Minimizar las amenazas como “cosas de chicos” no solo es un error de lectura: es una de las claves que permite que el problema se repita. Especialistas advierten sobre la negación, el impacto de las redes y la banalización de la violencia en adolescentes.
Que una parte de la sociedad, y a veces incluso adultos cercanos, lea estas amenazas como “travesuras de chicos” no es un dato menor: es, en sí mismo, un problema que los psicólogos y especialistas analizan con bastante preocupación.
En primer lugar, aparece una subestimación del riesgo. Durante mucho tiempo, ciertas conductas juveniles se interpretaron bajo la lógica de la picardía o la rebeldía propia de la edad. Eso sigue operando como marco cultural: escribir en un baño, hacer una broma pesada o “asustar” a otros puede ser visto como algo propio de la adolescencia. El problema es que hoy el contenido de esas “bromas” cambió radicalmente. Ya no se trata de una travesura inocente, sino de amenazas de muerte en un contexto donde ese tipo de violencia existe y es posible.
Los especialistas hablan de un desfasaje entre la conducta y su interpretación social: se siguen usando categorías viejas (“chicos haciendo lío”) para fenómenos nuevos, mucho más complejos y peligrosos.
También influye un mecanismo psicológico bastante común: la negación. Para muchas familias y comunidades, aceptar que un adolescente cercano puede emitir una amenaza de este tipo -o estar expuesto a ese universo simbólico- resulta demasiado inquietante. Entonces se minimiza: “fue un chiste”, “no lo dijo en serio”, “son cosas de chicos”. Esa lectura funciona como una forma de bajar la angustia, pero al mismo tiempo impide ver señales de alerta.
A esto se suma la dificultad para comprender el mundo digital. Muchos adultos no dimensionan el impacto que tienen las redes sociales en la construcción de sentido de los adolescentes. Lo que para un adulto puede ser claramente grave, para un joven puede estar inscripto en una lógica de viralización, humor negro o desafío grupal. Cuando los adultos no logran decodificar ese lenguaje, tienden a restarle importancia o a interpretarlo con categorías que no alcanzan.
BANALIZACIÓN DE LA VIOLENCIA
Desde la psicología también se advierte sobre la banalización de la violencia. La exposición constante a contenidos violentos —en redes, series, videojuegos o noticias— puede generar una especie de acostumbramiento. En ese contexto, frases como “los voy a matar” pierden, para algunos, su peso real y pasan a circular como expresiones exageradas, pero “normales”. Cuando eso ocurre, la amenaza deja de percibirse como un límite grave.
Otro punto clave es la intencionalidad del adolescente. En muchos casos, efectivamente no hay un plan real de ataque. Eso refuerza la idea de que “no pasó nada”. Pero los especialistas insisten en que el análisis no debe centrarse solo en la intención, sino en el significado de la conducta y en sus efectos. Una amenaza, aunque no se concrete, genera miedo, moviliza recursos institucionales y puede escalar si no se aborda.
Además, considerar estas situaciones como simples travesuras puede tener un efecto contraproducente: refuerza la conducta. Si el adolescente percibe que su acción no tiene consecuencias o es minimizada, aumenta la probabilidad de repetición o de escalada para lograr mayor impacto.
Por último, hay un punto más profundo: estas conductas muchas veces son leídas como travesuras porque cuesta aceptar que puedan ser un síntoma. Reconocer que detrás de una amenaza puede haber malestar emocional, dificultades en los vínculos o problemas en el entorno implica asumir una responsabilidad más compleja, tanto para la familia como para la escuela y la sociedad.
En definitiva, los especialistas advierten que tratar estas situaciones como “cosas de chicos” no solo es un error de diagnóstico, sino también un riesgo. No porque todos los casos vayan a derivar en hechos graves, sino porque esa mirada impide intervenir a tiempo.
La clave, dicen, está en encontrar un punto de equilibrio: no sobreactuar con pánico, pero tampoco minimizar. Tomar en serio la conducta, sin dejar de entender que quien la realiza es un adolescente que necesita ser comprendido, orientado y, sobre todo, acompañado.