05 de noviembre, 2026
Pienso, luego existo

Hay ciertas contradicciones argentinas que merecerían ser declaradas patrimonio nacional, una de ellas es nuestra particular relación con la identidad cultural, nos pasamos años discutiendo si el 12 de octubre debe llamarse Día de la Raza, Día de la Hispanidad o Día del Respeto a la Diversidad Cultural, pero cuando llega el 31 de octubre no tenemos demasiados inconvenientes en adoptar Halloween, una celebración que poco tiene que ver con nuestra historia, nuestras tradiciones y nuestras raíces. ¡Qué curiosa manera de defender la identidad!

Para el 12 de octubre convocamos a historiadores, sociólogos, ideólogos y especialistas en descolonización. Revisamos la conquista, cuestionamos la herencia española, discutimos el mestizaje y hasta pareciera que debemos pedir disculpas por hablar castellano.

Pero llega Halloween y, sin necesidad de debate parlamentario ni consulta popular, aparecen las calabazas, las brujas, los esqueletos y los vampiros. Los chicos salen a pedir golosinas, los comercios decoran sus vidrieras y las redes sociales se llenan de fotografías de personas que, por una noche, parecen haber descubierto una vocación por el terror.

Eso sí: ¡que nadie se atreva a cuestionar la celebración, porque estaríamos atentando contra la diversidad cultural! No se trata de impedir que los chicos se diviertan ni de declarar una guerra contra las costumbres extranjeras. Cada uno puede celebrar lo que quiera. El asunto es la llamativa selectividad con la que administramos nuestras convicciones culturales.

Al parecer, la herencia española merece una revisión ideológica permanente, pero la tradición estadounidense puede ingresar sin pasaporte, sin examen histórico y sin debate sobre sus antecedentes culturales.

Mientras tanto, nuestras propias tradiciones esperan. El Día de la Tradición, el folklore, las fiestas populares, las costumbres criollas, las historias de nuestros inmigrantes y las raíces de nuestros pueblos no siempre reciben semejante despliegue comercial y mediático.

No hay tantas vidrieras, promociones ni campañas publicitarias para recordar quiénes somos. Quizás porque nuestras tradiciones no vienen acompañadas de una franquicia internacional ni ofrecen tantas posibilidades de vender disfraces y golosinas.

Y aquí aparece otra ironía, somos una sociedad formada por el encuentro de culturas, por los pueblos originarios, por la herencia hispánica, por la inmigración europea y por tantas otras corrientes que construyeron nuestra identidad; no necesitamos renegar de ninguna de ellas para respetar a las demás.

La cultura no es una competencia donde una tradición debe derrotar a otra y tampoco la modernidad consiste en importar costumbres y olvidar las propias. Por supuesto, Halloween puede ser divertido, pero sería interesante que el mismo entusiasmo que ponemos en disfrazarnos de brujas, fantasmas y vampiros lo dedicáramos alguna vez a conocer nuestra historia, nuestras tradiciones y las raíces que nos explican como sociedad.

En definitiva, parece que tenemos un problema con nuestra identidad, para recordar de dónde venimos necesitamos abrir un debate nacional, pero para celebrar lo que viene de afuera alcanza con una calabaza, unas golosinas y una buena promoción comercial.

¡Qué país extraordinario! Todavía no nos ponemos de acuerdo sobre cómo llamar a nuestra historia, pero ya tenemos perfectamente organizado cómo disfrazarnos para celebrar la de los demás.

Compartir: