28 de mayo, 2026
Nota de Portada

A 21 años de su muerte, la figura de Koli Arce continúa más viva que nunca en la memoria popular. Ídolo indiscutido de la música tropical, dueño de una voz inconfundible y de una humildad que jamás abandonó. Sigue vivo en el cariño de su pueblo, que nunca dejó de sentirlo suyo. Porque hay artistas que triunfan, pero muy pocos logran quedarse para siempre en el corazón de la gente.

Por las tardes, cuando el calor santiagueño aflojaba un poco, era común verlo aparecer montado en alguno de sus caballos por las calles de su barrio, Villa Mercedes. Los changuitos lo seguían riéndose, le gritaban cosas, le pedían saludos, autógrafos o simplemente querían acompañarlo unas cuadras. Él se detenía, conversaba, hacía bromas, se dejaba querer. Después seguía viaje.

Ya había llenado el Luna Park. Ya había vendido miles y miles de discos. Ya había cantado en televisión nacional. Ya era el rey de la música tropical santiagueña. Pero seguía siendo el mismo hombre del barrio. Quizá por eso la gente nunca dejó de sentirlo propio.

Pasaron 21 años desde aquella triste noche del 29 de mayo de 2005 en la que la noticia de su muerte sacudió a toda la provincia, pero basta que suene su música para comprobar que el ídolo popular nunca se fue del todo.

Hay voces que el tiempo no consigue apagar. Voces que sobreviven a las modas, a las generaciones y hasta a la ausencia física. En Santiago del Estero, una de esas voces tiene nombre propio: Koli Arce.

Es que no fue solo un cantante exitoso. Fue un fenómeno cultural. Un artista que supo interpretar el sentimiento del pueblo humilde, de los trabajadores, de los enamorados, de quienes encontraban en una canción un refugio para las penas y una excusa para celebrar la vida. Porque hay artistas famosos, artistas exitosos y artistas populares. Pero muy pocos logran algo más difícil: convertirse en parte de la vida cotidiana de un pueblo. Koli lo consiguió sin proponérselo. Sin marketing. Sin escándalos. Sin artificios. Apenas siendo él mismo.

Aún hoy, su música continúa sonando con la misma fuerza de siempre. Y cuando alguien entona los primeros acordes de “Doble Vida” o “Punto Final”, inmediatamente aparece el recuerdo colectivo de un hombre sencillo, carismático y profundamente querido.

EL CHICO DE LOS OJOS INQUIETOS

Mario Cecilio Arce nació el 19 de enero de 1951, en el corazón de Villa Mercedes, frente a la laguna de la calle Gaucho Rivero y 12 de Octubre, en el mismo lugar donde hoy se ubica el Obrador Municipal. Fue el tercero de los hijos de Manuel Ascensio Arce y Dominga Carabajal. Sus hermanos mayores, Mario Ángel y María Nélida habían nacido a pocas cuadras de allí, en Colón y Rodríguez. Luego llegaría Domingo, el menor de la familia.

La familia lo llamaba “Colita”, porque de chico vivía pegado a su madre. Con el tiempo, el apodo quedó reducido para siempre a “Koli”.

Desde changuito tuvo algo distinto. Una chispa. “Siempre fue el más inquieto de los cuatro hermanos, el más gracioso”, recuerda la memoria familiar. De esos enormes ojos negros parecía brotar una energía permanente que lo acompañaría toda la vida.

Cantaba arriba de las tapias por monedas que luego cambiaba por caramelos. Participaba en todos los actos escolares. Los parques de diversiones de barrio lo incluían como uno de sus pequeños artistas. Y cuando ganó un concurso de nuevas voces organizado por LV11, algo empezó a marcarse definitivamente en su destino.

Luego, se juntó con muchachos de la zona y comenzó a hacer folklore, hasta que el músico Rafa Ledesma, que vivía a pocas cuadras de su casa lo convocó para ser la voz de su nuevo conjunto, “Los Pescadores de Colombia”. Desde ese momento, Koli jamás dejó de cantar.

Siendo casi un adolescente, a los 16 años, se casó con Blanca, una jovencita de su barrio. Ambos tenían tan pocos años, que el matrimonio duró un suspiro. Pero de ese amor nació Mario, el mayor de sus hijos, a quien todos conocen simplemente como “Toni” o “Bocha”, quien siempre vivió con él, en el hogar familiar.

