Hay equipos que ganan porque juegan bien. Otros porque tienen figuras extraordinarias.
Y existen unos pocos que consiguen algo todavía más difícil: convencer de que jamás se
entregarán.
La Selección Argentina volvió a demostrar que pertenece a esa categoría. Más allá del
resultado, de los momentos de lucidez o de sufrimiento, los muchachos de la celeste y
blanca dejaron otra vez una lección de coraje, solidaridad y compromiso que trasciende
cualquier marcador.
El fútbol moderno suele medirse en estadísticas: posesión de pelota, kilómetros
recorridos, precisión de pases o remates al arco. Sin embargo, hay aspectos imposibles
de cuantificar.
El corazón, la entrega y la capacidad para levantarse cuando el partido parece escaparse
siguen siendo valores decisivos. Y Argentina volvió a exhibirlos en toda su dimensión.
Durante largos pasajes del encuentro el equipo debió soportar la presión del rival,
resistir momentos incómodos y afrontar situaciones límite. Nadie bajó los brazos. Cada
pelota dividida fue disputada como si fuera la última. Cada esfuerzo defensivo encontró
un compañero dispuesto a cubrir el espacio del otro. Esa comunión explica mucho más
que cualquier esquema táctico.
El gran mérito de este plantel es haber construido una identidad. No depende
exclusivamente de una individualidad, aunque tenga al mejor futbolista de su
generación. Tampoco vive únicamente de su capacidad técnica. La verdadera fortaleza
radica en un grupo que aprendió que el éxito colectivo siempre está por encima de
cualquier protagonismo personal.
Y en medio de esa construcción colectiva volvió a aparecer el pibe; de 39 años. Sí,
porque Lionel Messi conserva esa mezcla de talento, ilusión y rebeldía que caracteriza a
los jóvenes que todavía juegan por el simple placer de hacerlo.
Los años pasaron, las finales quedaron atrás, los títulos ya llenan vitrinas imposibles de
imaginar hace apenas una década, pero él sigue disfrutando cada partido con la misma
pasión de aquel chico que debutó con la camiseta argentina despertando expectativas
gigantescas.
Resulta paradójico hablar de un hombre de 39 años como si fuera un pibe. Sin embargo,
eso es precisamente lo que transmite Messi. Corre, pide la pelota, intenta el pase
imposible, se ofrece permanentemente como opción y, sobre todo, contagia. Ya no
necesita demostrarle nada a nadie.
Lo ganó todo. Fue campeón del mundo, levantó la Copa América, conquistó títulos en
Europa y rompió prácticamente todos los récords imaginables. Sin embargo, mantiene
intacta esa llama competitiva que distingue a los verdaderamente grandes.
Su liderazgo tampoco necesita discursos grandilocuentes. Con un gesto, una mirada o
una carrera para recuperar una pelota logra movilizar a todo el equipo. Los más jóvenes
encuentran en él un ejemplo permanente de profesionalismo, humildad y compromiso.
Los más experimentados entienden que mientras el capitán siga dejando el alma en cada
jugada, nadie tiene derecho a relajarse.
Pero sería injusto reducir todo al talento de Messi. Este seleccionado representa una
obra colectiva. Desde el arquero hasta el último de los suplentes, todos comprenden cuál
es su función y la ejecutan con una disciplina admirable. El sacrificio para recuperar la
pelota, la solidaridad para cubrir espacios y la voluntad para sostener el esfuerzo durante
noventa minutos hablan de un grupo que entendió que las grandes conquistas sólo
llegan cuando desaparecen los egos.
También merece un reconocimiento el cuerpo técnico. Lionel Scaloni consiguió algo
que parecía imposible después de tantos años de frustraciones: devolverle naturalidad a
la Selección. Hoy Argentina juega con personalidad, pero también con serenidad. Sabe
sufrir sin desesperarse. Sabe atacar sin perder el equilibrio. Y, fundamentalmente, sabe
competir.
Ese quizás sea el mayor legado de este ciclo. La Selección ya no depende de milagros ni
de actuaciones individuales extraordinarias para mantenerse en la pelea. Tiene una
estructura sólida, un funcionamiento reconocible y una mentalidad ganadora que se
consolidó con el paso del tiempo.
El tiempo inevitablemente renovará nombres. Messi no jugará para siempre y llegará el
día en que deba despedirse de la camiseta argentina.
Mientras tanto, el pibe; de 39 sigue iluminando las canchas y sus compañeros
continúan respondiendo con el mismo espíritu que convirtió a esta Selección en una
referencia mundial. Corazón para luchar, inteligencia para jugar y una convicción
inquebrantable para creer hasta el final. Esa combinación explica por qué Argentina
sigue siendo mucho más que un equipo de fútbol: representa una manera de competir y
una forma de entender el deporte que emociona a todo un país.