01 de febrero, 2026
Pienso, luego existo

 

El 8 de diciembre de 1980, mientras el calendario marcaba la festividad de la Virgen María para el mundo católico, una noticia estremeció a millones de personas: John Lennon, músico británico, ex integrante de The Beatles y símbolo planetario de la paz, fue asesinado en la entrada del edificio Dakota, en Nueva York.

Aquel disparo, que quebró la vida de un hombre, también sacudió la esperanza de una generación entera que había encontrado en él una guía, un refugio y una invitación permanente a imaginar un mundo mejor.

La noche era fría. Lennon acababa de regresar de una sesión de trabajo con su esposa, Yoko Ono, con quien había retomado su carrera artística tras un período dedicado a la crianza de su hijo Sean. Había firmado autógrafos, sonreído a seguidores y caminaba de la mano con Yoko hacia su hogar. Minutos después, el eco de los disparos transformó esa serenidad en tragedia. El músico murió poco después en el hospital Roosevelt. El mundo despertó teñido de incredulidad.

Pero la muerte de Lennon no eclipsó su voz. Por el contrario, la amplificó. Su legado, construido desde la sensibilidad de un artista que creía con convicción en el poder transformador del amor y la no violencia, se volvió aún más relevante.

Lennon no solo fue un compositor extraordinario; fue un activista que enfrentó gobiernos, prejuicios y la mirada vigilante del poder por reclamar, sin temblores, el fin de las guerras. “Give Peace a Chance” dejó de ser una canción para convertirse en un manifiesto generacional, en un cántico colectivo contra la violencia y el militarismo.

Demostró que el arte podía ser un arma pacífica, tan contundente como la protesta en las calles, pero atravesada por humor, ternura y creatividad. Su activismo, incomodó a sectores conservadores que no estaban dispuestos a tolerar la incidencia política de un músico, y menos aún de uno que arrastraba tras de sí a millones de jóvenes dispuestos a creer que la paz no era una utopía, sino una elección.

El asesinato de Lennon no solo dejó viuda y huérfano, dejó perplejo a un mundo que, desde entonces, volvió a preguntarse por el absurdo de la violencia. Sin embargo, su figura continúa levantándose como un faro. Cada año, frente al mosaico de Strawberry Fields en Central Park—bautizado “Imagine” en su honor—personas de todas las edades depositan flores, encienden velas y cantan sus canciones. No solo recuerdan al artista, sino al hombre que decidió hacer de la paz su trinchera.

Hoy, más de cuatro décadas después, la voz de Lennon sigue resonando en un mundo que aún lucha contra guerras tan ilógicas como irrazonables como lo fue su muerte, pero también contra desigualdades y odios que parecen interminables.

Su mensaje, lejos de desvanecerse, adquiere nueva vida cada vez que alguien se atreve a imaginar un mundo sin fronteras, sin violencia y sin miedo. En cada acorde de Imagine, en cada coreo de All You Need Is Love, en cada gesto que apuesta por la convivencia, él vuelve a nacer.

Su muerte no solo marcó una pérdida irreparable: también selló una promesa. La de no olvidar jamás que la paz es posible y que puede, incluso, convertirse en canción.

 

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