El uso intensivo de plataformas digitales, la circulación constante de datos personales y la falta de hábitos de cuidado exponen a la población a un escenario de creciente vulnerabilidad. Contraseñas débiles, estafas virtuales y brechas de acceso a la información consolidan a la ciberseguridad como un desafío social que atraviesa edades, sectores y contextos.
Enero suele presentarse como un mes de reinicio. Cambian las rutinas, se estrenan dispositivos, se descargan aplicaciones nuevas y se reorganizan cuentas personales y laborales. En medio de ese movimiento, la ciberseguridad rara vez aparece entre las prioridades del comienzo del año. Sin embargo, especialistas advierten que es justamente en este período cuando aumentan los descuidos digitales y, con ellos, los riesgos de fraudes, robos de identidad y estafas online.
El inicio del año concentra una serie de factores que vuelven más vulnerable a la ciudadanía frente a los delitos informáticos. Por un lado, el uso intensivo de plataformas bancarias y de pago, asociado a cobros, compras, vacaciones o trámites. Por otro, la relajación de hábitos de cuidado, producto del descanso, el cambio de horarios o la falsa sensación de control sobre entornos digitales que se perciben como familiares.
Uno de los puntos más críticos sigue siendo el manejo de contraseñas. A pesar de las advertencias reiteradas, muchas personas continúan utilizando la misma clave para múltiples servicios, desde redes sociales hasta cuentas bancarias o correos electrónicos. En otros casos, se trata de contraseñas débiles, fáciles de adivinar o directamente compartidas con terceros. Este tipo de prácticas, naturalizadas en el uso cotidiano de la tecnología, representan una de las principales puertas de entrada para los ciberdelitos.
El problema no se limita a usuarios con bajo nivel de conocimiento digital. Incluso personas con experiencia en el uso de plataformas tecnológicas suelen subestimar la importancia de proteger adecuadamente sus datos. El exceso de confianza, la urgencia por resolver trámites o la comodidad terminan imponiéndose sobre la prevención. Enero, con su lógica de “arranque”, potencia este comportamiento: se crean cuentas nuevas, se aceptan términos y condiciones sin leer y se reutilizan claves antiguas para agilizar procesos.
ESTAFAS DIGITALES Y GRUPOS MÁS EXPUESTOS
A esto se suma el uso de dispositivos recién adquiridos. Teléfonos celulares, computadoras o tablets nuevas implican configuraciones iniciales que muchas veces se realizan de manera automática, sin revisar opciones de seguridad como la verificación en dos pasos, la protección biométrica o los permisos otorgados a las aplicaciones. Cada ajuste omitido amplía el margen de exposición de la información personal.
En este contexto, los ciberdelincuentes encuentran un terreno fértil. Las estafas por correo electrónico, mensajes de texto o redes sociales suelen replicar mensajes institucionales, promociones falsas o alertas de seguridad que buscan generar urgencia. La estrategia es conocida: inducir al usuario a ingresar datos personales o financieros a través de enlaces fraudulentos. El éxito de estas maniobras se apoya, en gran medida, en el descuido y la falta de hábitos de seguridad consolidados.
El impacto de estas prácticas no es uniforme en toda la población. Los adultos mayores conforman uno de los grupos más vulnerables frente a los delitos informáticos, especialmente en los primeros meses del año. Jubilaciones, bonos, actualizaciones de datos y trámites digitales obligatorios incrementan su exposición a plataformas que, muchas veces, no fueron diseñadas con criterios de accesibilidad ni acompañamiento adecuado.
Las estafas dirigidas a personas mayores suelen apelar a la suplantación de identidad de organismos públicos, bancos o empresas de servicios. Mensajes que anuncian supuestos bloqueos de cuentas, actualizaciones necesarias o beneficios extraordinarios circulan con facilidad y generan confusión. En muchos casos, la falta de alfabetización digital se combina con el aislamiento o la dificultad para acceder a asesoramiento confiable, lo que aumenta el riesgo de caer en engaños.

DATOS PERSONALES Y ECONOMÍA DIGITAL
La expansión de los servicios digitales transformó la forma en que las personas administran su economía cotidiana. Pagos electrónicos, billeteras virtuales, homebanking y compras online concentran hoy una porción significativa de la información personal y financiera de los usuarios. Esta centralización de datos, si bien facilita operaciones, también incrementa el impacto de eventuales vulneraciones de seguridad.
En muchos casos, los delitos informáticos no apuntan únicamente al acceso inmediato a fondos, sino a la obtención de información que luego puede ser utilizada de manera reiterada. Datos como números de documento, direcciones, correos electrónicos, historiales de consumo o credenciales de acceso circulan en mercados ilegales y permiten la realización de fraudes posteriores, incluso meses después del primer incidente.
La creciente digitalización de trámites estatales y servicios esenciales amplía el universo de información sensible almacenada en plataformas virtuales. Registros vinculados a salud, educación, programas sociales o beneficios económicos forman parte de bases de datos que requieren altos estándares de protección.
Las fallas de seguridad, tanto en sistemas públicos como privados, generan consecuencias que exceden el ámbito individual y ponen en tensión la confianza en las instituciones.
Otro aspecto relevante es la naturalización del intercambio de datos personales. El uso cotidiano de aplicaciones que solicitan acceso a contactos, ubicación, cámara o micrófono suele aceptarse sin mayor cuestionamiento. Esta práctica contribuye a la construcción de perfiles detallados de los usuarios, cuya utilización no siempre es transparente ni claramente informada.
Desde una perspectiva social, la protección de datos personales se vincula con el ejercicio de derechos fundamentales. La exposición indebida de información puede derivar en discriminación, extorsión o exclusión del sistema financiero. En este sentido, la ciberseguridad no solo involucra aspectos técnicos, sino también debates sobre privacidad, regulación y responsabilidad institucional.
LA CIBERSEGURIDAD COMO DESAFÍO COLECTIVO
La problemática pone en evidencia una brecha que va más allá de la edad. Se trata de una desigualdad en el acceso a la información y a la educación digital, que requiere respuestas estructurales.
La ciberseguridad no puede depender únicamente de la responsabilidad individual, sino que debe formar parte de políticas públicas que contemplen campañas de prevención, canales de denuncia accesibles y sistemas de protección adecuados para los sectores más expuestos.
Pensar la ciberseguridad como un hábito, y no como una acción aislada, resulta clave para abordar el problema. Así como se revisan rutinas vinculadas a la salud o al bienestar personal, el cuidado de la identidad digital debería incorporarse como parte de esas prácticas cotidianas. No se trata de conocimientos técnicos complejos, sino de conductas sostenidas en el tiempo que reduzcan riesgos.
El aumento de los delitos informáticos no afecta únicamente a las personas, sino también a instituciones, empresas y organismos públicos. Filtraciones de datos, accesos no autorizados y fraudes electrónicos generan consecuencias económicas, legales y sociales que impactan en toda la comunidad.
En este sentido, la ciberseguridad se vincula directamente con la confianza en los sistemas digitales que sostienen gran parte de la vida cotidiana.
El comienzo del año puede funcionar, entonces, como un punto de inflexión para repensar el vínculo con la tecnología. Incorporar hábitos de cuidado digital no desde el temor, sino desde la conciencia, aparece como una condición necesaria para un uso más seguro, responsable y sostenible de los entornos digitales, en un contexto donde la virtualidad dejó de ser una opción para convertirse en parte central de la vida social.