Por estos días, el mundo asiste a una escena que combina ambición personal, revisionismo institucional y una peligrosa simplificación de los conflictos internacionales más complejos del siglo XXI.
Donald Trump, multimillonario y presidente de los Estados Unidos y eterno candidato al centro del escenario global, está impulsando un denominado “Consejo de Paz”, un organismo que, según su propio relato, vendría a suplir, corregir o directamente reemplazar las misiones históricas de las Naciones Unidas, institución que, a su juicio, “tiene un buen fin, pero ha sido desaprovechada”.
La afirmación no es menor. Tampoco inocente. Porque detrás de ese diagnóstico aparentemente razonable -la ONU es ineficiente, burocrática, lenta- se esconde una propuesta profundamente inquietante: la concentración de la arquitectura de la paz mundial en una figura personalista, que no sólo se reserva un rol central, sino que se atribuye una presidencia vitalicia del nuevo organismo.
La paz, así concebida, deja de ser un proceso multilateral para convertirse en una marca personal, una extensión del ego de un líder que parece decidido a pasar a la historia como “el gran pacificador”, cueste lo que cueste.
Desde su creación tras la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas han sido, con todas sus limitaciones, el principal ámbito de diálogo, mediación y legitimación del orden internacional.
Trump no se equivoca cuando señala sus falencias: vetos cruzados, parálisis del Consejo de Seguridad, incapacidad para prevenir guerras o detener genocidios. Pero el problema no es el diagnóstico, sino la solución propuesta.
El llamado Consejo de Paz no surge de un consenso internacional, ni de tratados, ni de una construcción institucional gradual. Surge del voluntarismo mágico de un líder que considera que su capacidad de negociación y su estilo confrontativo lo habilitan a reemplazar décadas de diplomacia profesional.
Es, en esencia, una privatización del orden mundial, donde la paz deja de ser un bien público global para convertirse en una gestión personal.
La idea primigenia y el primer escenario donde Trump propone intervenir es Gaza.
Habla de reconstrucción, de pacificación, de estabilidad. Pero el interrogante es inevitable: ¿en nombre de quién y bajo qué legitimidad?
La reconstrucción de Gaza no es sólo un problema de infraestructura; es una cuestión política, histórica, humanitaria y jurídica. Pretender abordarla desde un consejo dirigido vitaliciamente por un actor externo, sin representación regional ni control internacional, implica sustituir la autodeterminación por la tutela.
Más aún, la experiencia histórica demuestra que los procesos de reconstrucción impuestos desde arriba suelen consolidar dependencias, no resolver conflictos.
La paz duradera no se decreta, se construye. Y rara vez se construye desde la imposición.
Trump afirma -sin rubor- que ha solucionado o está en vías de solucionar más de ocho conflictos armados en el mundo. Entre ellos, menciona incluso la guerra entre Rusia y Ucrania. Pero aquí aparece uno de los aspectos más problemáticos de su discurso: la equiparación moral entre agresor y agredido.
Colocar a Rusia y Ucrania “en un pie de igualdad” no es neutralidad; es revisionismo ético. Olvidar quién invadió a quién, quién violó fronteras soberanas y quién se defiende de una agresión, es borrar el Derecho Internacional de un plumazo.
Más grave aún resulta el reproche dirigido a Volodímir Zelensky, a quien Trump responsabiliza por la duración del conflicto, como si resistir una invasión fuera una provocación y no un derecho.
Esta lógica revela una concepción de la paz profundamente peligrosa: la paz como rendición del más débil, como silencio impuesto, como equilibrio artificial sostenido por el poder del mediador y no por la justicia del acuerdo.
Hay en todo este entramado una pulsión personal difícil de ignorar. Trump quiere ser reconocido como hacedor de paz. Quiere la foto, la medalla, el aplauso. Le duele -y lo ha dejado entrever más de una vez- no haber recibido el Premio Nobel de la Paz.
Esa frustración parece actuar como motor de una diplomacia acelerada, simplificada y espectacularizada.
Pero la historia demuestra que la paz no se construye desde el capricho, ni desde la necesidad de reconocimiento personal. Cuando los procesos de mediación se subordinan al ego del mediador, el riesgo es enorme: las soluciones se vuelven superficiales, los conflictos se congelan y las injusticias se normalizan.
Y aquí entra, en un haz de luz amplificado, el caso de Groenlandia, donde se expone con crudeza las contradicciones del discurso pacifista trumpista.
En un primer momento, amenazó con quedarse con la isla, territorio autónomo dependiente de Dinamarca, como si se tratara de una transacción inmobiliaria.
Luego, ante la solidaridad europea con los daneses, respondió con amenazas de aplicar aranceles del 200%.
Finalmente, el episodio derivó en un acuerdo que incrementa la presencia militar estadounidense en la isla y habilita la instalación de un escudo misilístico, bajo la excusa de la defensa frente a China y Rusia.
¿Paz? ¿O militarización encubierta? El patrón se repite: tensión, amenaza, presión económica y luego “acuerdo”, siempre favorable a los intereses estratégicos de Estados Unidos. La paz, en este esquema, no es ausencia de conflicto, sino reordenamiento de poder.
En este contexto, resulta legítimo preguntarse si era necesario, o prudente, que Javier Milei firmara la adhesión al Consejo de Paz.
Argentina tiene una larga tradición de defensa del multilateralismo, del Derecho Internacional y de la resolución pacífica de los conflictos. Alinear al país con un organismo personalista, de legitimidad difusa y orientación imprevisible puede traer consecuencias.
Entre ellas, podríamos citar la pérdida de autonomía diplomática, al quedar asociados a decisiones unilaterales, la tensión con socios históricos, especialmente europeos y latinoamericanos y las contradicciones internas, dado que el Consejo de Paz relativiza principios básicos como la soberanía y la no agresión.
Adherir sin debate, sin evaluación de riesgos y sin garantías institucionales puede convertir a la Argentina en satélite de una diplomacia improvisada, más cercana al show que a la política exterior responsable.
En resumidas cuentas, la paz no es un trofeo personal ni un premio pendiente.
No se construye con amenazas, ni con relatos épicos, ni con liderazgos vitalicios.
Se construye con instituciones, con memoria, con justicia y con respeto por las asimetrías reales del poder mundial.
El Consejo de Paz, tal como es presentado, no parece un avance civilizatorio, sino un síntoma del vaciamiento del multilateralismo y del ascenso de una diplomacia del ego.
Y cuando la paz depende del humor, el interés o la vanidad de un solo hombre, el mundo no se vuelve más seguro: se vuelve más frágil.
Por Julio César Coronel