El asesinato de la psiquiatra santiagueña Liliana Oubiña Bonancina deja una referencia de cuánto la justicia garantista puede dañar a más de una víctima. En este caso, el asesino (con libertad con fines “laborales”) diezmó a una familia entera. Claudio Alende, tal el nombre del reo, saldrá en 25 años de la cárcel de Bower (Córdoba). Su familia, nunca saldrá de la pérdida.
Un asesinato no termina cuando se apaga una vida. Hay muertes que continúan ocurriendo, silenciosamente, dentro de quienes quedan. Porque cuando asesinan a una persona, también se quiebra algo profundo en su familia: una parte de sus proyectos, de sus recuerdos, de sus conversaciones y de ese futuro que imaginaban juntos.
La víctima deja un vacío que nadie puede ocupar. Pero, junto con su ausencia, aparecen otras heridas: la incredulidad, la rabia, la impotencia, el miedo y una pregunta que muchas veces no encuentra respuesta: ¿por qué? La familia aprende, de golpe y de la peor manera, que el mundo que conocía ya no es el mismo.
Los padres pueden sentir que una parte de ellos murió con ese hijo. Los hermanos pierden no solo a un hermano, sino también a un compañero de vida, alguien que formaba parte de su propia historia. Los hijos quedan con recuerdos que duelen y con preguntas que quizá nunca puedan responderse. Y cada cumpleaños, cada Navidad, cada reunión familiar, puede convertirse en un recordatorio de la silla vacía.
Por eso puede decirse, metafóricamente, que un asesinato asesina emocionalmente a toda una familia. No porque sus integrantes dejen de vivir, sino porque una parte de su vida anterior desaparece para siempre. Continúan respirando, trabajando, hablando y caminando, pero llevan dentro una ausencia que modifica su manera de mirar el mundo.
También cambia la relación con el miedo. Una familia que antes podía sentirse segura descubre que la violencia puede irrumpir sin permiso y llevarse a alguien amado en un instante. Entonces la tranquilidad puede transformarse en desconfianza, las calles pueden adquirir otros significados y los recuerdos felices pueden mezclarse con el dolor.
Y existe otra herida, muchas veces invisible: la necesidad de justicia. Para una familia destrozada, saber que la persona que ama fue asesinada no puede reducirse a una noticia, a una estadística o a un expediente. Detrás de esa muerte había una historia, una voz, una manera de abrazar, una risa, proyectos, sueños y personas que la esperaban volver a casa.
El asesinato, entonces, no solo roba una vida, roba futuros, roba conversaciones que nunca sucederán, abrazos que nunca llegarán, fotografías que nunca podrán tomarse y momentos familiares que quedaron suspendidos para siempre.
Pero incluso dentro de ese dolor inmenso, una familia puede encontrar una forma de seguir viviendo sin olvidar. No se trata de cerrar una herida como si nada hubiera ocurrido. Se trata de aprender a convivir con ella, transformar el dolor en memoria y conseguir que la persona asesinada siga existiendo en las historias que se cuentan, en los gestos que se recuerdan y en el amor que permanece.

Porque hay asesinos que pueden quitar una vida, pero no deberían tener el poder de borrar una historia. Y mientras una familia recuerde, nombre y ame a quien perdió, esa persona seguirá teniendo un lugar entre los vivos.
El caso al que nos referimos es el de la doctora Liliana Inés Oubiña Bonacina, psiquiatra santiagueña radicada en Córdoba. La Facultad de Ciencias Médicas de la UNC confirmó que era profesora adjunta de Psiquiatría y especialista en trastornos bipolares y deterioro cognitivo.
Síntesis del caso
El 20 de agosto de 2016, Liliana Oubiña, de 58 años, se encontraba en su departamento de un edificio de avenida Colón, en barrio Alberdi de la ciudad de Córdoba. Según la investigación judicial, Claudio Alejandro Allende ingresó al departamento con intención de robar. La golpeó y, cuando ella intentó llegar hasta el balcón para pedir ayuda, la arrojó desde el tercer piso, aproximadamente 12 a 15 metros de altura.
Liliana sufrió gravísimos traumatismos y permaneció internada en el Hospital de Urgencias. Murió al día siguiente como consecuencia de las heridas. El acusado fue encontrado por la Policía oculto en el hueco del ascensor del edificio, con elementos que fueron incorporados a la investigación.
Inicialmente pudo pensarse en un accidente, pero la investigación determinó que se trató de un homicidio cometido para ocultar un robo. En 2018, un jurado popular declaró culpable a Allende, quien fue condenado a prisión perpetua por robo y homicidio criminis causae.
Lo particularmente doloroso del caso es que Liliana no fue solamente una víctima de un crimen: fue una profesional, una hija, una hermana y una persona con una historia y una familia detrás. Su asesinato dejó una ausencia que excedió el momento de su muerte.
Para quienes la amaban, aquella caída desde un tercer piso significó también la caída de una parte de su propia vida: proyectos que quedaron truncos, conversaciones que nunca volvieron a existir y una silla vacía que, con el paso de los años, siguió hablando de ella.
Y justamente por eso este caso encaja profundamente con lo que hablábamos antes: un asesinato puede matar a una persona físicamente, pero emocionalmente puede herir a toda una familia durante décadas.