PENAS Y ALEGRIAS

Luego de 6 años junto a “Los pescadores de Colombia”, nació el “Quinteto Impe­rial”. En 1973, grabaron su primer Long Play, que llevaba el nombre del grupo, aunque salió al mercado el 1 de julio de 1974. “En ese tiempo, grabar era muy difícil. Tenías que ser un conjunto que ande muy bien para ser convocado a una grabación. En esa época, nosotros no pagábamos nada. Ellos nos pagaban la estadía, los viajes y todos los gastos que podíamos tener al ir a Buenos Aires a grabar», le dijo Koli a LA COLUMNA en alguna de las tantas entrevistas en las que fue su protagonista.

En 1973 nació Manuel (Manolo), su segundo hijo. Pero las vueltas de la vida quisieron que, legalmente, fuese inscripto como su hermano menor. Koli continuaba viviendo en la casa de sus padres, con sus dos hijos, al cuidado de doña Dominga. Pero en ese hogar ya no brillaba la misma alegría, María Nélida, “la Nelly”, había fallecido imprevistamente el 6 de septiembre de 1970. Fue el dolor más grande de la familia, el que marcó para siempre la vida de cada uno de sus integrantes.

Aún así, remando con el recuerdo permanente de su hermana, Koli siguió andando su camino en el mundo de la música.

 

EN EL LUNA PARK

La carrera de Koli y su quinteto sufrió fluctuaciones, altibajos, pero nunca dejó de estar en escena. Su campo de trabajo no era precisamente Santiago del Estero, sino que era un permanente ir y venir de Buenos Aires, Tucumán, Salta y Catamarca y los países limítrofes. Aun así, siempre vivió en su casa natal.

Su carrera iba afianzándose cada día más. Llegó a ser invitado a los programas de Mirtha Legrand y de Susana Giménez, aunque en su tierra era un cantor más.

El estilo propio de Koli -lo definía como una mezcla de chamamé con cumbia- le abrió las puertas del escenario más importante de Argentina: el Luna Park, que logró llenar durante dos noches seguidas y en el que le entregaron 3 nuevos discos de platino y dos de oro, que se venían a sumar a todos los otros que, hoy, están atesorados en su hogar.

Hizo más de 20.000 presentaciones en vivo, sólo en Capital Federal y Buenos Aires. El resto, se perdió en la memoria. “Nosotros competimos porque salimos a tocar arriba del escenario, a transpirar la camiseta. En algunas oportunidades, escuchamos críticas de otros conjuntos sobre por qué nuestro sonido sale bien clarito, casi perfecto, como el disco, y utilizando el mismo sonido. Pero lo nuestro es real. Cantamos en vivo. No hacemos ‘play back’, o sólo para la televisión, pero por una cuestión de sonido, nada más que por eso”, supo contar Koli.

PENAS Y ALEGRÍAS

Un 24 de junio de 1990, Koli sufrió el segundo impacto más fuerte de su vida. La vida de su padre, de don Maño, aquel policía retirado, se apagó luego de una larguísima enfermedad. Sin embargo, su dolor fue atenuado cuando encontró a su verdadero amor.

 

 

 

 

 

En Marcela Santillán encontró a la mujer con la que supo compar­tir cada minuto de su existencia, a su compañera, a su amiga, su sostén, su refugio, quien estuvo a su lado hasta su último suspiro. Ella le dio a sus cuatro hijos menores: María Cecilia, María Belén, Mario Cecilio y María Nélida.

Con ellos armó su propio hogar, pero solo a unos metros del hogar de su mamá. Junto a sus hermanos, se encargaron de cuidarla y acompañarla.

Mientras tanto, su carrera musical seguía en ascenso, con más de 400 temas de su autoría, y regalías cobradas en Holanda, México y Colombia. Incluso, hubo una época en la que estuvo ocupando, durante 3 meses, el primer puesto en el ránking colombiano, en la misma cuna del folklore tropical.

Aun con el trajín de la música, Koli seguía teniendo gestos simples. Llevaba a sus hijos a la escuela. Hacía bromas permanentemente. Era feliz en esas pequeñas cosas.

