17 de septiembre, 2026
Colaboración

“Las deudas son como cualquier otra trampa en la que es muy fácil caer, pero de la que es dificilísimo salir" decía George Bernard Shaw y pareciera que fue escrita para describir una realidad que hoy atraviesa a millones de argentinos.

Hay momentos en la vida de una sociedad en los que una cifra deja de ser simplemente una estadística y adquiere el rostro de una familia, de un trabajador, de un jubilado, de un joven que mira el calendario esperando el día de cobro para descubrir, una vez más, que el dinero no alcanza. Casi seis millones de personas registraban en junio de 2026 deudas atrasadas.

El dato, construido a partir de la Central de Deudores del Banco Central, no debería ser leído únicamente desde la frialdad de una planilla financiera, detrás de esos 5,86 millones de morosos hay historias distintas, pero existe un denominador común que no puede ser ignorado, para una parte importante de la sociedad argentina, el crédito dejó de ser solamente una herramienta para adquirir un bien, invertir o proyectar una mejora y comenzó a funcionar como un mecanismo para completar aquello que el ingreso mensual ya no logra cubrir.

Y aquí aparece la primera cuestión que merece ser discutida sin simplificaciones, no toda persona endeudada es una persona irresponsable, tampoco todo moroso es alguien que decidió vivir por encima de sus posibilidades. Generalizar sería injusto y, sobre todo, impediría comprender la dimensión social del problema.

Durante mucho tiempo, endeudarse estuvo asociado a determinados proyectos, como comprar una vivienda, adquirir un automóvil, iniciar un emprendimiento, financiar estudios o afrontar una inversión familiar, la deuda tenía, entonces, una finalidad que miraba hacia adelante. Pero cuando el crédito se utiliza para comprar alimentos, pagar una factura de electricidad, afrontar medicamentos, cubrir el alquiler o llegar hasta el próximo salario, algo diferente está sucediendo. La deuda deja de ser una herramienta de progreso y empieza a transformarse en un sustituto precario del ingreso, ese cambio es mucho más profundo de lo que parece.

Los datos del sistema financiero muestran que el acceso al crédito se ha expandido. A diciembre de 2025, alrededor de 20,3 millones de personas tenían algún tipo de financiamiento, mientras que el saldo promedio por deudor también había aumentado considerablemente.

En principio, podría parecer una buena noticia, una sociedad con mayor acceso al crédito es, en determinadas condiciones, una sociedad con mayores posibilidades de consumo, inversión y desarrollo, el problema aparece cuando se confunde acceso al crédito con capacidad real de pago. Porque una cosa es que exista crédito y otra muy diferente es que exista ingreso suficiente para devolverlo, la diferencia es sustancial.

El crédito permite adelantar consumo, el salario permite sostenerlo. Cuando los ingresos familiares se encuentran estancados o evolucionan por debajo del costo efectivo de vida, el préstamo puede convertirse en una solución inmediata, pero también en el comienzo de un problema posterior, y ese problema suele agravarse cuando una deuda se paga contrayendo otra. Así aparece el conocido círculo del endeudamiento, se pide para pagar, se vuelve a pedir para cubrir la cuota anterior y, finalmente, la persona ya no está financiando una compra sino financiando su propia subsistencia.

En junio de 2026, la mora del financiamiento a las familias alcanzó el 12,8%, según el Banco Central. El organismo señaló, al mismo tiempo, que el crédito continuaba creciendo, la contradicción es solamente aparente, puede haber más crédito y, simultáneamente, mayor dificultad para pagarlo. Porque el problema no reside exclusivamente en la existencia del crédito, sino en qué está financiando y con qué ingresos será devuelto.

Esta es quizá la dimensión más preocupante del fenómeno, una familia que se endeuda para comprar un automóvil está tomando una decisión financiera pero cuando se endeuda para comprar alimentos está tratando de resolver una necesidad. Una persona puede decidir postergar la compra de un vehículo, suspender un viaje o renunciar a cambiar un electrodoméstico, pero resulta imposible postergar indefinidamente la comida, la electricidad, el gas, el transporte o los medicamentos.

Por eso resulta peligroso analizar el endeudamiento exclusivamente desde una perspectiva moral. Decirle a una familia que debe "organizarse mejor" puede ser cierto en algunos casos, pero se convierte en una respuesta insuficiente cuando el problema es que, aun administrando cuidadosamente cada peso, los ingresos no alcanzan para cubrir las necesidades básicas. La pregunta, entonces, deja de ser cuánto gasta esa familia y comienza a ser cuánto cuesta vivir.

Y allí aparece uno de los problemas centrales de la Argentina actual, la distancia entre los ingresos y el costo efectivo de la vida cotidiana. La inflación puede desacelerarse, y ello constituye indudablemente un dato positivo, pero una inflación menor no significa automáticamente que los salarios hayan recuperado todo lo perdido ni que una familia pueda afrontar con tranquilidad sus gastos mensuales.

El bolsillo tiene memoria y recuerda perfectamente cuánto costaba vivir ayer y cuánto cuesta hacerlo hoy, por eso una economía puede exhibir determinados indicadores positivos y, simultáneamente, mantener situaciones de enorme fragilidad social. El problema aparece cuando la estadística macroeconómica comienza a alejarse demasiado de la experiencia cotidiana.

Thomas Carlyle sostuvo: "Sólo hay dos medios de pagar las deudas: por el trabajo y por el ahorro". La frase contiene una verdad elemental que conserva plena vigencia, una deuda se paga con ingresos futuros, y esos ingresos, en una economía familiar, provienen fundamentalmente del trabajo.

