10 de septiembre, 2026
Actualidad

La tecnología forma parte de la vida cotidiana de niños y adultos, pero su uso excesivo puede desplazar el juego, el descanso y la interacción familiar. Para muchos padres, además, limitar las pantallas no es tan sencillo cuando el trabajo, las responsabilidades y las dificultades económicas reducen el tiempo disponible para criar.

Las pantallas tienen una presencia habitual en la infancia. Televisores, celulares, tablets y computadoras forman parte de la vida cotidiana y pueden ser herramientas para aprender, entretenerse y comunicarse. Sin embargo, cuando ocupan demasiado tiempo o reemplazan actividades fundamentales pueden convertirse en un problema.

La primera infancia es una etapa especialmente importante para el desarrollo cognitivo, motor, emocional y social. Durante esos años, los niños necesitan explorar, jugar, moverse, dormir adecuadamente y, sobre todo, interactuar con otras personas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que los menores de 5 años pasen menos tiempo en actividades sedentarias frente a pantallas y tengan más oportunidades para el juego activo, el descanso y la interacción con sus cuidadores.

El problema no radica necesariamente en la accesibilidad a pantallas, sino en qué lugar ocupa dentro de la vida del niño. Cuando el tiempo frente a dispositivos desplaza el juego, la conversación, la lectura, el movimiento o el descanso, pueden aparecer consecuencias.

La evidencia disponible ha encontrado asociaciones entre un uso elevado y principalmente solitario de medios digitales durante la primera infancia y dificultades en áreas como el lenguaje, el desarrollo cognitivo y socioemocional, las funciones ejecutivas y las habilidades motoras finas. También se ha relacionado con una peor calidad del sueño.

La interacción con los adultos cumple un papel que una pantalla no puede reemplazar completamente. Hablar, responder preguntas, contar historias, jugar, cantar o simplemente compartir una actividad permite que el niño reciba estímulos y aprenda a comunicarse, regular sus emociones y relacionarse con los demás.

Incluso cuando se utilizan contenidos digitales, la participación de un adulto puede favorecer el aprendizaje: mirar juntos videos, conversar sobre lo que aparece en pantalla y ayudar al niño a relacionarlo con el mundo real puede ser muy diferente de dejarlo solo frente al dispositivo.

El juego libre, el movimiento, la lectura, el contacto cara a cara y el sueño son fundamentales durante la infancia. En los menores de 5 años, la OMS recomienda, por ejemplo, que el tiempo sedentario frente a pantallas sea de hasta una hora diaria entre los 2 y 4 años, y menos es mejor; para los niños de 1 año no recomienda este tipo de actividad sedentaria frente a pantallas.

La Academia Americana de Pediatría, al referirse a esta problemática, señala que no existe una solución idéntica para todas las familias y que es necesario considerar la edad del niño, el contenido, el contexto y aquello que el uso de dispositivos está desplazando.

Una hora de pantalla no necesariamente representa lo mismo en todas las circunstancias. No es igual mirar junto a un adulto un contenido apropiado para la edad y reflexionar sobre el contenido a pasar períodos consumiendo material digital de manera solitaria. Tampoco es lo mismo utilizar una pantalla ocasionalmente que recurrir a ella durante buena parte del día porque no existen otras posibilidades de entretenimiento o cuidado.

 

Criar en una realidad que cambió

El desafío para las familias no consiste necesariamente en eliminar la tecnología, algo poco realista en una sociedad atravesada por dispositivos digitales, sino en encontrar un equilibrio que proteja aquellas experiencias que resultan indispensables para el desarrollo.

También implica evitar que la responsabilidad recaiga exclusivamente sobre los padres. Las dificultades para establecer límites no ocurren en el vacío: están atravesadas por el trabajo, el tiempo disponible, el acceso a espacios seguros para jugar, las redes familiares de apoyo y las condiciones económicas.

Criar en tiempos de pantalla también plantea una discusión sobre en qué condiciones se está criando. Si los adultos disponen cada vez de menos tiempo para acompañar a sus hijos, la solución no puede reducirse únicamente a pedirles que apaguen los dispositivos. También es necesario preguntarse qué condiciones laborales, económicas y sociales tienen esas familias y qué alternativas reales existen para reemplazar el tiempo que hoy ocupa una pantalla.

En muchos hogares, madres y padres trabajan durante largas jornadas, tienen más de un empleo, realizan tareas domésticas, se ocupan de otros integrantes de la familia y deben afrontar un contexto económico que deja poco margen para el descanso. En por esta que la pantalla puede convertirse en una solución práctica: permite entretener a un niño mientras se cocina, se trabaja desde casa, se realiza una tarea o simplemente se intenta recuperar algunos minutos de descanso.

Además, el desafío de limitar el uso de las pantallas no depende únicamente de una decisión pedagógica de los padres. Los niños crecen dentro de una arquitectura digital diseñada para captar y prolongar la atención: reproducción automática, notificaciones, desplazamiento infinito, recompensas inmediatas, recomendaciones personalizadas y contenidos que se suceden sin necesidad de buscarlos.

Para un cerebro que todavía está desarrollando sus capacidades de autorregulación y control de impulsos, resistirse a estos mecanismos puede ser especialmente difícil. Por eso, cuando un adulto intenta quitar un dispositivo, no se enfrenta solamente al pedido de un niño que quiere seguir jugando o mirando videos, sino también a productos y plataformas construidos alrededor de mecanismos de refuerzo que buscan que el usuario permanezca conectado.

Por este motivo, las estrategias para reducir el uso excesivo de pantallas no dependen únicamente de las decisiones de los tutores. También involucran la regulación de las plataformas y del diseño de productos digitales dirigidos a niños y adolescentes, así como la disponibilidad de alternativas fuera de las pantallas. El acceso a plazas, parques, clubes, centros culturales y otros espacios públicos y comunitarios ofrece oportunidades para el juego libre, la actividad física y la interacción con otros niños.

A esto se suma el contexto socioeconómico en el que las familias ejercen la crianza. Las jornadas laborales extensas, las tareas domésticas, las dificultades económicas y la falta de redes de cuidado pueden reducir el tiempo disponible de los adultos en determinados momentos del día.

El acceso al juego libre, la salud emocional y la desconexión digital no deben entenderse como un privilegio, sino como una garantía de derechos que requiere el compromiso del Estado. Pensar el bienestar infantil implica diseñar políticas públicas que acompañen a las familias con tiempo, recursos e infraestructura, evitando que la tecnología sea la única respuesta accesible frente a la falta de alternativas socioafectivas y comunitarias.

 

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