LA TELEVISIÓN

Los años pasaron y, después de tantos triunfos fuera de su tierra, Koli por fin se hizo profeta en su tierra. “Doble vida”, se convirtió en un verdadero hit, comenzó a escucharse en todas las radios locales. No había una que no lo difundiera por lo menos un par de veces al día.

Comenzó a desechar oportunidades de trabajo en otras provincias para quedarse más tiempo en Santiago. Aun así, siempre tenía lugar en su agenda para recorrer el país.

A la vez, su imagen comenzó a aparecer en distintos programas televisivos, sobre todo “Pasión de sábado” y otros a lo largo del país.

En medio de todos esos jovencitos, vestidos estrafalariamente, de cabellos largos, aritos y sin parar de saltar, Koli aparecía con su música y arrancaba más aplausos que todos los otros. Apenas si se mueve en el escenario, pero su alegría, su chispa, su voz, sus canciones, lograban que nadie estuviera quieto. Desde Santiago, más de un crítico seguía sin entender cómo podía Koli estar allí y despertar tantas pasiones.

La explicación era sencilla. Todo estaba en el “gancho”, en esas canciones, humildes, y fáciles para que la gente las pueda cantar una y otra vez. “Siempre me ha gustado cantar a la mujer. Hacer canciones con nombres de mujeres me ha dado muy buenos resultados. Cantarle a la madre, cantarle al amor, al barrio”, afirmaba.

 

EL HOMBRE DETRÁS DEL ÍDOLO

La verdadera dimensión de Koli aparecía cuando se apagaban las luces.

Ahí estaba el hijo que jamás abandonó a su madre. El hermano golpeado para siempre por la muerte de su hermana. El padre orgulloso. El amigo leal. El hombre que prefería seguir viviendo en la casa de siempre antes que mudarse buscando comodidad o status.

“Cuando él tenía, daba, daba”, resumió alguna vez su hermano menor. Y acaso esa frase explique mejor que cualquier otra quién era, pues Koli jamás construyó una vida de lujo. A pesar de haber vendido discos de oro y platino, de haber recorrido el país durante décadas y de haber sido uno de los músicos tropicales más convocantes de la Argentina, nunca se convirtió en un hombre de fortuna.

Vivía como había vivido siempre. Con sus perros. Con sus caballos. Con su gente.
Con el mate cocido de la mañana después de regresar de un baile a las ocho y media. Había algo profundamente noble en esa forma de permanecer intacto.

 

CARLITOS, UN AMIGO

Esas canciones consiguieron que otro ídolo lo admirara. El exfutbolista Carlitos Tévez era su seguidor en cuanta bailanta se presentara el cantante. No podía creer el día en que se estrecharon las manos.

Juntos comenzaron una amistad verdadera. Será porque ambos venían de abajo, porque ambos eran barrio puro, porque los códigos de la humildad les eran comunes. Como sea, la amistad era un lazo fuerte entre ellos. A punto tal, que Koli lo invitó a conocer Santiago, Carlitos no dudó ni un momento y aceptó. Cuando hizo un alto en su abultada agenda deportiva, vino a visitar a su amigo.

Su llegada fue una verdadera revolución para Santiago. Juntos participaron de un show en beneficio a los chicos del viejo Hospital de Niños “Eva Perón”, en el mismísimo teatro 25 de Mayo. Carlitos se dio el gusto de cantar “Doble vida” junto a su ídolo, y cuando visitó a los pequeños internados, se dio cuenta de lo valiosa que había sido su visita.

Koli le compuso una canción. Y Carlitos tomó como cábala escuchar uno de sus temas antes de cada partido.

 

PARA LA GENTE QUE TRABAJA

Mientras otros artistas utilizaban play back, coreografías exageradas y puestas artificiales, Koli seguía defendiendo la música en vivo casi como una cuestión de honor.

“No, no. No me gustaría, nunca lo hubiese hecho”, respondió cuando le preguntaste si usaba play back.

Y después agregó algo que hoy suena todavía más enorme: “Toda la gente que me va a ver trabaja de lunes a sábado por la tarde para conseguirse la platita, para poder ir. Entonces sería una falta de respeto total”. Esa frase explica perfectamente quién era.

Koli jamás miró al público desde arriba. Nunca se sintió superior a nadie. Quizá porque él mismo seguía sintiéndose parte de esa gente que hacía sacrificios para pagar una entrada.

Por eso el público lo amaba de una manera distinta.

CANTOR DE BARRIO

Muchas veces le ofrecieron instalarse en Buenos Aires. Le hubiera resultado más fácil para su carrera musical. Más cómodo. Más rentable.

Nunca quiso. Prefería quedarse en Santiago. Cerca de su madre, de sus hijos, de sus hermanos, de sus amigos y de sus caballos. “Mi vida es normal. Salgo a pasear, ando en caballo por todos lados”, decía. Y era verdad.

Todavía después de llenar bailantas porteñas o regresar de Bolivia, Bariloche o Río Gallegos, volvía a Villa Mercedes y retomaba la rutina sencilla del barrio. Ahí estaba el verdadero Koli. No en los escenarios gigantescos, sino en esas escenas mínimas y domésticas.

El hombre que llevaba a sus hijos a la escuela. El que hacía bromas todo el tiempo. El que ayudaba a quien podía. El que daba, daba y daba, como recuerdan sus hermanos.

 

DE LA BAILANTA AL TEATRO

El Teatro 25 de Mayo volvió a abrirle sus puertas, a principios de 2024. Fue su noche mágica, donde el pueblo santiagueño le rindió tributo y coreó sus canciones, mientras disfrutaban de un cortometraje que resumía toda su carrera artística.

Koli no se quedaba quieto. Estaba pensando grabar junto a su amigo Marcelo Véliz, ex integrante del Quinteto, un nuevo disco. Además, con los muchachos del grupo había comenzado a preparar un tema, del que le faltaban algunos ajustes y el retoque final. Como si fuera un presagio de lo que sucedería, el tema se llamaba “El último adiós”, que quedó inconcluso. Su amigo Humberto “Puma” Coronel, integrante del Quinteto Imperial, afirma que había algo mágico en esa canción, que sólo él conocía.

 

LA MÚSICA COMO FORMA DE VIDA

Koli no sabía vivir lejos de la música. “Vivo de esto. Otra cosa no sé hacer”, confesó en su última entrevista a LA COLUMNA.

Y cuando se le preguntó qué haría el día que no pueda seguir cantando, dejó una frase que hoy parece estremecedora: “Me muero. Y si volviera a vivir, elegiría otra vez esto. Todo lo que soy es por la música”.

Casi un presagio.

Porque efectivamente murió dejando la vida en los escenarios. La diabetes venía deteriorando lentamente su salud, aunque él intentaba restarle importancia. El ritmo de trabajo era agotador: viajes interminables, noches sin dormir, actuaciones continuas. Y aun así jamás quiso cancelar compromisos.

“Él decía que su responsabilidad era cumplir”, recordaría después su familia.

Incluso enfermo siguió cantando. Hasta que el cuerpo no pudo más.

 

SUS CABALLOS

Los animales eran la otra gran pasión de Koli. En su casa no sólo tenía perros y gallinas, sino que se dio el gusto de vivir con otro “Mario Cecilio”, el caballo que le regalaran. Con él solía recorrer toda la zona, mientras los changuitos del barrio lo seguían. Era una costumbre llevar a su hijo menor a la escuela, aunque quedaba a escasas cuadras de su casa. A su hija mayor, Ceci, le decía, en tono de broma, que la iría a buscar del institu­to de inglés en su caballo, haciendo enojar a la ado­lescente.

Ese amor por los caballos lo empujó a comprar otro, pero de carrera, que había triunfado en San Isidro y otros hipódromos importantes del país. Era inmenso, y también era más difícil montarlo, pero, aun así, se empecinaba en hacerlo.

A mediados de mayo, el roce con el apero de su caballo le produjo un pequeño raspón detrás de la rodilla. Fue la boca de entrada de una infección que tendría las consecuencias menos esperadas.

 

CAMINO FINAL

Koli no le daba importancia a esa herida, pero su salud comenzó a decaer, pero se propuso cumplir con los contratos pactados, como había hecho siempre. El fin de semana previo a la fiesta patria actuó en Buenos Aires. No estaba bien, pero tranquilizó a su familia diciéndole lo contrario, y partió con rumbo a la Patagonia.

