10 de septiembre, 2026
Actualidad

A 29 años de la muerte de Lady Diana Spencer esta nota pretende ubicar la figura de la espigada “Di”, más allá de la aparente inocencia y vulnerabilidad, que usó esas dos cualidades para parapetarse como una de las mujeres más icónicas y poderosas del Siglo XX.

La princesa Diana murió en una huida de los paparazzi en el Túnel del Alma en París, Francia. La historia dice que el sopor al que la sometía el cuarto poder la llevó a la muerte. Pero hasta las series biográficas que tanto están de moda que la homenajean de modo apologético, admiten el uso que la princesa del pueblo hizo del periodismo para sus intereses personalísimos. La famosa foto de Diana con Dodi Al Fayed, en un barco, casi suspendida en el aire, fue sincronizada con un fotógrafo amigo al que ella llamó para hacer coincidir la lente, con su planificada pose. Ocurre que la princesa buscaba su camino en la vida. Desde el principio sabía que Carlos tenía otra mujer y se casó igual, sabía que la corona no la quería y siguió adelante, y es por eso que no creo en su rol de sempiterna víctima.

Tiempo después llegó el amor de manos de un cardiocirujano indio que admitió no poder estar a la altura de las circunstancias de exposición de la Spencer y la dejó. Por eso es que ella emprendió aquella relación con el heredero egipcio y le pasaba datos a sus amigos de la prensa para su beneficio que, a esa altura de su vida, era mostrarse a despecho del elusivo médico. Y aquí me pongo corporativista con mi profesión. Hasta el mismo hermano de Diana se quejó de la prensa y la acusó de su muerte, casi como un "asesinato", cuando la relación entre la melancólica princesa y los fotógrafos y periodistas fue siempre de una necesaria complicidad que beneficiaba a ambas partes. Ella porque lograba las mejores portadas para pretendidos resultados personales, los paparazzi porque recibían fortunas por las imágenes de la longa rubia.

Nada, quería recordar que somos todos erráticos, que todos tenemos claroscuros y aún la mismísima princesa del pueblo tenía sus zonas grises y que no la mató la prensa, ni directa ni indirectamente.

 

Diana, la prensa y la necesidad de poner cada cosa en su lugar

La princesa Diana murió el 31 de agosto de 1997, en el túnel del Alma, en París, después de que el automóvil en el que viajaba con Dodi Al Fayed se estrellara mientras era seguido por fotógrafos. Desde entonces, una parte del relato sobre su muerte quedó prácticamente cristalizada: Diana, la princesa del pueblo, perseguida por unos paparazzi sin escrúpulos que terminaron provocando su muerte.

Es una explicación sencilla. Quizás demasiado sencilla. No hay dudas de que aquella noche hubo fotógrafos persiguiendo el automóvil y de que la persecución forma parte de la historia del accidente. Tampoco hay dudas sobre el grado de ferocidad que había alcanzado la persecución de Diana por parte de determinados medios. Pero una cosa es establecer responsabilidades concretas y otra muy diferente es convertir a "la prensa" en el asesino de Diana.

Treinta años después, quizá sea hora de poner a Diana en su lugar real: ni santa, ni mártir, ni víctima perfecta. Una mujer extraordinariamente famosa, inteligente para algunas cosas, vulnerable para otras, contradictoria, ambiciosa, necesitada de afecto y, sobre todo, perfectamente consciente del enorme valor que tenía su propia imagen.

Porque Diana no fue una mujer sorprendida por la existencia de la prensa. Entró en la familia real británica sabiendo, aunque probablemente sin dimensionar completamente sus consecuencias, que su vida dejaría de ser privada. La monarquía británica no es una familia común. Es una institución pública, sostenida también por símbolos, ceremonias, apariencias y una permanente relación con los medios. Diana sabía quién era Carlos, sabía que Camilla Parker Bowles existía y conocía, al menos en términos generales, las reglas de la casa a la que estaba entrando.

Eso no significa que supiera lo que iba a padecer. Una cosa es conocer las reglas y otra, muy diferente, soportarlas. Pero tampoco podemos borrar sus decisiones posteriores.

Diana aprendió muy pronto que la prensa podía ser una formidable herramienta. Cuando la institución real no le daba una voz suficiente, encontró otra: las fotografías, las entrevistas, las filtraciones y las portadas. Comprendió que una imagen podía decir mucho más que un comunicado oficial. Y comenzó a utilizar ese lenguaje con notable eficacia.

Su relación con determinados periodistas no fue casual. El libro de Andrew Morton sobre Diana, por ejemplo, se construyó a partir de información que llegó desde el entorno de la propia princesa. Eso demuestra, como mínimo, que Diana no era una espectadora pasiva de la maquinaria periodística.

También existen numerosos episodios en los que la oportunidad de determinadas fotografías resulta difícil de separar de una estrategia de exposición. La célebre fotografía de Diana y Dodi Al Fayed en el yate, difundida mundialmente después de ser captada por el fotógrafo Mario Brenna, se convirtió en una de las imágenes más caras y famosas de aquella temporada. Es posible interpretar aquella exposición como una decisión deliberada de Diana para enviar un mensaje: estoy viviendo, estoy rehaciendo mi vida y ya no estoy sometida a las reglas de la Corona.

¿Fue exactamente así? No podemos saberlo con absoluta certeza.

Y justamente ahí comienza la zona que me interesa: la especulación. Porque si aceptamos que Diana comprendía el valor de la prensa, resulta razonable preguntarse cuánto de aquella exposición fue espontáneo y cuánto fue deliberado. No para responsabilizarla por su muerte, sino para devolverle capacidad de decisión. Porque convertirla en una criatura absolutamente pasiva también significa negarle una parte de su inteligencia.

Hay algo más incómodo todavía. La prensa que Diana utilizaba cuando necesitaba hacer llegar un mensaje era la misma prensa que después podía perseguirla. El fotógrafo que servía para conseguir una portada favorable pertenecía al mismo universo profesional que otro fotógrafo dispuesto a seguirla por las calles de Londres o París.

Era un juego peligroso, pero ambas partes conocían las reglas. Diana necesitaba a los medios. Los medios necesitaban a Diana.

Ella obtenía visibilidad, influencia y una extraordinaria capacidad para construir su propia imagen. Los fotógrafos obtenían fotografías que podían valer fortunas. Era una relación de conveniencia mutua. Y como ocurre con muchas relaciones de conveniencia, funcionaba mientras cada uno pudiera controlar su parte del acuerdo.

El problema apareció cuando Diana dejó de controlar la magnitud del fenómeno que ella misma había contribuido a alimentar. La princesa había descubierto el poder de la imagen. Pero el poder de la imagen también tenía dueño: el mercado. Y el mercado no tiene afectos.

Por eso me resulta difícil aceptar el relato posterior según el cual Diana fue simplemente una mujer perseguida por unos hombres malos con cámaras. Es una versión emocionalmente cómoda, pero históricamente insuficiente.

También me resulta insuficiente la interpretación opuesta: que ella habría provocado su propia tragedia por jugar con los medios. Eso sería igualmente injusto.

Entre ambas posiciones existe una zona mucho más interesante: la de una mujer que conocía el mecanismo, lo utilizaba cuando le convenía y, al mismo tiempo, terminó sufriendo las consecuencias de una maquinaria que se volvió imposible de controlar.

Su vida sentimental también estuvo atravesada por esa contradicción.

Después de su separación de Carlos, Diana tuvo una relación con el cirujano Hasnat Khan, un hombre que, según diversos relatos, procuró mantenerse alejado del extraordinario nivel de exposición que acompañaba a la princesa. La relación terminó. Después apareció Dodi Al Fayed, y nuevamente Diana quedó en el centro de la escena mediática.

No hace falta afirmar que todo fue una puesta en escena para admitir que la exposición tenía una utilidad. Una relación visible podía ser también un mensaje. Podía comunicarle algo a Carlos, a la familia real, al público o incluso al propio Hasnat Khan. Podemos especular sobre las motivaciones, pero no convertir la especulación en prueba.

Y esa diferencia es fundamental. Porque alrededor de Diana se construyó, después de su muerte, una industria entera de interpretaciones. Cada gesto adquirió un significado. Cada fotografía pasó a ser una pista. Cada silencio, una confesión. Cada decisión, una pieza de una conspiración. Quizás deberíamos resistirnos a esa tentación.

Diana fue una persona. Y las personas somos mucho menos coherentes que los personajes que construimos después sobre ellas.

Tenía luces y sombras. Podía ser generosa y también calculadora. Podía buscar afecto y, al mismo tiempo, buscar reconocimiento. Podía sentirse perseguida y utilizar deliberadamente la atención que recibía. Podía querer escapar de la prensa y necesitarla desesperadamente.

Nada de eso la convierte en responsable de su muerte.

Aquella noche hubo, además de los fotógrafos, otros factores decisivos: la conducción de Henri Paul, las circunstancias del vehículo, la seguridad y las decisiones tomadas en los minutos previos al accidente. La investigación oficial británica concluyó que la conducción del automóvil y la presencia de los paparazzi fueron factores relevantes, pero no es lo mismo hablar de responsabilidad en un accidente que afirmar que "la prensa mató a Diana".

Esa frase pertenece más al mito que al análisis. Y aquí sí me permito ser corporativista con mi profesión. La prensa puede ser invasiva, irresponsable y brutal. Los paparazzi pueden cruzar límites inadmisibles. Pero atribuirle a un colectivo entero la muerte de una persona es una simplificación que impide comprender lo ocurrido.

No creo que Diana haya sido una santa. Tampoco creo que haya sido una manipuladora maquiavélica. Creo que fue una mujer que aprendió las reglas de un juego extraordinariamente poderoso y que, como suele ocurrir con quienes juegan con el poder, terminó descubriendo que conocer las reglas no significa controlar el resultado.

Quizás la verdadera manera de recordar a Diana sea dejar de convertirla en un personaje perfecto. No necesitamos una princesa mártir. Necesitamos a Diana Spencer, con sus decisiones, sus errores, sus contradicciones, sus aciertos y sus zonas que jamás podremos conocer. Y aceptar, incluso, que algunas preguntas quedarán abiertas.

Porque ponerla en su lugar real no significa quitarle importancia a su muerte. Significa algo mucho más sencillo y mucho más difícil: no confundir a la mujer con el mito que construimos después de ella.

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