Aunque más jóvenes logran terminar la escuela secundaria en Argentina, los datos más recientes revelan una deuda persistente: solo una minoría llega al final en el tiempo esperado y con los aprendizajes básicos garantizados. La secundaria sigue siendo el tramo más frágil del sistema educativo.
Los datos más recientes sobre educación secundaria en la Argentina obligan a mirar más allá de la matrícula y la asistencia. Hoy, el desafío ya no es solo que los estudiantes entren al sistema, sino que logren egresar en tiempo y forma, con saberes que no sean meramente formales. Dos informes recientes de Argentinos por la Educación ponen números concretos a una sensación extendida: la secundaria sigue siendo el tramo más frágil del recorrido educativo.
El Índice de Resultados Escolares (IRE) permite seguir la trayectoria completa de una cohorte: desde que los estudiantes ingresan a primer grado hasta que alcanzan el último año de la secundaria, considerando no solo el tiempo sino también los aprendizajes en Lengua y Matemática.
Según este indicador, el 63% de los estudiantes que comenzaron primer grado en 2013 llegó al último año de la secundaria en 2024 en el tiempo teórico esperado, es decir, sin repetir ni abandonar. El dato representa una mejora de dos puntos porcentuales respecto de la cohorte anterior, que había finalizado en 2022. A primera vista, podría leerse como un avance.
La mejora en la permanencia es real y se verifica en 19 de las 24 jurisdicciones del país. Pero llegar no garantiza aprender.
LA CAÍDA DEL "TIEMPO Y FORMA"
El dato más alarmante de los informes de 2025 surge al combinar la trayectoria con el conocimiento. Llegar al último año es un logro administrativo; llegar habiendo aprendido es el logro educativo. Cuando se cruzan los datos de permanencia con los resultados de las pruebas de aprendizaje, el resultado es contundente: solo 10 de cada 100 estudiantes que iniciaron la primaria en 2013 llegaron al final de la secundaria en tiempo y con conocimientos satisfactorios en Lengua y Matemática.
Este indicador no solo es bajo, sino que revela una tendencia decreciente que debería encender todas las alarmas. En la cohorte que egresó en 2022, el número era de 13 de cada 100; en 2020, era de 16. En solo cuatro años, el sistema perdió 6 puntos en su capacidad de titular alumnos con saberes básicos.
La desigualdad aquí también es geográfica. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires lidera el ranking de "tiempo y forma" con 23 de cada 100 estudiantes, seguida muy de lejos por Tierra del Fuego y Córdoba con 13. En contraste, provincias como Chaco presentan una realidad desoladora: solo 3 de cada 100 alumnos egresan cumpliendo ambos requisitos. En Santiago del Estero, Misiones y Catamarca, la cifra apenas llega a 4.
UN DESBALANCE PEDAGÓGICO
Cuando se observa qué pasa con los aprendizajes, el panorama se vuelve más complejo. Las pruebas Aprender 2024 muestran una evolución dispar entre áreas clave.

En Lengua, los resultados son relativamente alentadores: a nivel nacional, el porcentaje de estudiantes que alcanzan niveles satisfactorios o avanzados creció 2,7 puntos porcentuales entre 2022 y 2024. Provincias como Chaco, La Rioja y la Ciudad de Buenos Aires registraron mejoras significativas en comprensión lectora.
En Matemática, en cambio, el retroceso es generalizado. Con la única excepción de Formosa, todas las provincias mostraron caídas. A nivel nacional, el descenso fue de 5,5 puntos porcentuales, con bajas especialmente pronunciadas en CABA, Neuquén y Córdoba.
Este desbalance genera una paradoja preocupante: más estudiantes permanecen en la escuela, pero menos logran los aprendizajes mínimos en una de las áreas centrales del currículum. La secundaria retiene, pero no siempre forma.
El sistema de "repesca"
Para comprender el panorama completo, es necesario mirar la otra cara de la moneda: la terminalidad educativa. El informe basado en la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) ofrece una perspectiva más amplia al analizar a jóvenes de entre 25 y 30 años. Aquí, la situación mejora significativamente: la finalización de la secundaria pasó del 67,6% en 2014 al 74,2% en 2024.
¿Cómo se explica que el IRE sea tan bajo pero la terminalidad general suba? La respuesta está en la Educación Permanente de Jóvenes y Adultos (EPJA) y en los planes de terminalidad (como el FinEs). El sistema argentino ha desarrollado una enorme capacidad para recuperar a aquellos alumnos que la secundaria tradicional expulsó. Muchos jóvenes terminan su escolaridad dos, tres o cinco años después de lo previsto.
Este crecimiento ha sido particularmente notable en los sectores más vulnerables. En el quintil más pobre (Quintil 1), la terminalidad creció casi 19 puntos porcentuales, saltando del 41,5% al 60%. Es un avance en términos de justicia social y acceso al título.
El informe de Argentinos por la Educación confirma que el nivel socioeconómico sigue siendo el principal predictor del éxito escolar. Las provincias con mayor proporción de estudiantes en situaciones de pobreza coinciden casi milimétricamente con aquellas que tienen los peores indicadores de egreso en "tiempo y forma".
Mientras que en el quintil más rico el 92,2% de los jóvenes termina la secundaria, en el más pobre solo lo hace el 60%. La brecha de 32 puntos porcentuales indica que la escuela, aunque se esfuerza por incluir, todavía no funciona como el motor de movilidad social ascendente que supo ser. Por el contrario, en muchos casos, el sistema parece limitarse a certificar las desigualdades de origen.
Un dato constante en la última década es la brecha de género a favor de las mujeres. Tanto en el nivel primario como en el secundario, las mujeres presentan mayores tasas de finalización que los varones. En 2024, el 77,4% de las mujeres de entre 25 y 30 años había terminado la secundaria, frente al 70,9% de los varones. Esta diferencia sugiere que los varones son más propensos al abandono temprano, posiblemente por una inserción laboral precaria y prematura, mientras que las mujeres muestran trayectorias de mayor persistencia escolar.
La secundaria argentina no está en un estado de colapso absoluto, sino en uno de tensión paradojal. Por un lado, es un sistema que ha aprendido a ser más humano y flexible: incluye a más chicos, reduce el abandono total y ofrece segundas y terceras oportunidades a través de la modalidad de adultos. El crecimiento de la terminalidad en los sectores populares es un logro democrático innegable.
Sin embargo, esta inclusión corre el riesgo de ser solo administrativa si no viene acompañada de una revolución en los aprendizajes. Un título secundario sin capacidad de comprensión de textos complejos o sin herramientas para resolver problemas matemáticos básicos es una promesa incumplida.