En pleno recital en Comodoro Rivadavia, Chubut, se descompuso en el escenario. No había más vueltas, sí o sí, tenía que regresar a Buenos Aires para atenderse. En el aeropuerto lo esperaban su esposa Marcela y su hija Ceci, quienes habían viajado de prisa desde Santiago.

Testarudo como siempre, no quiso ir directamente al médico, sino que prefirió ir al hotel. Luego de darse un baño llegó a decir que vendría a la provincia, para que lo atienda su médico de cabecera en la ciudad de La Banda.

Su amigo “Puma” tuvo que amenazarlo y, prácticamente, llevarlo en andas hacia el Sanatorio Güemes, donde fue internado en Terapia Inten­siva apenas ingresó.

Estaba consciente, llamó a doña Dominga para decirle que estaba bien, que lo suyo no era nada.

Sin embargo, a las 20. 15 del domingo 29 de mayo, los ojos de Koli se cerraron por última vez.

 

EL DÍA QUE SANTIAGO QUEDÓ SIN VOZ

La noticia de su muerte cayó sobre Santiago del Estero como un golpe imposible de asimilar. Las radios cambiaron la programación. Los diarios agotaron ejemplares. La gente empezó a llegar espontáneamente a su casa.

Y entonces ocurrió algo que terminó de consagrarlo definitivamente: la multitud.

Miles y miles de personas acompañaron su despedida. El Teatro del Pueblo desbordado. Las calles colmadas. Hombres llorando. Mujeres abrazadas. Jóvenes cantando “Doble Vida”. Gente subida a techos, veredas y tapias solamente para darle un último adiós.

No había campaña publicitaria. No había marketing. No había televisión armando un espectáculo.

Había dolor verdadero, porque el pueblo sentía que había perdido a uno de los suyos.

 

EL IDOLO

Koly Arce fue una persona amada por su pueblo, no sólo el santiagueño, sino por sus tantos seguidores desperdigados a lo largo de Argentina e, incluso del mundo.

Fue un ídolo popular. ¿A quién le caben dudas? ¿O acaso alguien se encargó de obligar a miles de personas que despidieron sus restos a que acudieran a la cita con la promesa de recibir algo a cambio? ¿Quién no lamentó su desaparición?

El pueblo entero lloró su muerte. Pero, ¿por qué? ¿Qué se necesita para que alguien sea considerado un ídolo? ¿Qué ingredientes deben mezclarse para que un ser cualquiera se convierta en un verdadero ídolo de multitudes?

El diccionario se encarga de decir que ídolo es una figura o deidad a la que se da adoración. Otra acepción indica que ídolo es una persona o cosa excesivamente amada.

Cómo hizo, si no tenía el pelo largo, no usaba aritos, no se vestía de una manera estrafalaria. Sus canciones no tenían ni un vestigio de violencia, ni tampoco utilizaba un lenguaje procaz, atrevido o insolente. Y apenas si se movía arriba del escenario. Su voz era peculiar, pero no era distinta a la de otros que buscan ganarse un lugarcito dentro del mundo de la música. Aun así, fue un ídolo.

 25 discos de Oro y 14 de Platino, más de 12 millones de discos vendidos y alrededor de 20 mil actuaciones, respaldan que fue un ídolo.

Pero también lo fue porque era un tipo sencillo. Un hombre de bien que no cambió su estilo de vida atraído por el éxito y el dinero. No le interesó vivir lejos de su familia, de sus afectos, aunque la fama lo tentara en diversos lugares.

Koly logró reunir en sí mismo todos los aditamentos para forjar al ídolo, aunque quizá nunca tomó real conciencia de lo que había conseguido. Hay artistas que sobreviven por sus discos. Otros, por las estadísticas. Él sobrevive por el cariño. Todavía hoy aparecen flores en su tumba. Todavía dejan cartas, ositos, pañuelos bordados y fotografías en la puerta de su casa. Todavía su música sigue sonando.

Era un rey. La corona se la dio el pueblo. Y su reinado estuvo lleno de gloria.

Hoy, Koly ya no está, pero su música, la música popular, está más viva que nunca.

A 21 años de su partida, el pueblo todavía lo canta, lo baila y lo extraña. Y mientras su música suene en algún rincón, una parte de Koli que seguirá eternamente viva.

 

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