Las altas temperaturas y la humedad persistente convierten al verano en una amenaza para la salud infantil. Cómo reconocer los síntomas, qué hacer ante una emergencia y cuáles son las claves para prevenir el golpe de calor y las enfermedades asociadas.
El verano suele ser sinónimo de juegos al aire libre, piletas improvisadas y vacaciones esperadas durante todo el año. Sin embargo, cuando el termómetro supera ciertos límites y la humedad se mantiene elevada durante varios días consecutivos, el calor deja de ser una simple incomodidad para transformarse en un riesgo real, especialmente para los niños.
En las últimas semanas, amplias regiones del país atraviesan una ola de calor sostenida, un fenómeno que no solo impacta en la vida cotidiana, sino que también pone en alerta al sistema de salud. Los más chicos —sobre todo los menores de cinco años y, en particular, los bebés— son uno de los grupos más vulnerables frente a las altas temperaturas.
El Servicio Meteorológico clasifica los niveles de alerta en colores, una herramienta clave para anticiparse y tomar decisiones. El nivel verde indica tranquilidad para la salud general; el amarillo advierte riesgos para grupos vulnerables como bebés y adultos mayores; el naranja recomienda evitar actividades al aire libre; y el rojo señala situaciones excepcionales, con peligro para todas las edades.
Antes de llegar al golpe de calor, el organismo suele dar señales. El agotamiento por calor es un estadio previo que no debe pasarse por alto. “El golpe de calor es una forma grave de lesión por calor y la temperatura del cuerpo alcanza los 40 grados o más”, explica la Dra. Valeria El Haj, directora médica nacional de OSPEDYC.
Reconocer a tiempo los síntomas puede marcar la diferencia. La sudoración excesiva, la sensación de calor sofocante, la sed intensa, los calambres musculares, los dolores de cabeza, de estómago o los mareos son señales frecuentes. En los bebés, además, puede aparecer piel irritada o enrojecida.
Cuando el cuadro avanza, la situación se vuelve grave. Temperatura corporal elevada, piel roja y seca, respiración acelerada, taquicardia, dolor de cabeza palpitante, alteraciones mentales o convulsiones son signos de golpe de calor y requieren atención médica inmediata.
Los niños menores de cinco años, especialmente los menores de un año, corren mayor riesgo, al igual que aquellos con enfermedades crónicas, fiebre, diarrea, obesidad, desnutrición o quemaduras solares. En estos casos, el margen de tolerancia al calor es mucho menor.
Ante síntomas de agotamiento o golpe de calor, la recomendación es clara: consultar de inmediato al médico. Mientras se espera la atención profesional, es fundamental trasladar al niño a un lugar fresco y ventilado, desvestirlo y enfriarlo con agua fresca —nunca fría—. Si se sospecha un golpe de calor, se debe llamar de urgencia a un servicio de emergencias.

PREVENIR ES CUIDAR
La prevención sigue siendo la herramienta más eficaz. Mantener a los niños en ambientes frescos y bien ventilados, vestirlos con ropa liviana y evitar la actividad física al aire libre en los días de calor extremo son medidas básicas. En el caso de los lactantes, aumentar la frecuencia de las tomas ayuda a prevenir la deshidratación.
Si es inevitable la permanencia al aire libre, se recomienda el uso de sombreros, ropa que cubra brazos y piernas y protectores solares de amplio espectro contra rayos UVA y UVB. Estos deben aplicarse media hora antes de la exposición y renovarse cada dos horas en bebés mayores de seis meses, incluso en días nublados.
Ofrecer líquidos de manera constante, evitar bebidas azucaradas, bañar o mojar a los niños con frecuencia y no exponerlos al sol entre las 10 de la mañana y las 4 de la tarde son hábitos que reducen significativamente los riesgos. Una advertencia que se repite cada verano y sigue siendo clave: nunca dejar a un niño dentro de un vehículo estacionado y cerrado.
Las altas temperaturas también favorecen la aparición de enfermedades diarreicas, especialmente en la infancia. La diarrea, generalmente causada por microorganismos transmitidos por agua o alimentos contaminados, puede provocar deshidratación y, en casos extremos, ser potencialmente mortal.
“Para estos cuadros de gastroenteritis existen medidas clave como el consumo de agua segura, el lavado de manos y la correcta cocción de los alimentos”, detalla la Dra. El Haj. El tratamiento incluye soluciones de rehidratación oral, suplementos de zinc y una alimentación adecuada.
Se considera diarrea cuando se presentan tres o más deposiciones diarias con heces sueltas o líquidas. Su persistencia puede privar al organismo del agua y las sales esenciales. Los niños malnutridos o inmunodeprimidos son los más expuestos. A nivel mundial, las enfermedades diarreicas continúan siendo la segunda causa de muerte en menores de cinco años.
El abordaje incluye el uso de sales de rehidratación oral en casos leves o moderados, fluidos intravenosos en situaciones graves, suplementos de zinc —que reducen la duración y el volumen de las deposiciones— y alimentos ricos en nutrientes. La prevención vuelve a ser central: agua segura, higiene de manos, correcta conservación de los alimentos, lactancia materna y esterilización diaria de mamaderas.
“El calor extremo afecta principalmente a los más pequeños y a los mayores. Es fundamental protegerlos siguiendo simples pautas”, concluye la Dra. Valeria El Haj. En un contexto de temperaturas cada vez más intensas y frecuentes, la información y la prevención se convierten en aliados indispensables para cuidar la salud infantil y evitar cuadros que, con atención oportuna, son en gran medida prevenibles.