26 de febrero, 2026
Actualidad

Las mujeres de entre veintipico y treinta y pico ya no piensan en los mismos modos de realización femenina como hace un par de generaciones. Desechan el proyecto de ser madres, son muy claras al respecto, pero buscan maneras alternativas de maternar.

La generación Z, comprende a los chicos nacidos entre 1997 y 2012 aproximadamente. Son considerados los primeros nativos digitales, ya que crecieron con acceso a internet y redes sociales desde una edad temprana. Se caracterizan por su alto nivel tecnológico, autonomía, conciencia social, y por valorar la autenticidad, la sostenibilidad y la diversidad. La tecnología no es solo una herramienta, sino parte esencial de su vida cotidiana. Dedican una media de casi 6 horas diarias a internet. Aparentemente son más tolerantes con la diversidad, valoran la igualdad de género y están profundamente preocupados por el cambio climático: Buscan transparencia y autenticidad en marcas e instituciones. Pero también tienen un doble discurso porque como todo joven, desde los años 60 a ahora, (por poner un ciclo temporal), toda rebeldía es una postura. O al menos es un modo de ganarse un espacio en el inminente mundo de la adultez.

 

Pero más allá de sus preferencias y/o elecciones pasajeras o permanentes, esta nota pretende analizar un rasgo particular que caracteriza sobre todo a las mujeres de este arco temporal. La mayoría de las chicas de entre 28 y 34-por hacer una aproximación- y digo chicas porque el sexo femenino es el que tiene la última palabra en este tópico, es que no quieren ser madres. Probablemente han quedado alborotadas en un discurso que pretende darles a ellas todo el poder. Ellas crecieron con el discurso de los límites, del “me too” y la idea de la realización con exención total del hombre. Algunas, más al límite proclamaban “muerte al macho”, hasta en un rasgo de despersonalización y de subestimación total del sexo masculino.

 

Sería tal vez riesgoso, pero aventuro una idea, “no quiero ser madre porque eso sería una forma de sometimiento”. Como si quisieran salir indemnes de todo rastro genético que dejara el hombre (varón) impreso en su cuerpo.  Como si un hijo fuese algo así como una mácula, un estigma, un rastro indeleble.  En el pensamiento de este grupo etario de mujeres, la respuesta inmediata a la pregunta de si serían madres (en cualquiera de las formas que hoy presenta la ciencia también para serlo), es un NO rotundo.

 

Un no dicho con vehemencia, con una enjundia tal que a veces, en lo particular, me asusta.

Las mujeres que venimos de otra generación, planeábamos nuestras vidas con un hijo en el medio. Era el rompecabezas completo de la proyección del futuro inevitable.

Una carrera, una profesión, una pareja (obviable) y un hijo al menos. Hoy el No rotundo aludido, parece enmascarar algo más.  Puede, a primera vista, parecer un acto de indocilidad ante los mandatos sociales, pero también puede verse como un detalle de responsabilidad: asumir los límites propios ante una responsabilidad que no están dispuestas a llevar a cuestas.

 

Porque, y esto, muy a favor de ellas, les ha tocado un tiempo difícil, en que todo se ha complicado, desde el factor económico, los mayores requerimientos de éxito de una sociedad en la que la realización personal tiene más exigencias que en otros tiempos: renombre, notoriedad, y hasta fama y fortuna, para no ser un paria social.

 

Las mujeres que deciden no ser madres, a menudo denominadas bajo el concepto de childfree (libre de hijos), eligen conscientemente no procrear, buscando su realización personal fuera de la maternidad tradicional. Esta decisión, que va en aumento, rompe con estereotipos culturales, priorizando la libertad, la estabilidad financiera o el desarrollo profesional, sin que esto defina el valor o la plenitud de la mujer.

 

 

Maternidad Supletoria

Ante esta situación, muy acendrada, por cierto, la de la firmeza por obviar la maternidad como un objetivo en la vida, digo, es muy común que las jóvenes opten por otras alternativas de maternidad: los perros, por caso.

