26 de febrero, 2026
Actualidad

Un informe histórico de la Universidad de las Naciones Unidas advierte que el planeta ha entrado en una “quiebra hídrica global”: acuíferos compactados, lagos que desaparecen y humedales arrasados configuran un punto de no retorno para los sistemas acuáticos.

Por años, la humanidad creyó que el agua era un flujo inagotable: caía del cielo, corría por los ríos y brotaba del subsuelo como un derecho adquirido. Pero en 2026 esa ilusión se quebró con cifras y evidencia científica. El más reciente informe de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU), difundido en enero y citado por organismos multilaterales y centros de investigación durante este año, declaró que el mundo ha entrado en una era de “quiebra hídrica global”. No se trata solo de escasez: es la constatación de que hemos gastado no solo el ingreso anual de agua de lluvias y ríos, sino también los ahorros milenarios almacenados en glaciares, humedales y acuíferos.

 

“Muchas regiones han vivido muy por encima de sus posibilidades hidrológicas. Es como tener una cuenta bancaria a la que se le extrae dinero cada día sin que entre un solo depósito. El saldo ya es negativo”, explicó Kaveh Madani, autor principal del informe y exvicepresidente de la ONU para el agua, en declaraciones recogidas por la propia UNU y replicadas por agencias internacionales en 2026.

 

La metáfora financiera no es casual. El estudio sostiene que los sistemas acuáticos han perdido su capacidad de recuperación natural. Cuando un acuífero se compacta por sobreexplotación, no vuelve a su volumen original. Cuando un lago se seca, deja atrás polvo salino y economías devastadas. Cuando un delta se hunde por falta de sedimentos y extracción de agua subterránea, el mar avanza sin pedir permiso.

 

Del grifo al vacío: cuando el agua no vuelve a su cauce

El progreso acelerado de las últimas décadas –agricultura intensiva, urbanización descontrolada, industria voraz y emisiones de gases de efecto invernadero– ha impuesto intereses impagables a las reservas de agua dulce. Según el informe de la UNU, el 75% de la población mundial vive en países donde el agua escasea o es insegura. Más de la mitad de los grandes lagos del planeta se están reduciendo de manera sostenida. Y cerca de 2.000 millones de personas habitan en regiones donde el suelo se hunde debido a la extracción excesiva de aguas subterráneas.

 

El fenómeno es visible desde Asia hasta América Latina. Estudios publicados en 2026 por agencias ambientales y universidades documentan subsidencias de hasta varios centímetros por año en grandes áreas urbanas asentadas sobre acuíferos agotados. La tierra cede, las infraestructuras se fisuran y el riesgo de inundaciones se multiplica.

 

El cambio climático agrava la ecuación. La Organización Meteorológica Mundial confirmó en su informe climático de 2026 que las temperaturas medias globales se mantienen en niveles récord, lo que intensifica la evaporación y altera los patrones de lluvia. Sequías más largas y precipitaciones concentradas en eventos extremos son parte de una misma anomalía: menos agua disponible en el momento y lugar donde se la necesita. La cuenta es simple y brutal. Extraemos más de lo que la naturaleza puede reponer. Y lo hacemos cada año.

 

La factura del derroche

La auditoría hídrica global presentada por la UNU en 2026 sintetiza un panorama desolador: 75% de la población mundial vive en contextos de escasez o inseguridad hídrica. Más de la mitad de los grandes lagos del planeta se están secando. 2.000 millones de personas residen sobre terrenos que se hunden por la sobreexplotación de aguas subterráneas. En los últimos 50 años se han perdido humedales equivalentes a la superficie total de la Unión Europea.

 

La pérdida de humedales no es solo un dato ecológico: implica la desaparición de esponjas naturales que almacenan agua, filtran contaminantes y amortiguan inundaciones. Sin ellos, las ciudades quedan más expuestas y los ciclos hidrológicos se vuelven erráticos.

