06 de agosto, 2026
Actualidad

Mientras el Gobierno Nacional busca atraer inversiones para posicionar al país como un concentrador global de IA, especialistas advierten sobre el enorme consumo de agua y energía que demandan los centros de datos que hacen posible esta tecnología.

La inteligencia artificial dejó de ser una herramienta del futuro para convertirse en uno de los principales motores de la economía global. Gobiernos y empresas compiten por atraer inversiones, desarrollar infraestructura y posicionarse en un mercado que promete transformar desde la industria hasta la educación y la salud.

De esta manera, Argentina busca ocupar un lugar estratégico. El presidente Javier Milei presentó un plan para convertir al país en un polo internacional de inteligencia artificial mediante un esquema de desregulación, incentivos fiscales y un marco jurídico pensado para atraer a las grandes compañías tecnológicas. La propuesta apunta a que el país se transforme en un centro de innovación y desarrollo para las empresas del sector, siguiendo el modelo de otros hubs tecnológicos del mundo.

Sin embargo, mientras crecen las expectativas por el potencial económico de esta industria, también aumenta la preocupación por el costo ambiental que implica sostenerla.

Cada consulta realizada a un chatbot, cada imagen generada y cada modelo entrenado requieren enormes centros de datos equipados con miles de servidores funcionando las 24 horas.

Esas instalaciones consumen grandes cantidades de electricidad para procesar información, pero también millones de litros de agua destinados a refrigerar los equipos y evitar el sobrecalentamiento. Según diversos estudios, el crecimiento acelerado de la inteligencia artificial está provocando un incremento sin precedentes en la demanda de recursos energéticos e hídricos.

Se advierte que, para 2025, el funcionamiento de los sistemas de IA podría generar emisiones de dióxido de carbono y consumir un volumen de agua comparable al utilizado por una ciudad del tamaño de Nueva York.

 

Centros de datos: el corazón de la IA

El desarrollo de la inteligencia artificial representa una oportunidad para diversificar la economía, generar empleo calificado e impulsar nuevas industrias. Pero también abre un debate que recién comienza: cómo equilibrar el crecimiento tecnológico con la protección del ambiente.

Mientras algunos países ya avanzan en normas para medir la huella de carbono, el consumo energético y el uso de agua de los sistemas de IA, la discusión en Argentina todavía se concentra principalmente en las oportunidades económicas que ofrece esta tecnología.

Detrás de aplicaciones como ChatGPT, Gemini o Copilot existe una infraestructura física de enorme escala. Los llamados centros de datos concentran miles de procesadores de alto rendimiento que trabajan de manera permanente. Para mantenerlos operativos necesitan un suministro constante de electricidad y sistemas de refrigeración que, en muchos casos, utilizan agua dulce.

A medida que aumenta la demanda de inteligencia artificial también crece la necesidad de construir nuevos centros de datos, lo que plantea interrogantes sobre la disponibilidad de recursos naturales, especialmente en regiones donde el agua ya es un bien escaso.

Entre los argumentos oficiales aparecen la disponibilidad de recursos energéticos, el desarrollo del sector nuclear, el potencial de energías renovables y la posibilidad de ofrecer un marco regulatorio más flexible que el de otros países.

Sin embargo, el desafío no es únicamente atraer inversiones, sino garantizar que ese crecimiento sea compatible con una gestión sostenible de los recursos naturales.

 

 

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