Un 26 de enero de 1914 moría José Gabriel del Rosario Brochero. Para el pueblo, desde mucho antes, era simplemente el Cura Brochero o, mejor dicho, el cura gaucho. Y ese apodo no fue una metáfora simpática ni una estrategia de marketing religioso: Brochero fue gaucho de verdad, de esos que se embarran, que cabalgan horas interminables, que conocen el silencio de los cerros y el dolor de los olvidados.
Había nacido en Córdoba, el 16 de marzo de 1840, en una Argentina que todavía se estaba inventando a sí misma. Desde joven entendió algo que no todos los sacerdotes de su tiempo lograron ver: la fe no sirve de mucho si no se vuelve gesto concreto, si no se traduce en compañía, en presencia, en compromiso con la vida real de la gente.
Cuando llegó al oeste cordobés, más precisamente a Traslasierra, encontró aislamiento, pobreza, caminos casi inexistentes y un abandono que no figuraba en ningún informe oficial.
Pero donde otros veían desierto, Brochero vio personas. No números, no almas abstractas, sino hombres y mujeres con nombres, con historias, con necesidades urgentes.
Y entonces hizo lo que parecía más lógico para él: se subió a una mula y empezó a andar.
Andaba días enteros para visitar a un enfermo, para llevar consuelo, para organizar ejercicios espirituales, para escuchar.
No esperaba que la gente viniera a la iglesia: él fue a buscarlos, cruzando ríos crecidos, durmiendo a la intemperie, soportando frío, calor y soledad. Decía que el demonio se metía por la ociosidad, pero él parecía haberle ganado por cansancio.
Brochero no fue un cura de sacristía. Fue un cura de barro, de polvo, de sudor. Como decía Francisco, un cura que le gustaba hacer lío y que salió de la comodidad de las iglesias.
Entendía que evangelizar también era dar herramientas para vivir mejor, abrir horizontes, sacar a la gente del encierro físico y mental. Su acción social fue tan profunda como su predicación, aunque jamás se pensó a sí mismo como un reformador ni como un héroe.
Tal vez por eso llegó tan hondo. Contrajo lepra -una enfermedad que en ese tiempo era casi una condena social- y, lejos de recluirse, siguió acompañando mientras pudo. Perdió la vista, el oído, la voz. Quedó solo, cada vez más frágil. Pero nunca perdió lo esencial: la ternura por su pueblo. Murió pobre, casi olvidado por los poderosos, pero sostenido por el cariño de la gente común.
Mucho tiempo después, la Iglesia lo declaró santo. Pero para muchos, Brochero ya lo era desde antes. No por milagros espectaculares, sino por algo más difícil y más raro: haber vivido como predicó. Haber hecho de la fe una caminata compartida, no un pedestal.
El Cura Brochero no dejó grandes tratados teológicos ni discursos memorables. Dejó huellas en los caminos, casas levantadas con esfuerzo, gestos simples que todavía resuenan. Su santidad no fue de vitrinas, fue de intemperie.