16 de abril, 2026
Actualidad

El uso creció 2.000% en el país y en el norte argentino las consecuencias ya se sienten en el agua, la salud y los territorios.

El crecimiento del uso de agroquímicos en Argentina —un 2.000% en apenas tres décadas— ya no es solo un dato técnico: es una radiografía de un modelo productivo que empieza a mostrar sus grietas más profundas. El informe de la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC) advierte sobre el impacto en acuíferos, pero hay territorios donde esa advertencia dejó de ser teoría. Uno de ellos es Santiago del Estero.

En esta provincia del norte argentino, atravesada por la expansión agrícola y la fragilidad ambiental, la contaminación no es una hipótesis: es una experiencia cotidiana.

Donde el modelo se vuelve territorio

Santiago del Estero forma parte del corazón de la llanura chaqueña, una región clave para el agronegocio. Su geografía —llana, con suelos permeables y períodos de lluvias intensas— la convierte en un escenario ideal para el cultivo extensivo, pero también en un territorio altamente vulnerable.

Allí, el agua subterránea cumple un rol vital. En muchas zonas rurales, es la principal fuente de consumo humano. Pero ese mismo recurso enfrenta una doble presión: por un lado, condiciones naturales complejas —como la presencia de arsénico en napas— y, por otro, el avance de la contaminación química.

El informe de la UNRC, presentado por la investigadora del Conicet Verónica Lutri, pone el foco precisamente en estos sistemas invisibles. Los acuíferos poco profundos, como los que predominan en la región, son especialmente vulnerables a la infiltración de agroquímicos.

La ecuación es simple y alarmante: lluvia, suelo permeable y uso intensivo de herbicidas.

 

Fumigaciones a metros de la vida

En el territorio santiagueño esta ecuación tiene consecuencias concretas. En parajes rurales como los del departamento Juan Felipe Ibarra o en zonas cercanas a Quimilí, familias campesinas denuncian desde hace años fumigaciones a escasos metros de sus viviendas.

No se trata de episodios aislados. Las aplicaciones terrestres y aéreas —muchas veces con productos como el 2,4-D— han sido señaladas por afectar la producción, matar animales y generar problemas de salud en la población.

Las imágenes son tan elocuentes como repetidas: avionetas pasando sobre escuelas rurales, bidones abandonados, cultivos lindantes con viviendas. La distancia entre producción y vida se vuelve mínima.

Incluso la normativa vigente —que establece restricciones para fumigaciones cerca de zonas habitadas— suele ser insuficiente o directamente incumplida. Fallos judiciales en la provincia han tenido que imponer límites más estrictos, como distancias de hasta 3.000 metros para aplicaciones aéreas en algunos casos.

Ciencia, territorio y conflicto

Lo que ocurre en Santiago del Estero no es un fenómeno aislado, sino parte de un proceso más amplio vinculado al avance del agronegocio. Investigaciones académicas y sanitarias han documentado conflictos territoriales, riesgos socio-sanitarios y situaciones de vulnerabilidad en poblaciones expuestas a agroquímicos.

La expansión de la frontera agrícola —impulsada por cultivos transgénicos y paquetes tecnológicos asociados— transformó profundamente la provincia. Donde antes había monte nativo, hoy hay campos fumigados. Donde había diversidad, hoy hay monocultivo.

Y con ese cambio, llegaron también nuevas formas de conflicto.

El acceso al agua, la salud y el territorio se vuelven ejes de disputa. No solo entre productores y comunidades, sino también dentro del propio Estado, que debe regular una actividad clave para la economía sin descuidar derechos básicos.

 

La amenaza que corre bajo tierra

Uno de los puntos más críticos es el impacto en el agua subterránea. A diferencia de los ríos o lagunas, los acuíferos no muestran señales visibles de contaminación. Pero eso no significa que estén a salvo.

La detección de herbicidas como la atrazina a profundidades de hasta 20 metros —según el informe de la UNRC— confirma que los químicos no se quedan en la superficie. Viajan. Se infiltran. Persisten.

En un territorio como Santiago del Estero, donde gran parte de la población rural depende de pozos para abastecerse, el riesgo es directo.

No hay filtros naturales que garanticen protección absoluta. Y cuando el agua se contamina, las consecuencias pueden tardar años en aparecer, pero son difíciles de revertir.

 

Salud en alerta

Los efectos en la salud tampoco son ajenos a la provincia. Estudios realizados en regiones del norte argentino —incluyendo Santiago del Estero— han identificado riesgos asociados a la exposición a agroquímicos: enfermedades crónicas, afecciones respiratorias, problemas dermatológicos y potenciales daños genéticos. ()

En comunidades rurales, donde la exposición es constante y las condiciones de acceso a la salud son limitadas, el impacto puede ser aún mayor.

La categoría de “pueblos fumigados” deja de ser una etiqueta mediática para convertirse en una descripción precisa de una realidad.

Un modelo que avanza sobre el monte

La problemática de los agroquímicos no puede separarse de otro fenómeno clave en Santiago del Estero: la deforestación.

La expansión agrícola implicó la pérdida de grandes extensiones de bosque nativo, alterando ecosistemas y reduciendo la capacidad natural del suelo para absorber y filtrar contaminantes.

El resultado es un círculo complejo: menos monte, más agricultura intensiva, más uso de agroquímicos y mayor vulnerabilidad ambiental.

Incluso se registran procesos de degradación del suelo y desertificación incipiente, con impactos que van desde la pérdida de biodiversidad hasta cambios en la dinámica del agua.

 

Alternativas en construcción

Frente a este escenario, las propuestas de cambio empiezan a tomar forma. Desde la agroecología hasta el fortalecimiento de normativas, pasando por el desarrollo de productos de limpieza ecológica y servicios ambientales, el debate se amplía.

Especialistas como Claudio Sarmiento, de la UNRC, plantean la necesidad de reducir la dependencia química y avanzar hacia sistemas más equilibrados. En territorios como Santiago del Estero, donde el impacto ya es tangible, estas alternativas no son una opción ideológica: son una necesidad.

También emergen experiencias locales impulsadas por organizaciones campesinas, que promueven prácticas productivas más sostenibles y defienden el acceso a la tierra y al agua.

 

El desafío de mirar de frente

El informe de la UNRC confirma lo que en Santiago del Estero se percibe desde hace años: el modelo agroquímico tiene límites. Se expresan en el agua que se bebe, en el aire que se respira, en la salud de las comunidades y en la transformación del territorio.

La contaminación invisible deja de ser invisible cuando se la nombra, se la mide y se la vive.

 

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