Pero ¿qué ocurre cuando el trabajo no alcanza? ¿Qué sucede cuando una persona tiene empleo, pero su salario pierde capacidad adquisitiva? ¿Qué sucede cuando directamente no existe un puesto de trabajo estable? ¿Qué ocurre con quien desarrolla actividades informales, trabaja por cuenta propia o depende de ingresos variables?

En todos esos casos, el crédito puede aparecer como una especie de segundo salario, pero no lo es, el salario no tiene intereses, la deuda sí, además, el salario no crece por acumulación en cambio la deuda sí puede hacerlo. El salario permite consumir hoy pero la deuda obliga a sacrificar parte del ingreso futuro para pagar lo consumido hoy, por eso, cuando el crédito comienza a ocupar el lugar que debería ocupar el ingreso, la sociedad entra en una zona particularmente delicada.

No se trata de demonizar al crédito, sería absurdo hacerlo, el crédito es necesario para el funcionamiento de una economía moderna y puede ser una herramienta legítima de inclusión financiera. Lo que debe preocuparnos es que millones de personas necesiten endeudarse para poder atravesar el mes. Porque allí el crédito deja de ser una puerta hacia el futuro y comienza a convertirse en una forma de hipotecarlo.

La transformación tecnológica ha hecho que obtener dinero prestado sea mucho más sencillo, recordemos que antes había que concurrir a un banco, presentar documentación, demostrar ingresos y atravesar un proceso de evaluación, hoy, en muchos casos, un teléfono celular permite acceder a un préstamo en cuestión de minutos.

La tecnología democratizó el acceso, pero también puede democratizar el endeudamiento. El problema no es la existencia de las billeteras virtuales ni de las empresas fintech, el problema aparece cuando la facilidad para obtener dinero resulta mucho mayor que la capacidad para comprender el costo financiero y devolverlo.

Cuando el crédito se vuelve instantáneo, también puede volverse invisible. Y lo esencial es que no deberíamos olvidarnos que, detrás de la morosidad, existen también consecuencias que exceden la relación entre deudor y acreedor. Una persona que entra en mora pierde posibilidades futuras de acceder a crédito formal, puede quedar condicionada para obtener determinados servicios financieros y, en algunos casos, terminar recurriendo a mecanismos de financiamiento todavía más costosos. Sin lugar a dudas, una persona que puede pagar una deuda es mejor para el acreedor que una persona a la que se le ha cerrado toda posibilidad de recuperarse.

Y aquí el Estado tiene una responsabilidad que no necesariamente significa intervenir en cada contrato privado, implica observar el fenómeno, medirlo, prevenir sus consecuencias más graves y evitar que el sistema financiero termine alimentando un proceso de exclusión social.

Publio Siro escribió que "para el hombre honrado las deudas son una amarga esclavitud.", quien quiere pagar y no puede vive una situación distinta de quien decide deliberadamente no pagar. Hay millones de argentinos que quieren cumplir, pagar la tarjeta, el préstamo, los servicios, el alquiler, en suma, cumplir con sus obligaciones, pero no pueden hacerlo porque, después de pagar lo indispensable para vivir, no queda suficiente dinero.

Esa diferencia debería ocupar un lugar central en cualquier discusión seria sobre endeudamiento, no estamos frente a una sociedad que, masivamente, haya decidido abandonar la cultura del trabajo y del cumplimiento.

Estamos frente a una sociedad en la que una parte importante de sus integrantes está tratando de sostener su nivel mínimo de vida mediante instrumentos financieros que, por su propia naturaleza, no fueron diseñados para sustituir permanentemente el ingreso laboral. Y cuando una familia debe elegir entre pagar una cuota o comprar alimentos, la discusión dejó de ser financiera, es social.  

Volvamos a George Bernard Shaw: "Las deudas son como cualquier otra trampa en la que es muy fácil caer, pero de la que es dificilísimo salir.", ahora podemos comprender el problema en toda su dimensión.

La primera deuda puede parecer pequeña pero después llega la obligación y, una tras otra, hasta que una parte creciente del ingreso mensual queda comprometida antes de que el dinero llegue al bolsillo. La persona ya no trabaja solamente para vivir, trabaja para pagar lo que consumió cuando el dinero no alcanzaba. Y cuando eso ocurre durante demasiado tiempo, la deuda se convierte en una forma silenciosa de pérdida de libertad.

Por eso, la discusión sobre los casi seis millones de argentinos que están en mora no puede reducirse a una cuestión de bancos, tasas de interés o estadísticas del Banco Central, hablamos de familias, trabajadores, de jóvenes, quienes se endeudaron para atravesar el mes.

Carlyle nos recuerda que las deudas se pagan con trabajo y ahorro. Pero para ahorrar primero hay que poder vivir después de pagar lo indispensable. Y para pagar hace falta trabajo, o un ingreso que tenga la suficiente capacidad adquisitiva. Por eso, detrás de la discusión sobre la morosidad hay una pregunta mucho más profunda que la financiera, ¿Cuánto cuesta hoy vivir dignamente en la Argentina y cuánto necesita ganar una familia para poder hacerlo sin endeudarse?

Mientras esa pregunta no tenga una respuesta satisfactoria, los números de la mora seguirán creciendo, aunque cambien las tasas, los bancos, las billeteras virtuales o las formas de obtener un préstamo. Y allí vuelve, finalmente, Publio Siro, para el hombre honrado, decía, las deudas son una amarga esclavitud, quizás el desafío de nuestro tiempo consista precisamente en evitar que esa esclavitud deje de ser una excepción y termine convirtiéndose en una condición permanente para millones de argentinos.

Una sociedad verdaderamente libre no es solamente aquella en la que existe libertad para pedir prestado, es aquella en la que trabajar alcanza para vivir, ahorrar vuelve a ser posible y endeudarse vuelve a ser una elección y no una necesidad.

Julio César Coronel

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