24 de septiembre, 2026
Pienso, luego existo

Hubo un tiempo en que la llegada del 21 de septiembre se esperaba casi como una pequeña revolución. No hacía falta demasiado, una guitarra, una pelota, algunos sándwiches preparados en casa, una radio portátil y, sobre todo, ganas de encontrarse.

La primavera era una excusa para salir de casa y descubrir que la ciudad podía convertirse, por unas horas, en territorio de jóvenes. Las plazas se llenaban temprano. Los parques eran el destino inevitable. Se caminaba en grupos, se cantaba, se conversaba durante horas y, en algún rincón, siempre aparecía una guitarra. Los amigos llegaban con amigos de otros amigos y así, casi sin proponérselo, los grupos se multiplicaban.

También estaban los primeros amores. Esas miradas que duraban apenas unos segundos y que, sin embargo, podían ocupar toda una tarde. El muchacho que se animaba a acercarse, la muchacha que esperaba que lo hiciera, el papelito con un número de teléfono escrito a escondidas o aquella dirección que había que recordar porque todavía no existían los mensajes instantáneos.

Para encontrarse había que acordar previamente el lugar y la hora. Y si alguien no aparecía, no había manera de escribirle para preguntar dónde estaba. Había que esperar. Quizás volver a casa, quizás intentarlo al día siguiente. La incertidumbre también formaba parte de aquella juventud.

Las fotografías eran pocas y tenían otro valor. Una cámara de fotos, si había alguna, obligaba a elegir el momento. No se fotografiaba todo. No había necesidad de mostrar inmediatamente dónde estábamos, con quién estábamos ni qué estábamos haciendo. Los recuerdos quedaban guardados en un álbum, en una caja o, simplemente, en la memoria.

Hoy la primavera llega a una juventud diferente. Los parques siguen llenándose, los amigos continúan reuniéndose y los amores siguen naciendo, porque hay cosas que ninguna tecnología consigue modificar. Pero ahora el encuentro convive con una pantalla. El teléfono acompaña la caminata, la conversación, la música y hasta el silencio. El momento ya no solamente se vive, también se graba, se edita, se publica y se comparte.

Es la generación de TikTok, de Instagram, de los videos breves y de la comunicación inmediata. Una juventud que puede hablar en segundos con alguien que está a miles de kilómetros y, paradójicamente, encontrarse sentada junto a sus amigos mientras cada uno mira su propia pantalla. No necesariamente es mejor ni peor. Es, sencillamente, otra manera de vivir.

Quizás quienes pertenecemos a generaciones anteriores cometemos la tentación de comparar nuestra juventud con la de hoy y pensar que aquella era más auténtica. Pero la juventud siempre fue hija de su tiempo. Nosotros tuvimos nuestras músicas, nuestras modas, nuestros códigos y nuestras propias rebeldías. Ellos tienen los suyos.,

Lo que permanece, a pesar de todo, es esa necesidad profundamente humana de celebrar que termina el invierno y comienza una estación nueva. La necesidad de estar con otros, de reírse, de enamorarse, de sentirse joven aunque sea por unas horas.

Por eso, este 21 de septiembre, quizás valga la pena mirar a los jóvenes que ocupan nuestras plazas sin juzgarlos demasiado. Tal vez detrás de un video de TikTok, de una fotografía subida a Instagram o de un teléfono que parece absorber toda su atención, exista exactamente lo mismo que existía en aquellas primaveras lejanas: el deseo de pertenecer, de ser visto, de compartir y de guardar algún recuerdo de ese día.

La primavera cambió de escenario, antes se guardaba en una fotografía, después, en un álbum, hoy queda en la nube. Pero hay algo que ninguna tecnología pudo cambiar, cuando llega la primavera, la juventud sigue buscando la manera de celebrar la vida.

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