 

Es muy común que, en lugar de hijos, si es que el tema fuera no “poner el cuerpo a un embarazo” literal y metafóricamente, muchas jóvenes se cuidan con todos los métodos que hoy proporciona la ciencia.

 

Y allí hay otro punto, el cuidado, la precaución no va por un preservativo (lo cual equivaldría a repartir la responsabilidad con el hombre). Las “no madres” de hoy, se procuran sus propios métodos anticonceptivos.

 

Y van por los más seguros, para poder disfrutar de sus parejas y del sexo como una actividad placentera y de conexión, lejos de la finalidad procreativa.

Hay parejas que tienen hasta dos perros, que son tratados como hijos, y la mujer adopta hasta físicamente la actitud de madres. Las chicas de hoy maternan a seres de cuatro patitas con una entrega que no se atreven a darle a otro ser humano.

 

Se puede pensar que las madres de otros géneros de seres, tienen en la oferta de amor a animales, alguna garantía de menos problemas y más tiempo para la realización personal, sea ésta cual fuere. También hay gastos, un buen alimento balanceado, vacunas, desparasitantes. visitas al veterinario. Pero la responsabilidad horaria es más acotada que con un ser humano.

 

Un hijo además es un ser que en algún momento va a cuestionar a sus padres, eventualmente en primer término a su madre. Porque es parte de la estrategia emocional a cierta edad, para crecer, rompen (de modos a veces muy drásticos) la ligazón amorosa, sobre todo con la madre. Emulan luego el modelo, pero de un modo “light” con los hijitos adoptivos, perros a los que aman y manejan cual bebés.

 

De todos modos, detrás de esas actitudes límbicas (entre hacerse cargo o no de alguien), está la prolongación de la adolescencia, La adolescencia prolongada, que ahora suele extenderse hasta mediados de los 20 e incluso los 30 años (estudios sugieren hasta los 32), describe una transición tardía a la edad adulta marcada por la inmadurez cerebral en la toma de decisiones, la dependencia económica y la postergación de la emancipación.

 

A diferencia de la definición clásica de la OMS (10-19 años), factores socioculturales y la maduración cerebral continua convierten a esta fase en un periodo de "cerebro adolescente" con mayor plasticidad, pero también mayor vulnerabilidad emocional y social.

Lo explica la neurociencia:  la reconfiguración neuronal intensa y el desarrollo de la corteza prefrontal (responsable del autocontrol y la planificación) continúan mucho después de los 20 años.

 

Lo dicho al principio. El factor económico:  el acceso tardío al empleo estable, la precariedad laboral y el alto coste de la vivienda retrasan la independencia. Cambios de estereotipos:  Existe una mayor aceptación social de la prolongación de la formación académica y la exploración personal antes de asumir roles adultos tradicionales.

 

Pero todo esto no es gratis en materia, sobre todo de salud mental: en efecto, aumenta la vulnerabilidad a trastornos de ansiedad y depresión debido a la presión por la falta de objetivos claros.  Persistencia de la convivencia con los progenitores (casi el 66% de menores de 30 años en algunos contextos), lo que puede generar sentimientos de insatisfacción o "síndrome de Peter Pan". Esto les da a los jóvenes más tiempo para la maduración emocional, la formación y la búsqueda de una identidad sólida antes de las responsabilidades definitivas.

 

En resumen, la adolescencia ya no termina con la mayoría de edad biológica, sino que se ha redefinido como una etapa de desarrollo intensivo que llega a la tercera década de vida.

Y ante esta situación la salida más limpia es adoptar cachorros y ejercer la maternidad, en un tiempo muy diferente al nuestro, en que había que hacer dos o tres cosas, estudiar, trabajar, formar una familia y con o sin marido, tener hijos.

 

Las generaciones de padres de estos chicos ya no esperan ser abuelos, han depuesto esas ansias, para algunos, un objetivo muy caro a sus afectos y ven que este deseo, cada vez más, pende de un hueso.

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