07 de mayo, 2026
Colaboración

Cada 3 de mayo vuelve a escena una figura incómoda para la política, Nicolás Maquiavelo. Nacido en 1469 en Florencia, su nombre sigue siendo sinónimo de realismo crudo, de esa mirada que despoja al poder de su retórica moral y lo muestra tal cual es: una disputa permanente por conservar autoridad, legitimidad y control.

A más de cinco siglos de distancia, sus ideas resuenan con particular fuerza en la Argentina contemporánea, donde el discurso de renovación choca, una vez más, con denuncias y sospechas que remiten a viejas prácticas.

Pero volvamos al presente y a nuestro país; la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada estuvo acompañada de una promesa contundente: terminar con “la casta”, erradicar la corrupción estructural y marcar un quiebre con la política tradicional.

Ese relato, que capturó el hartazgo de amplios sectores sociales, se construyó sobre una oposición clara entre un “antes” decadente y un “después” regenerador. Sin embargo, el paso del tiempo -y la dinámica propia del ejercicio del poder- ha comenzado a tensionar esa narrativa.

En las últimas semanas, distintos episodios han puesto bajo escrutinio a áreas sensibles del gobierno y a algunos de sus funcionarios.

Señalamientos sobre el funcionamiento de organismos como la ANDIS y los retornos de un 3%, cuestionamientos vinculados a la existencia de una “ayuda” a la criptomoneda LiBRA, polémicas por viajes oficiales, gastos en propiedades del jefe de gabinete y el uso de recursos públicos -incluyendo el manejo de tarjetas corporativas en empresas estatales como Nucleoeléctrica- han comenzado a formar parte del debate público.

Más allá del grado de comprobación o desarrollo judicial de cada caso, el impacto político es innegable: erosionan la promesa fundacional de transparencia absoluta.

¿Qué diría Maquiavelo frente a este escenario? Probablemente, en primer lugar, no se mostraría sorprendido. Para el autor de El Príncipe, la corrupción no es una anomalía sino una tendencia constante en los sistemas políticos. Lo verdaderamente relevante no es su existencia -casi inevitable- sino la capacidad del gobernante para controlarla, encauzarla o evitar que destruya su legitimidad.

Pero hay un punto donde su análisis sería especialmente incisivo: la relación entre discurso y práctica. Maquiavelo advertía que un príncipe debe cuidar, ante todo, la apariencia de virtud. No necesariamente ser virtuoso en términos morales absolutos, sino parecerlo ante los ojos del pueblo.

En ese sentido, el problema para un gobierno que se construyó denunciando a la “casta” no es solo la posible existencia de irregularidades, sino la contradicción simbólica que estas generan.

Cuando un liderazgo se apoya en la idea de pureza ética, cualquier desvío -real o percibido- tiene un costo multiplicado. La vara que se utilizó para juzgar a los adversarios se convierte en el instrumento con el que la sociedad mide al propio gobierno. Y allí, Maquiavelo sería tajante: quien promete más de lo que puede controlar, se expone a una caída más rápida.

También pondría el foco en el entorno del poder. En su obra, insiste en la importancia de elegir bien a los colaboradores. Un príncipe no es juzgado solo por sus actos, sino por los de quienes lo rodean.

Funcionarios cuestionados, decisiones opacas o manejos poco claros no son problemas aislados: reflejan, para la opinión pública, la calidad del liderazgo. En la Argentina actual, donde la desconfianza hacia la política es estructural, ese efecto se amplifica.

A Milei, en particular, Maquiavelo le señalaría un dilema central: el paso de outsider a gobernante. Mientras se está fuera del poder, la denuncia es una herramienta eficaz. Pero una vez dentro, la lógica cambia.

Gobernar implica administrar estructuras complejas, muchas de ellas heredadas, con inercias difíciles de modificar en el corto plazo. La pureza absoluta, en ese contexto, deja de ser una consigna viable y se convierte en un riesgo político si no se gestiona con pragmatismo.

Sin embargo, eso no implicaría, desde la mirada maquiavélica, justificar desvíos o irregularidades. Todo lo contrario. Un gobernante eficaz debe ser implacable con aquello que amenaza su estabilidad.

Si la corrupción, o la percepción de corrupción, comienza a instalarse, la respuesta no puede ser la negación ni la minimización, sino la acción rápida y visible. Castigar, ordenar, transparentar. No por moralismo, sino por supervivencia política.

Otro aspecto clave sería el manejo de la narrativa. Maquiavelo comprendía que el poder no se sostiene solo con decisiones, sino también con relatos creíbles. En este punto, la Argentina atraviesa una tensión evidente: el discurso de ruptura convive con prácticas que, para muchos sectores, recuerdan lo que se prometía erradicar. Esa disonancia debilita el vínculo entre el gobierno y la sociedad.

Y hay un elemento adicional que el florentino no pasaría por alto: el humor social. En contextos de crisis económica, ajuste y pérdida de poder adquisitivo, la tolerancia hacia posibles privilegios o desmanejos se reduce drásticamente.

Lo que en otro momento podría haber pasado desapercibido, hoy se convierte en un detonante de malestar. La percepción de doble vara -austeridad para la sociedad, flexibilidad para el poder- es particularmente corrosiva.

En este escenario, la figura de Maquiavelo funciona como un espejo incómodo. No porque ofrezca soluciones morales, sino porque obliga a pensar en términos de eficacia y coherencia. Su mensaje, trasladado al presente, sería claro: no alcanza con haber llegado al poder denunciando a la “casta”; hay que demostrar, día a día, que no se ha convertido en aquello que se criticaba.

Para la dirigencia argentina en su conjunto, la lección es aún más amplia. La repetición cíclica de promesas de transparencia seguidas de escándalos -grandes o pequeños- ha generado un desgaste profundo en la confianza pública.

Cada nuevo episodio no solo afecta a un gobierno en particular, sino que refuerza la idea de que el sistema, en su totalidad, es incapaz de regenerarse.

Maquiavelo, con su realismo implacable, no creía en utopías políticas. Pero sí entendía que la estabilidad del poder depende de un delicado equilibrio entre fuerza, astucia y legitimidad. Cuando ese equilibrio se rompe, los gobiernos se vuelven vulnerables.

En la Argentina de hoy, atravesada por tensiones económicas y sociales, ese equilibrio está en juego. Y mientras el calendario marca un nuevo aniversario del nacimiento del pensador florentino, su voz -lejana pero vigente- parece susurrar una advertencia: en política, las promesas son fáciles; lo difícil es sostenerlas sin caer en las mismas prácticas que se juró combatir.

Julio César Coronel

Compartir: