Hay una escena que seguramente te pasó alguna vez: estás hablando con un amigo sobre comprar una bicicleta nueva, o comentás que te gustaría aprender a cocinar comida japonesa, y a los pocos minutos tu teléfono empieza a mostrarte anuncios exactamente de eso. Uno podría jurar que hay un duende escondido dentro del aparato, escuchándolo todo. Y aunque la explicación real es un poco menos mágica, no deja de ser inquietante. Lo cierto es que tu teléfono sabe muchísimo más de vos de lo que imaginás. Sabe dónde estuviste hoy, a qué hora te despertaste, qué música escuchaste, qué persona te escribió, cuántos pasos diste, si estás atravesando un buen día o uno pésimo. A veces, sabe incluso cosas que vos ni registraste conscientemente. Y no es porque seas una figura pública o alguien especial para los ciberdelincuentes: es porque todos cargamos un pequeño espía que llevamos voluntariamente en el bolsillo.
La discusión sobre la privacidad digital suele parecer lejano, algo reservado para expertos, hackers de película o personas que trabajan en empresas de tecnología. Pero en realidad nos atraviesa a todos, incluso a quienes jamás entraron a la configuración de su dispositivo. Porque la privacidad digital no es solo un asunto técnico: es, cada vez más, un tema de vida cotidiana. Es la diferencia entre sentir que manejás tu propio mundo o que otros lo manejan por vos. Entre que tu información te sirva a vos… o sirva para que otros ganen plata o incluso te hagan daño.
En un momento, renunciar completamente al teléfono parecía una salida, un acto de rebeldía saludable. Pero a esta altura nadie puede hacerlo realmente. Tu DNI digital, tus documentos, tus cuentas bancarias, tu trabajo, tus clases, tus fotos, tus amistades… todo vive dentro de ese rectángulo brillante. Desconectarse por completo sería casi como desaparecer del mapa. La pregunta correcta no es “¿cómo dejo de usar mi teléfono?”, sino “¿cómo hago para que no use mi vida como si fuera un libro abierto?”
Y ahí entra en juego algo que pocas veces pensamos, no es necesario ser paranoico ni vivir con miedo para cuidarse un poco. La privacidad no es un capricho; es un derecho básico. Y en tiempos donde los ciberdelincuentes cazan datos como si fueran diamantes, entender mínimamente cómo funciona lo que tenés en la mano puede salvarte de sustos grandes. A veces, ni siquiera hace falta que alguien te hackee, muchas de las aplicaciones que usás todos los días ya recopilan tanta información que un atacante solo necesita un descuido mínimo para obtener algo sensible. De hecho, cuando ocurre una filtración masiva, y ocurre más seguido de lo que imaginamos, la información más valiosa no es tu foto de perfil, sino esos pedacitos dispersos de tu vida digital que dicen quién sos.
Si te tomás un segundo para pensarlo, vas a ver que tu teléfono es, en esencia, un diario íntimo moderno. Pero a diferencia del de antes, este diario no está guardado en un cajón ni cerrado con llave. Está conectado a miles de servidores, a redes sociales, a cuentas, a chats, a sensores. Está abierto, permanentemente. Esa apertura es lo que te permite hacer videollamadas, subir historias, pagar el supermercado con un código QR o pedir un taxi en minutos. Pero también es la puerta por la que entra cualquier persona con malas intenciones si justo la encontrás mal cerrada.
¿Y cómo se llega a ese punto? No hace falta hacer nada extraordinario. Ni siquiera hace falta ser descuidado. Basta con instalar una aplicación que pide permisos de más, aceptar un “sí, acepto” sin leerlo, conectarse a una red Wi-Fi pública, usar la misma contraseña en varios lugares, o simplemente dejar tu teléfono desbloqueado por unos segundos en una mesa. Cada pequeño gesto abre una ventana distinta. Y aunque parezca exageración, la mayoría de las estafas actuales se basan en detalles mínimos. Un delincuente no necesita invadir tu teléfono con un virus sofisticado; le basta con que le des sin querer una migaja de información. Con esa migaja, en el mundo digital, se construyen montañas.
Pero hay otro lado en la historia, uno del que se habla poco porque nos incomoda. A veces, el problema no son los delincuentes, sino las propias aplicaciones que más usamos. Redes sociales, servicios de mensajería, plataformas de video: todas viven de conocer cada detalle posible sobre vos. Cuanto más saben, más pueden mostrarte contenido que te enganche, más tiempo pasás mirándolo y más anuncios pueden vender. No es personal: es un negocio. Y para ese negocio, tu vida cotidiana es materia prima. Los lugares que visitás, los horarios en los que te conectás, las personas con las que chateás, los productos que buscás, los que compraste y los que dudaste en comprar. Todo eso se convierte en un perfil digital extremadamente detallado.
Ese perfil no se usa solo para mostrarte publicidad. A veces, se cruza con información de otras plataformas, o se vende a empresas de análisis que arman listas interminables: “personas que quieren cambiar de auto”, “madres primerizas”, “personas que viajaron al exterior este año”, “gente interesada en dietas”, “personas que suelen acostarse tarde”. ¿Suena invasivo? Lo es. Pero es la regla del juego moderno. Y si bien la mayoría de las empresas no está interesada en arruinarte la vida, sí están interesadas en saber absolutamente todo de vos para sus modelos de negocio. Eso, de por sí, ya es suficiente motivo para querer recuperar un poquito de control.
