El 3 de agosto de 1767 quedó grabado como una de las fechas más trascendentes de la historia colonial del Río de la Plata. El rey Carlos III expulsó a la Compañía de Jesús de los dominios españoles en América. Aquella decisión, concebida como una medida destinada a fortalecer la autoridad de la Corona, terminó produciendo uno de los mayores vacíos culturales, educativos y evangelizadores que conoció esta región.
Los jesuitas fueron acusados de acumular demasiado poder y de alentar la resistencia de los pueblos originarios frente a determinadas disposiciones de la administración colonial, especialmente luego del Tratado de Madrid y del conflicto suscitado por el traslado de las reducciones guaraníes.
La monarquía entendió que la Compañía constituía un obstáculo para la consolidación de su autoridad y decidió eliminar esa influencia de un solo golpe.
Pero la historia rara vez responde a los cálculos del poder. Cuando los jesuitas abandonaron estas tierras dejaron mucho más que iglesias y conventos. Dejaron colegios, bibliotecas, métodos de enseñanza, conocimientos científicos, experiencias agrícolas, talleres de oficios, observatorios, imprentas y una concepción profundamente innovadora para la época sobre la educación y la organización comunitaria.
Las reducciones jesuíticas constituyeron una experiencia singular en América, donde evangelización, trabajo, producción, música, arte y educación convivieron en un modelo que aún hoy continúa despertando el interés de historiadores de todo el mundo.
En el actual territorio argentino, la huella jesuítica permanece viva, la Manzana Jesuítica de Córdoba, las estancias que dieron origen a buena parte del desarrollo económico de la región, los antiguos colegios que luego serían pilares de la educación nacional y el extraordinario legado arquitectónico, cultural y religioso constituyen apenas una parte de una obra que sobrevivió a la expulsión y al paso de los siglos.
Paradójicamente, la decisión que pretendía borrar la influencia de la Compañía terminó demostrando sus propios límites. Los jesuitas se fueron, pero sus ideas, sus instituciones y su contribución a la formación de la sociedad rioplatense permanecieron.
A veces los gobiernos logran expulsar a las personas, pero nunca consiguen desterrar completamente las ideas que esas personas sembraron. Quizá el mayor giro de la historia haya llegado más de doscientos cincuenta años después.
Difícilmente Carlos III hubiera imaginado que de aquellas tierras de las que expulsó a los hijos de San Ignacio surgiría, con el paso del tiempo, un jesuita llamado Jorge Mario, nacido en Buenos Aires, aquel pueblo que fuera antigua capital del Virreinato, que sería elegido como el primer Papa jesuita, el primer pontífice latinoamericano y el primero proveniente del hemisferio sur.

Lo que en 1767 fue considerado un problema para la Corona terminó convirtiéndose, para la Iglesia universal, en un acontecimiento histórico sin precedentes.
No deja de ser una ironía de la historia, la monarquía española creyó que alejando a los jesuitas fortalecería definitivamente su autoridad en América, dos siglos y medio después, uno de esos jesuitas, formado en la tradición que la Corona había intentado erradicar de estas tierras, llegó a ocupar la Cátedra de Pedro y a conducir a más de mil millones de católicos en todo el mundo.
Los grandes procesos históricos suelen ofrecer estas paradojas, las decisiones políticas responden a las urgencias de una época; la historia, en cambio, suele escribir sus conclusiones con la paciencia de los siglos.