26 de febrero, 2026
Actualidad

Investigaciones abren nuevas pistas sobre la relación entre la convivencia con mascotas y el desarrollo emocional y conductual de los niños. Los hallazgos sugieren que no todos los animales domésticos influyen de la misma manera, y que el tipo de mascota, la constancia del vínculo y la etapa del desarrollo infantil importan para comprender los efectos en la salud mental.

En una casa del barrio Autonomía, un nene de ocho años cambia el agua de la pecera antes de ir a la escuela. En otra, en La Banda, una adolescente alimenta a su conejo mientras repasa la tarea. No son escenas extraordinarias. En Santiago del Estero, como en gran parte del país, los animales domésticos forman parte de la vida familiar.

Lo que ahora empieza a estudiarse con mayor precisión es cómo ese vínculo cotidiano puede influir en la salud mental infantil.

Estudios, realizados en España en el marco del proyecto INMA, evaluaron la presencia de mascotas en el hogar y luego analizaron indicadores de salud mental, como problemas de ansiedad, tristeza, hiperactividad o dificultades de conducta.

Uno de los hallazgos más llamativos fue que la convivencia constante con pequeños animales, como hámsteres, tortugas, peces o conejos, se asoció con menor riesgo de problemas emocionales internalizantes, es decir, aquellos vinculados a ansiedad o retraimiento.

En cambio, la presencia intermitente de gatos mostró asociaciones más ambiguas, y en el caso de los perros no se encontraron diferencias significativas en ese estudio específico.

Los investigadores advierten que se trata de asociaciones estadísticas y no de relaciones de causa-efecto directas. Sin embargo, la evidencia abre una puerta: la interacción estable con un animal puede formar parte del entorno que favorece el desarrollo emocional.

 

LA REALIDAD LOCAL

En Santiago del Estero, la tenencia de mascotas es habitual. Perros y gatos predominan, pero también es común encontrar aves, conejos y peces en hogares urbanos y rurales.

El vínculo con una mascota puede:

  • Favorecer rutinas y responsabilidad.
  • Estimular la empatía.
  • Brindar contención afectiva en momentos de estrés escolar o familiar.
  • Reducir la sensación de soledad, especialmente en hijos únicos.

Los especialistas plantean que los pequeños animales implican tareas simples y repetitivas: dar alimento, limpiar una pecera, cambiar el aserrín de una jaula. Esas actividades estructuran rutinas y permiten que el niño experimente una forma concreta de cuidado.

A diferencia de perros grandes, que demandan paseos, entrenamiento y mayor supervisión adulta, un hámster o un pez ofrecen una interacción más estable y previsible.

En contextos donde la vida cotidiana puede estar atravesada por inestabilidad económica o estrés familiar, esa previsibilidad no es un dato menor.

 

ENTRE EL AFECTO Y LA RESPONSABILIDAD

La incorporación de una mascota no debería pensarse únicamente como una herramienta emocional. También implica compromiso, gastos veterinarios y condiciones adecuadas de cuidado.

En Santiago del Estero, el vínculo entre infancia y animales también se construye a través de la adopción y la educación. Refugios como El Montecito de los Canichones y Bichos trabajan en el rescate y recuperación de animales, especialmente perros y gatos abandonados, y promueven adopciones responsables que muchas veces incluyen a familias con niños. Desde estos espacios señalan que el proceso de adoptar, con entrevistas, seguimiento y compromiso,  puede convertirse en una experiencia formativa para los más chicos, que participan del cuidado, aprenden sobre empatía y comprenden el impacto del abandono animal.

A esto se suman granjas educativas de la provincia, como Granja Estilo Campo y Granja Las Catas, donde se organizan visitas para que niñas y niños tengan contacto directo con animales de granja, conozcan rutinas de alimentación y desarrollen respeto por otras formas de vida. Estos espacios comunitarios funcionan como puentes entre el aprendizaje, el afecto y la responsabilidad.

Aún así, las organizaciones proteccionistas insisten en la adopción responsable y en evitar la compra impulsiva de animales como “regalo” para niños sin planificación previa.

Porque si el vínculo es positivo, puede fortalecer la autoestima y la regulación emocional. Pero si el animal es abandonado o descuidado, el efecto puede ser el contrario.

 

MÁS ALLÁ DE LA CIENCIA

Más allá de los datos estadísticos, quienes crecieron con una mascota suelen recordar ese vínculo como parte central de su infancia. La ciencia empieza a poner números a algo que muchas familias ya intuían: la relación con un animal puede ser significativa en el desarrollo emocional.

No se trata de convertir a los animales en terapia ni en solución mágica. Pero sí de reconocer que, en el entramado complejo de la salud mental infantil, el afecto, la rutina y el cuidado compartido también cuentan.

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