Hay escritores que reciben premios y hay escritores que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose ellos mismos en un premio para la literatura de su país. Jorge Luis Borges pertenece, sin dudas, a la segunda categoría.
Pocas figuras argentinas alcanzaron una dimensión universal semejante. Su nombre dejó de pertenecer hace mucho tiempo solamente a Buenos Aires y pasó a formar parte de la literatura del mundo.
Poeta, cuentista y ensayista extraordinario, Borges construyó una obra singular, profundamente argentina y, al mismo tiempo, universal. Desde Fervor de Buenos Aires hasta Ficciones, desde Historia universal de la infamia hasta El Aleph, su literatura recorrió los laberintos del tiempo, la memoria, los espejos, los sueños, la identidad, la muerte y el infinito.
Y lo hizo con una particularidad que quizás explique mejor que ninguna otra cosa su grandeza, Borges convirtió lo aparentemente pequeño en universal.
Un barrio porteño podía convertirse en un territorio mítico. Un duelo entre cuchilleros podía contener una reflexión sobre el destino. Una biblioteca podía transformarse en el universo. Un espejo podía convertirse en una inquietud metafísica. Un laberinto podía ser, al mismo tiempo, una construcción arquitectónica y una metáfora de la existencia humana.
Borges tenía la extraordinaria capacidad de hacernos sentir que detrás de una historia breve había siempre otra historia, y detrás de esa otra, otra más.
Su Buenos Aires no fue solamente una ciudad, fue una forma de mirar el mundo. Quizás por eso su literatura sigue teniendo una extraña capacidad para acompañar al lector, Borges no necesita de grandes acontecimientos para conmover, a veces alcanza con una palabra, un recuerdo, una calle, una biblioteca, un libro.
Y allí aparece una de las grandes paradojas de su vida literaria, el hombre que recibió el reconocimiento de lectores, escritores y universidades de todo el mundo nunca recibió el Premio Nobel de Literatura. La academia sueca jamás le otorgó el galardón, con los años, esa ausencia fue adquiriendo una dimensión casi simbólica, Borges fue candidato reiteradamente, pero el premio nunca llegó.
Se ha discutido durante décadas cuáles fueron las razones, también se han señalado factores políticos, controversias de época y decisiones personales que pudieron influir en la relación entre Borges y el ámbito internacional del Nobel.

Pero más allá de las explicaciones, queda un hecho difícil de ignorar: uno de los escritores más influyentes de la literatura universal del siglo XX murió sin recibir el máximo reconocimiento institucional al que podía aspirar un escritor. Y quizás ahí reside la paradoja, porque el Nobel es un premio y Borges es una obra. El primero depende de una decisión humana, de una institución y de un momento histórico, la segunda permanece.
Aquel hombre que había escrito tantas veces sobre los laberintos terminó habitando también el suyo, cuando su vista lo abandono, pero nunca dejó de escribir.
Y quizá esa sea una de las imágenes más conmovedoras de Borges, un escritor que, privado progresivamente de la posibilidad de leer con sus propios ojos, continuó viviendo en el universo de los libros.
Hay algo profundamente argentino en Borges, su obra está atravesada por Buenos Aires, por los suburbios, por los compadritos, por los cuchilleros, por el tango, por las bibliotecas, por las viejas casas, por la memoria familiar, pero al mismo tiempo dialoga con Shakespeare, Dante, Cervantes, Schopenhauer, Kafka y tantos otros escritores y filósofos.
Borges demostró que para ser universal no era necesario dejar de ser argentino y porteño, todo lo contrario. Quizás la mejor manera de llegar al mundo sea hablar desde el lugar al que uno pertenece.
Por eso su legado no necesita del Nobel para ser reconocido, quizás el mejor homenaje que pueda hacerse a Borges no sea lamentar eternamente el Nobel que no obtuvo, sino abrir alguno de sus libros y volver a leerlo.