 

A esto se suma el retroceso acelerado de glaciares. Informes científicos difundidos en 2026 por el sistema de Naciones Unidas advierten que muchas masas glaciares tropicales y de latitudes medias podrían no recuperar su volumen, incluso si las emisiones se estabilizan. Son reservas estratégicas de agua dulce que alimentan ríos en estaciones secas. Sin ellas, millones de personas enfrentan un futuro más incierto.

Gota a gota: de los cultivos a la geopolítica

La agricultura consume alrededor del 70% del agua dulce extraída a nivel mundial, según datos reiterados este año por organismos internacionales. Allí se encuentra el epicentro del colapso. Cuando un acuífero se agota para sostener monocultivos intensivos, la producción cae y los precios internacionales reaccionan.

 

“El agua que falta aquí, se nota en la comida de allá. Esta quiebra no es un problema local, es un riesgo sistémico que fluye por las venas del comercio mundial”, advirtió Madani en foros académicos y entrevistas publicadas en 2026.

 

La escasez hídrica ya impacta en cadenas globales de suministro. Regiones agrícolas clave han debido reducir superficies cultivadas por falta de agua o restricciones gubernamentales. Las tensiones por el control de cuencas compartidas también se intensifican. Ríos transfronterizos, antes gestionados con relativa estabilidad, se convierten en focos de negociación permanente.

 

El agua, históricamente subvalorada, adquiere un peso geopolítico creciente. No se transporta en barcos como el petróleo, pero viaja incorporada en granos, frutas y manufacturas. Es el componente invisible de la economía global.

 

Ecosistemas quebrados

Más allá de los balances y porcentajes, la “quiebra hídrica” se expresa en paisajes concretos: deltas que se hunden, lagos convertidos en planicies salinas, ríos que no alcanzan el mar. La ciencia denomina a algunos de estos procesos como cambios irreversibles de estado. Una vez cruzado cierto umbral, el sistema no vuelve a su condición original.

 

El informe de la Universidad de las Naciones Unidas subraya que no todos los daños pueden revertirse. Algunos acuíferos profundos tardaron miles de años en llenarse. Extraerlos en pocas décadas equivale a vaciar una herencia geológica sin posibilidad de reposición en escala humana.

En paralelo, la contaminación agrava la escasez. Aguas superficiales y subterráneas reciben descargas industriales, agrícolas y urbanas que reducen su aptitud para consumo. La disponibilidad física no siempre coincide con la disponibilidad real y segura.

Agua para recomponer el mundo.

 

Frente a este escenario, la narrativa del informe no es fatalista, pero sí urgente. Propone “gestionar la quiebra, no la crisis”. La diferencia semántica es profunda: no se trata de apagar incendios coyunturales, sino de aceptar que el modelo actual es insostenible y requiere una transformación estructural.

 

Entre las recomendaciones difundidas en 2026 se destacan: reformar subsidios agrícolas que incentivan el uso excesivo de agua, invertir en tecnologías de riego eficiente, proteger y restaurar humedales, mejorar la gobernanza de acuíferos compartidos y garantizar acceso equitativo a un recurso cada vez más limitado.

 

La próxima Conferencia del Agua de la ONU, prevista para 2026, es señalada por expertos como una instancia crítica para acordar compromisos vinculantes y financiamiento. No será una cumbre más. Llega en un contexto en el que la evidencia científica ya no deja margen para la negación.

 

El mensaje final del informe es claro y contundente: aunque no podamos rellenar los acuíferos agotados ni devolver el hielo perdido a las montañas, aún estamos a tiempo de proteger lo que queda. Cada gota cuenta en un planeta que ha descubierto, demasiado tarde, que el agua no era infinita.

 

La humanidad aprendió a medir el crecimiento en términos de producto interno bruto. Tal vez en 2026 deba empezar a medirlo en litros disponibles. Porque cuando la cuenta corriente de la naturaleza entra en números rojos, no hay rescate financiero posible. Solo queda renegociar, con urgencia y humildad, el contrato con el agua.

 

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