal.
“Siete Vientos” continúa esa búsqueda desde un universo atravesado por la ausencia y por la necesidad de convertir lo vivido en una experiencia compartida.
Un teatro que vuelve a recibir la creación local
La presentación también sucede en un escenario particularmente significativo para la cultura santiagueña: el Teatro 25 de Mayo.
El histórico coliseo provincial es uno de los espacios culturales más reconocidos de la ciudad y ha sido escenario de generaciones de artistas. Su Salón de los Espejos propone, además, una escala distinta a la de la sala principal.
Allí la cercanía modifica la relación entre intérpretes y espectadores. La danza deja de ser solamente algo que se contempla a distancia y puede convertirse en una experiencia más próxima, donde cada movimiento adquiere otra dimensión.
En “Siete Vientos”, esa proximidad resulta especialmente significativa. La obra habla de recuerdos. Y los recuerdos siempre tienen algo de íntimo. Volver a mirar lo que permanece.
Hay una pregunta que atraviesa la propuesta aunque no necesariamente sea pronunciada en escena: ¿qué queda de alguien cuando ya no está?
Puede quedar una imagen. Un nombre. Una costumbre. Una canción. Un movimiento. Una historia que alguien vuelve a contar.
La memoria no conserva intacto aquello que pasó. Lo transforma. Lo mezcla con el presente. Lo vuelve a interpretar.
“Siete Vientos” toma justamente esa condición cambiante para convertirla en lenguaje escénico.