26 de marzo, 2026
Colaboración

En la tradición de la política exterior estadounidense, hay momentos que marcan quiebres más que continuidades. La actual estrategia desplegada por el presidente Donald Trump —caracterizada por una presión simultánea sobre regímenes como Venezuela, Cuba e Irán— parece inscribirse en esa categoría ambigua donde la historia se repite, aunque nunca de manera idéntica.

Como en un relato de largo aliento, los escenarios cambian, los actores secundarios se renuevan, pero la trama central —la tensión entre poder, ideología y legitimidad— permanece reconocible.

La singularidad del momento actual radica, sin embargo, en la simultaneidad. A diferencia de la Guerra Fría, donde los conflictos se organizaban bajo la lógica bipolar entre Washington y Moscú, el presente ofrece un tablero más fragmentado, aunque no menos ideologizado.

Venezuela, Cuba e Irán, distantes geográficamente y con trayectorias históricas distintas, aparecen hoy enlazados en el discurso estratégico estadounidense como parte de un mismo problema: regímenes autoritarios con alianzas cruzadas, economías restringidas y denuncias persistentes por violaciones a los derechos humanos.

El caso venezolano se ha convertido, en muchos sentidos, en el ensayo general de esta política. La captura de Nicolás Maduro a comienzos de 2026 y la instalación de un gobierno de transición bajo presión internacional marcaron un precedente significativo.

Washington no solo intervino políticamente, sino que avanzó sobre un terreno más delicado: el control indirecto de los recursos energéticos.

La exigencia de romper vínculos con países como China, Rusia, Irán y Cuba, junto con la intención de redirigir el flujo petrolero hacia Estados Unidos, revela una lógica que combina geopolítica clásica con pragmatismo económico.

No se trata únicamente de promover un cambio de régimen, sino de reconfigurar el sistema de alianzas en torno a un eje favorable a Washington.

Este modelo —que algunos analistas describen como una “intervención sin ocupación prolongada”— ha sido presentado por la propia administración Trump como replicable en otros contextos.

Y es precisamente allí donde el relato adquiere un tono casi novelístico: la idea de que un guion ensayado en el Caribe pueda trasladarse, con las adaptaciones del caso, al complejo escenario de Medio Oriente.

Así entonces, si Venezuela funciona como laboratorio, Irán representa el desafío estructural. La historia de las relaciones entre ambos países —desde la revolución islámica de 1979 hasta las tensiones nucleares del siglo XXI— está marcada por ciclos de confrontación, distensión y nuevas escaladas.

En las últimas semanas, la situación ha adquirido un cariz particularmente delicado. La ofensiva militar estadounidense, que incluye bombardeos sobre infraestructuras estratégicas y la posibilidad de operaciones terrestres, sugiere un retorno a formas de intervención directa que parecían haber quedado en revisión tras las guerras de Irak y Afganistán.

Aquí, la narrativa de los derechos humanos se entrelaza con preocupaciones estratégicas más amplias: el control del estrecho de Ormuz, la estabilidad del mercado energético global y el equilibrio de poder en Medio Oriente.

La diferencia con episodios anteriores es que, en esta ocasión, la acción estadounidense se presenta como parte de una estrategia global más amplia, no como un conflicto aislado.

Y dentro de todo este contexto global, Cuba ocupa un lugar singular en esta tríada. Más que un desafío militar o económico, representa un símbolo histórico: el último vestigio de la Guerra Fría en el hemisferio occidental. Sin embargo, la actual crisis energética y humanitaria de la isla ha reconfigurado su posición.

El endurecimiento de las sanciones estadounidenses y el corte del suministro de petróleo venezolano han profundizado las dificultades internas, generando un escenario de presión creciente sobre el gobierno de La Habana.

En ese sentido, la administración Trump ha oscilado entre la retórica de una posible “toma de control amistosa” y la expectativa de un colapso interno que facilite una transición.

La ironía, si se permite el matiz, es que Cuba vuelve a ocupar el centro de la escena internacional no por su fortaleza, sino por su fragilidad. Como un personaje que sobrevive a múltiples capítulos de una novela histórica, la isla parece resistir, aunque cada vez con menos recursos y más incertidumbre.

Ahora bien, ninguna estrategia global se sostiene sin aliados, y en este punto emergen dos actores con roles distintos pero complementarios: Israel y Argentina.

Israel, en particular, se posiciona como socio clave en el frente iraní. La cooperación militar y de inteligencia entre ambos países no es nueva, pero ha alcanzado un nivel de coordinación notable en las recientes operaciones contra objetivos iraníes.

La participación israelí no solo aporta capacidad operativa, sino también legitimidad dentro de un marco narrativo que vincula la seguridad regional con la contención de regímenes considerados hostiles.

Argentina, por su parte, ofrece un caso diferente. Su alineamiento con Estados Unidos en foros internacionales y su posicionamiento crítico frente a gobiernos como el venezolano o el cubano la convierten en un aliado político más que militar.

En el tablero latinoamericano, este rol no es menor: contribuye a construir una narrativa regional que legitima la presión sobre determinados regímenes y debilita la idea de una intervención exclusivamente externa.

Sin embargo, este alineamiento también implica tensiones. América Latina ha mostrado históricamente una sensibilidad particular frente a las injerencias extranjeras, y la postura argentina podría ser percibida por algunos países como un alejamiento de la tradición autonomista de la región.

Y es aquí donde debemos preguntarnos si estamos ante ¿Una nueva doctrina o una vieja historia?

La pregunta de fondo es si estamos ante una nueva doctrina de política exterior o ante una reconfiguración de viejas prácticas. La respuesta, probablemente, se encuentre en un punto intermedio.

Por un lado, la simultaneidad de los frentes —Caribe, Medio Oriente, presión sobre redes de alianzas globales— sugiere una ambición estratégica renovada. Por otro, los instrumentos utilizados —sanciones económicas, presión diplomática, intervenciones selectivas— remiten a repertorios conocidos.

Quizás la novedad no esté tanto en las herramientas como en la narrativa que las acompaña. La administración Trump ha construido un relato que vincula la defensa de los derechos humanos con la reconfiguración geopolítica, aunque esa asociación no esté exenta de contradicciones ni de cuestionamientos.

En ese sentido, el escenario actual se asemeja a una novela en la que los personajes actúan convencidos de su propio papel, mientras el lector —o el observador— sospecha que la historia es más compleja de lo que cada uno está dispuesto a admitir.

Estados Unidos se presenta como garante de un orden internacional basado en valores, pero también actúa guiado por intereses estratégicos concretos. Los regímenes cuestionados se defienden apelando a la soberanía, aunque arrastren historiales problemáticos en materia de derechos humanos.

Entre esas tensiones se desarrolla la trama de nuestro tiempo: una historia sin desenlace inmediato, donde cada movimiento redefine el equilibrio y donde la ironía —esa forma sutil de la lucidez— consiste en reconocer que, en política internacional, las certezas suelen ser tan efímeras como las alianzas.

Y sin embargo, como en toda buena narración, lo esencial no es solo lo que ocurre, sino cómo se interpreta. En esa interpretación —entre el análisis riguroso y la sospecha crítica— se juega la posibilidad de comprender un mundo que, lejos de simplificarse, parece decidido a volverse cada vez más complejo.

Julio César Coronel

Compartir: