25 de junio, 2026
Actualidad

La expansión de los libros electrónicos modificó los hábitos de lectura de millones de personas. Investigaciones recientes buscan determinar cómo influye cada formato en la comprensión, la memoria y la experiencia de leer.

Cada 15 de junio se celebra en Argentina el Día Nacional del Libro, una fecha que invita a reflexionar sobre la importancia de la lectura, la circulación del conocimiento y el lugar que los libros ocupan en la vida cotidiana.

La conmemoración tiene su origen en 1908, cuando el Consejo Nacional de Mujeres entregó los premios de un concurso literario y estableció un festejo anual que, con el tiempo, se convertiría en la actual celebración nacional del libro. Décadas más tarde, en 1941, la fecha adoptó oficialmente el nombre con el que se la conoce hoy.

Sin embargo, en pleno siglo XXI, hablar de libros ya no implica únicamente referirse a ejemplares impresos. El desarrollo de nuevas tecnologías transformó los hábitos de lectura y abrió un debate que atraviesa escuelas, universidades, bibliotecas y hogares: ¿es lo mismo leer un libro en papel que hacerlo en una pantalla?

Los defensores del formato tradicional destacan la experiencia sensorial de pasar páginas, subrayar fragmentos y construir una relación física con el texto. Del otro lado, quienes prefieren los libros electrónicos resaltan la comodidad de transportar cientos de títulos en un solo dispositivo, acceder a obras de manera instantánea y adaptar el tamaño de la letra según las necesidades de cada lector.

Durante años, la discusión pareció quedar reducida a una cuestión de preferencias personales. Sin embargo, recientes investigaciones científicas comenzaron a analizar qué ocurre en el cerebro cuando leemos en diferentes formatos y si la elección del soporte puede influir en la comprensión y la memoria.

Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Tokio, publicada en PLOS ONE, examinó cómo procesa el cerebro la información durante la lectura en papel y en dispositivos electrónicos. Los resultados mostraron que los lectores que utilizaron libros impresos respondieron con mayor rapidez preguntas complejas y presentaron una mayor actividad en áreas cerebrales vinculadas al procesamiento del lenguaje.

Según los especialistas, esto se relaciona con las referencias táctiles y espaciales que ofrece el papel, como la ubicación de una página o el grosor del libro, elementos que ayudan a construir un mapa mental del contenido. La lectura en pantalla, por el contrario, tiende a borrar parte de ese anclaje físico. La página desaparece, el avance puede sentirse más homogéneo y el soporte deja menos huellas materiales.

El papel actúa como una especie de estructura que organiza narraciones largas, novelas o un ensayo denso, que requiere de concentración y de retener información de personajes o acontecimientos.

Esto no significa que los libros digitales sean perjudiciales o que deban reemplazarse unos formatos por otros. Diversos especialistas sostienen que ambos soportes poseen ventajas específicas. Mientras que la lectura en papel parece favorecer la concentración prolongada, la comprensión profunda y el recuerdo de la información, los dispositivos electrónicos ofrecen accesibilidad, portabilidad y rapidez para consultas puntuales o lecturas breves.

En este contexto, el Día Nacional del Libro se presenta como una oportunidad para pensar no solo en qué leemos, sino también en cómo lo hacemos. Lejos de una competencia definitiva entre lo analógico y lo digital, el desafío parece estar en encontrar un equilibrio que permita aprovechar las fortalezas de ambos formatos. El objetivo siempre es el mismo: promover la lectura y garantizar el acceso al conocimiento, sin importar del formato en que se presente.

 

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