23 de abril, 2026
Actualidad

La especialista Amanda Anríquez de Corbalán advierte que la violencia entre estudiantes no es solo un problema escolar: señala la falta de capacitación docente, el rol de las familias y cuestiona cómo los medios abordan estos casos.

En las últimas semanas, diversos casos de bullying escolar conmocionaron al país. El alto nivel de violencia en los ámbitos educativos genera una gran preocupación en la sociedad y abre un debate que cuestiona el accionar y responsabilidad de los educadores. ¿Son los docentes los responsables que sucedan situaciones altamente agresivas dentro de las escuelas? Lejos de llegar a un consenso, esta discusión permite visibilizar que necesidades han sido desatendidas por los adultos que permite a los jóvenes actuar de forma cruel.

Por esta razón, la profesora Amanda Anríquez de Corbalán aporta su mirada desde la experiencia y la formación. Es presidenta de Adimyt, profesora en Ciencias de la Educación y cuenta con posgrados en Educación Superior y en Objetivos del Aprendizaje.

Se ha dedicado a formar y capacitar docentes reconociendo la necesidad y falta de circuitos de capacitación, algo fundamental en una profesión de formación continua.

Así, hace más de 20 años, nació la asociación capacitadora Adimyt, que brinda talleres seleccionando temáticas en función de lo que identifican como “necesidades de la educación”.

En referencia a los recientes asegura que “hoy la tarea docente es demasiado compleja, es demasiado difícil. Decimos que el bullying está en el currículum oculto de la escuela. ¿Qué quiere decir currículum oculto? Que nadie lo persigue. Y no lo persiguen porque es un acto cobarde muy bien trabajado.”

Aun asi, hace un análisis crítico pero contundente:“Los docentes no están capacitados en este tema, lamentablemente. Porque toda una normativa como ley de convivencia, ley de protección al niño, hay una batería de normativas para que el docente proceda administrativamente. Pero la desconocen. Entonces  no actúan a tiempo.”

En el bullying escolar, generalmente, la víctima es el alumno que se opone a la contracultura escolar que construyen los alumnos. A los alumnos les molesta el alumno que estudia, que es respetuoso, que cumple las normas, que es premiado. Ese alumno generalmente es discriminado, no siempre, pero mayormente  es discriminado.

Allá está el traga, el chupa media, y entonces comienzan a agredirlo. O lo agreden porque es linda o es lindo, porque es de otro nivel social o porque tiene otro color de piel. O habla de otro idioma.”

Lo hacen en el recreo, en el pasillo, fuera de la escuela. Pueden comenzar desde simples insultos hasta golpe o roturas de cosas materiales dentro de la escuela. El bullying genera silencio, el secreto es la característica. Y no es uno contra otro, es un grupo contra uno.

Dentro de ese grupo agresor está el líder a quien los demás lo siguen y suelen tener un acompañante que aplaude. Después están los testigos, aquellos que miran y no hacen nada, conocen que la situación está mal y que tiene que ser puesta en conocimiento, pero a la vez saben que si intervienen van a tener sus consecuencias. Por lo tanto, se dice que es un acto cobarde en silencio, a espaldas de los docentes y de las instituciones.

Por esta razón, es un desafío para el docente poder detectarlo, sin embargo no significa que no pueda hacerlo.

 

La Prof. Amanda explica: “El docente puede detectar cuando el alumno está muy silencioso, triste, tiene golpes o dice que cada rato le han roto los útiles o le han desaparecido material de su clase. Esas son señales simples que se pueden identificar”.

De cualquier modo, si estas señales se hacen presentes no siempre se toman en cuenta, ”el docente está atento porque está muy concentrado en su cajita. En lo que tiene que enseñar o evaluar. No tiene tiempo suficiente y más si tiene una aula superpoblada y trabaja en varias escuelas”.

Incluso, aclara que este problema tiende a agravarse en el nivel secundario, ya que hay varios cursos y los profesores no alcanzan ni siquiera a conocer a los estudiantes como para permitirles detectar situaciones estrictas partículas.

Por eso es importante la participación de un gabinete socio-psicopedagógico adentro. Debería estar porque ya desde las resoluciones de las leyes del año 90 establecen eso. Lo que pasa es que no estamos teniendo esos gabinetes por las cuestiones presupuestarias, menos ahora con lo que nos está sucediendo con las transferencias para educación. Pero las instituciones deben tener eso para analizar estas situaciones.”

