04 de septiembre, 2026
Actualidad

Javier Alejandro Iñiguez trabaja de manera artesanal el cuero y transforma la materia prima en sandalias, carteras, materas y accesorios. Aprendió principalmente de manera autodidacta y encontró en su taller mucho más que un oficio: un espacio de creación, identidad y paz.

En un mundo que prioriza lo instantáneo, la urgencia, el consumo y la prioridad de que todo sea rentable, hay quienes pelean contra la rapidez y la masividad. Dedican minuciosamente su tiempo y pasión en cortar, doblar, coser para así crear objetos únicos e irrepetibles con sus manos, e ir en sentido contrario.

Es así que, donde no son muchos los artesanos que continúan sosteniendo sus oficios, Javier Alejandro Iñiguez elige seguir creando. Entre cueros, herramientas y retazos, su taller se convierte en algo más que un lugar de trabajo: es el espacio donde todavía puede hacer aquello que lo conecta consigo mismo y con los demás.

El vínculo de Javier con las artesanías comenzó desde niño. De joven trabajó con aluminio y posteriormente se acercó al macramé.  Actualmente se dedica a fabricar calzado artesanal, principalmente sandalias de cuero con base de goma. A partir de los retazos que quedan de su producción también realiza pulseras, aros y otros accesorios. Con el tiempo sumó además carteras, materas y otros objetos, muchas veces a partir de los pedidos y propuestas de quienes conocen su trabajo.

La fabricación de sandalias apareció después, por casualidad, o más bien por necesidad. En un momento decidió hacerse un par de sandalias para él, inspirándose en un modelo que había visto. El resultado fue llamativo para uno de sus amigos, quien le pidió que le hiciera otro par. Ese encargo inicial terminó abriendo una posibilidad que, con el tiempo, se transformó en una actividad redituable.

Su aprendizaje fue principalmente autónomo.

 “En esto soy autodidacta. Con lo que es artesanía siempre fue sentarme e intentarlo. Prueba y error y bueno y va saliendo.”, resume al explicar cómo fue adquiriendo los conocimientos necesarios en una entrevista con LA COLUMNA. Próximamente comenzará a tomar clases con una artesana que le enseñará nuevas técnicas vinculadas a la fabricación de calzado.

Para él, el principal valor de las sandalias está precisamente en las características de su material.“El cuero es el principal protagonista”, sostiene. Destaca que se trata de un material que se adapta y resulta amigable con la piel. El trabajo artesanal, en este caso, se combina con las propiedades naturales del cuero para dar forma a cada pieza.

De igual forma, hay una serie de pasos técnicos que influyen en el resultado y no pueden pasarse por alto. Lijar correctamente la goma donde se realizará el pegado y limpiar el cuero son procesos fundamentales para garantizar que las partes queden correctamente adheridas.

Ser artesano en tiempos difíciles

Sostener un oficio artesanal no resulta sencillo en el contexto económico actual. Para Javier, el problema no pasa solamente por producir, sino también por conseguir que ese trabajo sea valorado.

Si yo me llevo por el tiempo que vivimos, no me es redituable ser artesano”, reconoce.

La situación de los artesanos y trabajadores independientes, sostiene, se siente especialmente cuando cae el consumo. Y en su caso, esa realidad atraviesa incluso las conversaciones cotidianas con sus hijos, que muchas veces le preguntan por qué no busca hacer otra cosa cuando el dinero no alcanza.

La posibilidad de cambiar de oficio aparece entonces como una pregunta recurrente. Sin embargo, abandonar el oficio también significaría dejar de lado aquello que encontró en su taller: un espacio propio, donde puede crear, experimentar y conectarse con su trabajo.

Hay algo que lo lleva a continuar: lo que encuentra cuando entra a su taller. “Me da lo que en ningún otro lado he encontrado: paz”, dice.

Cuestiona la lógica social en la que, para tener un lugar, parece necesario adaptarse constantemente a determinadas formas de hacer, decir y pertenecer. Frente a eso, reivindica su identidad como artesano y el valor de continuar produciendo desde sus propias manos.

De esta manera, resiste a una economía que muchas veces no contempla los tiempos de la producción artesanal, pero también a una lógica que tiende a borrar las identidades particulares en nombre de una forma única de pertenecer.

 

Crear como forma de conectar

Cuando las ventas estuvieron difíciles, incluso en esos momentos hubo personas que se acercaron, observaron sus productos y destacaron algún detalle de lo que hacía. Esos comentarios, aunque puedan parecer pequeños, funcionan para él como un impulso.

“Es como un combustible”, explica. Porque detrás de cada pieza no hay solamente una venta. Está la sensación de que aquello que hizo tiene un sentido y puede formar parte de la vida cotidiana de otra persona.

Una pulsera, una sandalia o cualquier otro objeto realizado a mano representa para Javier una forma de intercambio y de conexión. “Uno siente que sirve para algo”, expresa.

Javier sostiene que todos los artesanos comparten algo: la posibilidad de encontrar en su actividad un espacio propio. Un lugar donde encuentran tranquilidad aun en momentos complejos.

De esta forma, recuerda una conversación con una tejedora santiagueña. Ambos coincidieron en una sensación: cuando entran al taller, algo cambia. Allí se activa “nuestro mundo”, dice. Un mundo en el que son creadores.

Para él, ese acto creativo tiene un valor que trasciende lo económico. “El acto creativo es lo más poderoso que tiene un ser humano”, afirma.

Javier acerca su arte a la gente a través de Manos Ancestras, donde se pueden conocer y adquirir sus creaciones. También se lo puede contactar directamente por WhatsApp al 385 537-3807.

 

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