Ahí aparece la ciberseguridad como algo menos intimidante y más humano: una serie de hábitos simples que te permiten equilibrar la balanza. No hace falta desconectarse del mundo, ni vivir con la cámara tapada ni entrar en pánico cada vez que aparece una notificación. Se trata simplemente de entender que la información que genera tu teléfono es valiosa, y que vos tenés derecho a decidir qué compartís y qué no.

PRIVACIDAD
Uno de los primeros pasos para recuperar cierta privacidad es mirar tus aplicaciones con ojos nuevos. Todas, absolutamente todas, te piden permisos. Algunas lo necesitan, otras… no tanto. Una linterna que quiere acceder a tu ubicación, un juego que pide entrar a tus contactos, una app de filtros que quiere usar tu micrófono. Cada permiso es una rendija que abre una parte distinta de tu vida. Revisarlos no es ser desconfiado: es ser consciente. Muchas veces, al negar un permiso innecesario, no cambia nada en el funcionamiento. Pero sí cambia cuánto puede aprender esa app de vos.
Otro hábito sano es cerrar la puerta digital que más personas dejan abierta: las redes Wi-Fi públicas. Son trampas fáciles, no porque estén pensadas para engañarte, sino porque cualquiera puede conectarse. Y si cualquiera puede conectarse, cualquiera puede espiar lo que hacés, especialmente si la red está mal configurada.
Los ciberdelincuentes no suelen gastar energía rompiendo sistemas difíciles; van directo a donde es más fácil. Una red abierta en un café, una plaza o un aeropuerto es perfecta para eso. Son lugares donde nadie sospecha nada. Pero basta con usar tus datos móviles, o tener una VPN confiable, para que ese riesgo desaparezca casi por completo.
También es clave entender que tu contraseña es, probablemente, la llave más importante de tu vida digital. Mucha gente usa la misma para todo, y eso es como usar una sola llave para la casa, el auto, la oficina y la caja fuerte. Si alguien la copia, tiene acceso a todo. Y lo peor es que muchas filtraciones de contraseñas ni siquiera ocurren en tu teléfono; pasan en servicios externos. Un día aparece en internet una lista gigante con millones de claves robadas, y quizás la tuya está ahí sin que vos te enteres. Ese es el motivo por el cual cambiar tus contraseñas cada tanto, y no repetirlas, es más importante que cualquier antivirus.
Pero todavía hay un detalle crucial que cambia por completo el juego: la verificación en dos pasos. Puede sonar aburrido, pero es la barrera que frustra al 95% de los ataques cotidianos. Aunque alguien robe tu contraseña, si no tiene tu segundo código, está afuera. Y como ese código cambia todo el tiempo, es casi imposible adivinarlo. Es como ponerle un candado extra a tu diario íntimo: te retrasa unos segundos cuando entrás, sí, pero te ahorra dolores de cabeza que pueden durar años.
Ahora bien, incluso con todos esos cuidados, hay algo que no se puede evitar del todo: tu teléfono sigue recopilando datos constantemente. Lo hace para funcionar mejor, para darte servicios más rápidos, para ayudarte a encontrar lo que buscás sin que lo pidas. Y en un punto, nos acostumbramos tanto que ni lo notamos. Pero existe una línea que debe mantenerse clara: que tu dispositivo aprenda de vos puede ser útil; que te transforme en un producto sin que lo sepas, no. Por eso vale la pena revisar cada tanto las configuraciones de privacidad. Muchas veces, un simple botón puede limitar cuánto registra tu teléfono sobre tus hábitos o cuántas apps tienen acceso a tu ubicación.
Es cierto que para mucha gente estas cosas parecen secundarias. Después de todo, ¿qué importa si una empresa sabe que te gustan las pastas o que vivís cerca de una panadería? Pero no se trata solo de eso. Cuando tu información se acumula, puede dibujar una versión completa de tu vida, tus gustos, tus rutinas, tus miedos y tus costumbres. Y si esa información cae en manos equivocadas, deja de ser un perfil inofensivo y pasa a ser un arma. Los ciberdelincuentes usan esa información para engañarte con mensajes muy convincentes, para hacerse pasar por una persona que conocés, o para crear cuentas falsas idénticas a las tuyas. Todo empieza con pequeños datos aislados y termina con alguien que podría imitarte casi perfecto.
PRIVACIDAD II
La privacidad no es un lujo, es un escudo. Y como todo escudo, no funciona solo. Hace falta usarlo. Hace falta hacer pequeños cambios que, en conjunto, te protegen de un montón de problemas. Mirá tu teléfono como lo que realmente es: una de las herramientas más poderosas que existieron jamás, pero también una de las más voraces en información. Y en un mundo donde la información vale más que el oro, cuidarla es cuidarte.
No se trata de ver amenazas en cada esquina ni de vivir en alerta permanente. Se trata de recuperar un poco de control. De entender que podés disfrutar de todas las comodidades del mundo moderno sin entregar cada rincón de tu vida. No tenés que apagar el teléfono ni convertirte en experto. Solo hace falta mirar con un poco más de atención, preguntar “¿por qué necesita este permiso?”, desconfiar del Wi-Fi gratis, usar contraseñas decentes y activar ese candado extra que es la autenticación en dos pasos.
Tu teléfono sabe mucho de vos, sí. Pero eso no significa que deba saberlo todo, ni compartirlo con cualquiera. En una época donde lo digital se mezcla con lo íntimo, la verdadera libertad no está en desconectarse, sino en elegir cómo estar conectado. Porque al final, la privacidad no es silencio: es poder decidir quién escucha y quién no.
Por Maximiliano Ripani. Experto en ciberseguridad de ZMA IT Solutions (www.zma.la)