 

Una responsabilidad que excede la escuela

Aunque el bullying se manifiesta dentro del aula, para la profesora Amanda Enríquez de Corbalán el problema no puede pensarse de manera aislada. La escuela, sostiene, es apenas el escenario donde se visibilizan conflictos que se gestan en otros ámbitos.

En ese sentido, apunta directamente al rol de las familias y a la falta de acompañamiento en los procesos educativos. “Si hoy llamás a una reunión de papás para avisarles sobre el rendimiento académico de su hijo, el 60% no va. Solamente van los padres de los chicos que andan bien”, señala. Y agrega: “Los papás de los chicos que tienen problemas precisamente ellos no van”.

Para la docente, esta ausencia genera un vacío que luego impacta en la convivencia escolar. “Lo primero que hacen también es enojarse y dicen ‘la culpa es del docente’”, explica, marcando una transferencia de responsabilidades que deja a la escuela en una posición de sobrecarga.

A esto se suma un diagnóstico más profundo: la pérdida de la red de contención familiar. “Al estar la familia destruida, entonces perderse esa red es muy difícil”, advierte, y remarca que los valores que no se consolidan en el hogar difícilmente puedan construirse únicamente desde la institución educativa.

Pero su crítica no se detiene ahí. También cuestiona con dureza el rol de los medios de comunicación en la construcción de estas problemáticas. “Lamentablemente la prensa, la televisión fundamentalmente, al difundir esto, incentiva más. Se duplica el problema”, afirma.

Según explica, es el modo en que se presentan los casos puede generar un efecto de imitación: “Los chicos dicen ‘ah, mirá lo que pasó en tal programa’, y lo toman como algo gracioso”. En lugar de profundizar en las causas y consecuencias, sostiene que muchas veces la cobertura se queda en la dramatización del hecho.

“Lo presentan y lo convierten como algo que llama la atención… lo convierten en el héroe”. Y es aún más contundente: “Salen diciendo que el niño no va a tener ninguna consecuencia. Entonces, ¿qué van a decir? ‘Bueno, si no pasa nada, yo también lo voy a hacer’”.

Es por esto por lo que insiste en que el abordaje debe ser integral: “La escuela sola no va a poder, los docentes mucho menos solos. Necesitamos más responsabilidad de todas las instituciones. Como la prensa, y quienes tienen que tomar decisiones políticas, para podamos manejarnos mejor ante este conflicto.”

 

Sin capacitación, no hay prevención

Frente a esta realidad compleja, la profesora vuelve a señalar la deuda estructural del sistema educativo: la falta de capacitación docente. Aunque existen normativas claras, advierte que muchos educadores no cuentan con las herramientas necesarias para intervenir.

Desde su espacio, la asociación Adimyt, buscan precisamente cubrir ese vacío. “Venimos analizando esto y acompañamos con capacitaciones específicas que puedan acompañar a esta tarea complejísima”, explica. Y enfatiza: “La capacitación debe ser permanente y actualizada”.

Entre las propuestas que desarrollan, se destacan los talleres de didáctica y formación en inclusión, donde trabajan con herramientas como el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA). Este enfoque parte de una premisa clave: no todos los estudiantes aprenden de la misma manera.

Yo tengo 30 alumnos en el aula y tengo 30 cerebros distintos que trabajan a diferentes ritmos”, señala, cuestionando los modelos homogéneos de enseñanza. “Nosotros pensamos que todavía se trabaja igual para todos como si fuera una fábrica de autos, y no es así”.

Por eso, en sus capacitaciones trabajan con herramientas como el Proyecto Pedagógico Inclusivo (PPI) y el DUA, que permiten diseñar propuestas adaptadas a las necesidades de cada estudiante. “¿Qué dificultades tengo? ¿Cómo voy a articular?”, plantea como eje del trabajo docente.

Lejos de simplificar el problema, su mirada lo complejiza: la violencia escolar no se resuelve solo con sanciones, sino con formación y acompañamiento. La escuela no puede sola. Pero sin docentes capacitados, tampoco hay posibilidad de intervenir a tiempo.

 

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