23 de julio, 2026
Pienso, luego existo

Hay equipos que ganan porque juegan bien. Otros porque tienen figuras extraordinarias.

Y existen unos pocos que consiguen algo todavía más difícil: convencer de que jamás se

entregarán.

La Selección Argentina volvió a demostrar que pertenece a esa categoría. Más allá del

resultado, de los momentos de lucidez o de sufrimiento, los muchachos de la celeste y

blanca dejaron otra vez una lección de coraje, solidaridad y compromiso que trasciende

cualquier marcador.

El fútbol moderno suele medirse en estadísticas: posesión de pelota, kilómetros

recorridos, precisión de pases o remates al arco. Sin embargo, hay aspectos imposibles

de cuantificar.

El corazón, la entrega y la capacidad para levantarse cuando el partido parece escaparse

siguen siendo valores decisivos. Y Argentina volvió a exhibirlos en toda su dimensión.

Durante largos pasajes del encuentro el equipo debió soportar la presión del rival,

resistir momentos incómodos y afrontar situaciones límite. Nadie bajó los brazos. Cada

pelota dividida fue disputada como si fuera la última. Cada esfuerzo defensivo encontró

un compañero dispuesto a cubrir el espacio del otro. Esa comunión explica mucho más

que cualquier esquema táctico.

El gran mérito de este plantel es haber construido una identidad. No depende

exclusivamente de una individualidad, aunque tenga al mejor futbolista de su

generación. Tampoco vive únicamente de su capacidad técnica. La verdadera fortaleza

radica en un grupo que aprendió que el éxito colectivo siempre está por encima de

cualquier protagonismo personal.

Y en medio de esa construcción colectiva volvió a aparecer el pibe; de 39 años. Sí,

porque Lionel Messi conserva esa mezcla de talento, ilusión y rebeldía que caracteriza a

los jóvenes que todavía juegan por el simple placer de hacerlo.

Los años pasaron, las finales quedaron atrás, los títulos ya llenan vitrinas imposibles de

imaginar hace apenas una década, pero él sigue disfrutando cada partido con la misma

pasión de aquel chico que debutó con la camiseta argentina despertando expectativas

gigantescas.

Resulta paradójico hablar de un hombre de 39 años como si fuera un pibe. Sin embargo,

eso es precisamente lo que transmite Messi. Corre, pide la pelota, intenta el pase

imposible, se ofrece permanentemente como opción y, sobre todo, contagia. Ya no

necesita demostrarle nada a nadie.

Lo ganó todo. Fue campeón del mundo, levantó la Copa América, conquistó títulos en

Europa y rompió prácticamente todos los récords imaginables. Sin embargo, mantiene

intacta esa llama competitiva que distingue a los verdaderamente grandes.

Su liderazgo tampoco necesita discursos grandilocuentes. Con un gesto, una mirada o

una carrera para recuperar una pelota logra movilizar a todo el equipo. Los más jóvenes

encuentran en él un ejemplo permanente de profesionalismo, humildad y compromiso.

Los más experimentados entienden que mientras el capitán siga dejando el alma en cada

jugada, nadie tiene derecho a relajarse.

Pero sería injusto reducir todo al talento de Messi. Este seleccionado representa una

obra colectiva. Desde el arquero hasta el último de los suplentes, todos comprenden cuál

es su función y la ejecutan con una disciplina admirable. El sacrificio para recuperar la

pelota, la solidaridad para cubrir espacios y la voluntad para sostener el esfuerzo durante

noventa minutos hablan de un grupo que entendió que las grandes conquistas sólo

llegan cuando desaparecen los egos.

También merece un reconocimiento el cuerpo técnico. Lionel Scaloni consiguió algo

que parecía imposible después de tantos años de frustraciones: devolverle naturalidad a

la Selección. Hoy Argentina juega con personalidad, pero también con serenidad. Sabe

sufrir sin desesperarse. Sabe atacar sin perder el equilibrio. Y, fundamentalmente, sabe

competir.

Ese quizás sea el mayor legado de este ciclo. La Selección ya no depende de milagros ni

de actuaciones individuales extraordinarias para mantenerse en la pelea. Tiene una

estructura sólida, un funcionamiento reconocible y una mentalidad ganadora que se

consolidó con el paso del tiempo.

El tiempo inevitablemente renovará nombres. Messi no jugará para siempre y llegará el

día en que deba despedirse de la camiseta argentina.

Mientras tanto, el pibe; de 39 sigue iluminando las canchas y sus compañeros

continúan respondiendo con el mismo espíritu que convirtió a esta Selección en una

referencia mundial. Corazón para luchar, inteligencia para jugar y una convicción

inquebrantable para creer hasta el final. Esa combinación explica por qué Argentina

sigue siendo mucho más que un equipo de fútbol: representa una manera de competir y

una forma de entender el deporte que emociona a todo un país.

Compartir: