14 de mayo, 2026
Colaboración

En la Argentina, pocas herramientas electorales generaron tantas expectativas en su nacimiento y tanta controversia en su madurez como las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias.

Las PASO, creadas en 2009, durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner tras la derrota oficialista en las legislativas de ese año, fueron concebidas como un mecanismo para democratizar la vida interna de los partidos políticos, transparentar las candidaturas y ordenar un sistema partidario fragmentado y personalista.

Quince años después, el instrumento parece haber perdido buena parte de su legitimidad social y política. Lo que nació como una solución institucional hoy es visto, por amplios sectores, como un problema costoso, desgastante y funcional a las estrategias de supervivencia de la dirigencia.

El debate volvió a encenderse con fuerza a partir de la decisión del gobierno de Javier Milei de impulsar una reforma política que incluye la eliminación o suspensión de las PASO. La discusión no es menor: detrás del argumento económico y del cansancio social se esconde una profunda disputa de poder que atraviesa al oficialismo, a la oposición y también al futuro del sistema político argentino.

Las PASO fueron aprobadas mediante la Ley 26.571, en diciembre de 2009. El kirchnerismo argumentaba entonces que la política argentina necesitaba partidos más sólidos y menos estructuras improvisadas. El objetivo declarado era terminar con las candidaturas “a dedo”, abrir la participación ciudadana y evitar la proliferación de sellos electorales sin representatividad.

En teoría, el mecanismo tenía lógica. Todos los partidos debían dirimir sus candidaturas el mismo día, con participación obligatoria del electorado. Además, se estableció un piso mínimo del 1,5% de los votos para acceder a la elección general, lo que funcionaba como filtro para fuerzas pequeñas.

Durante los primeros años, las PASO mostraron cierto dinamismo. Permitieron resolver internas competitivas, ordenar alianzas y ofrecer una fotografía anticipada del escenario electoral. Sin embargo, con el tiempo fueron mutando. La mayoría de los espacios políticos comenzó a utilizarlas no para competir internamente, sino como una gigantesca encuesta nacional financiada por el Estado.

La paradoja terminó siendo evidente: el sistema creado para democratizar partidos derivó en estructuras donde casi nunca hay competencia real. En la práctica, muchas veces las PASO se transformaron en una elección general previa, donde los ciudadanos concurren a votar listas únicas ya definidas por las cúpulas políticas.

Uno de los argumentos más fuertes del gobierno nacional para impulsar su eliminación es el económico. Organizar una elección nacional implica una maquinaria gigantesca: logística, seguridad, despliegue de personal, correo electoral, publicidad y financiamiento partidario.

En un contexto de ajuste fiscal extremo, déficit crónico y caída de la recaudación, la discusión sobre el gasto electoral encontró terreno fértil.

Pero el malestar social va mucho más allá de los números. Existe un hastío creciente frente a una dinámica política que parece vivir en campaña permanente. Cada dos años, la Argentina entra en un ciclo interminable de elecciones, internas, spots, jingles, actos y promesas. Las calles vuelven a cubrirse de carteles, pasacalles y pancartas que ensucian ciudades y rutas. Las redes sociales se saturan de anuncios pagos. La televisión y la radio quedan colonizadas por discursos repetidos hasta el cansancio.

Y en el medio, una sensación compartida por gran parte de la sociedad: los políticos aparecen con intensidad sólo cuando necesitan votos.

Las campañas, además, parecen haber perdido contenido. Abundan las frases vacías, las promesas grandilocuentes y los slogans diseñados por consultores de marketing. Escasean, en cambio, los programas de gobierno detallados, las discusiones de fondo y las explicaciones concretas sobre cómo resolver los problemas estructurales del país.

La desconfianza social hacia la dirigencia convirtió a las PASO en blanco fácil. Para muchos ciudadanos, representan un gasto innecesario y una molestia más dentro de una democracia que perciben distante de sus necesidades cotidianas.

El oficialismo encontró allí una bandera políticamente rentable. La administración de Milei busca capitalizar el rechazo social a “la casta” y presentar la eliminación de las PASO como un gesto de austeridad y racionalidad institucional.

La iniciativa enviada al Congreso forma parte de una reforma política más amplia que también incluye cambios en el financiamiento electoral y modificaciones vinculadas a la boleta única. Sin embargo, el Gobierno sabe que no podrá imponer todo el paquete sin negociación.

En el Senado, donde las provincias pesan de manera decisiva, los gobernadores se transformaron en actores centrales. Allí aparece el verdadero juego político: detrás de cada postura respecto de las PASO existen intereses territoriales, alianzas coyunturales y cálculos electorales.

Algunos mandatarios provinciales acompañan la idea oficialista argumentando razones presupuestarias y eficiencia estatal. Otros entienden que las PASO ya no cumplen su función original. Pero también hay quienes las consideran imprescindibles para ordenar coaliciones fragmentadas y evitar fracturas traumáticas.

La discusión, por lo tanto, no es solamente institucional: es profundamente estratégica. La posible eliminación de las PASO impacta de lleno sobre la relación entre PRO y La Libertad Avanza. Hoy ambos espacios atraviesan un vínculo ambiguo: cooperación parlamentaria, coincidencias ideológicas parciales y una competencia latente por el liderazgo del electorado de centroderecha.

Para el PRO, las PASO representan una herramienta clave. Sin ellas, el partido fundado por Mauricio Macri corre el riesgo de diluirse progresivamente dentro del universo libertario. Las internas abiertas permitirían dirimir liderazgos y sostener volumen político frente al avance de Milei.

En cambio, para La Libertad Avanza las PASO pueden resultar incómodas. El oficialismo apuesta a consolidar un liderazgo vertical alrededor de Milei y reducir disputas internas que expongan debilidad o fragmentación. Cuantas menos instancias electorales existan antes de la elección general, mayor capacidad tendrá el Presidente para ordenar candidaturas desde la centralidad de su figura.

La tensión es evidente. Mientras algunos sectores del PRO imaginan una fusión progresiva con el mileísmo, otros temen desaparecer absorbidos por una fuerza que crece electoralmente pero que aún carece de estructura territorial sólida.

Sin PASO, las negociaciones de candidaturas quedarían encerradas en acuerdos de cúpula. Con PASO, las diferencias podrían ventilarse públicamente y redefinir liderazgos.

Si para el oficialismo las PASO representan un obstáculo, para el peronismo son hoy una necesidad política. Tras la derrota de Unión por la Patria y la pérdida del poder nacional, el universo peronista atraviesa un proceso de fragmentación y redefinición. Gobernadores, intendentes, kirchneristas duros, sindicalismo y dirigentes moderados disputan la conducción futura del espacio.

En ese contexto, eliminar las PASO implicaría quitar una herramienta capaz de ordenar una interna compleja. Muchos mandatarios provinciales entienden que las primarias podrían funcionar como mecanismo de legitimación para la futura conducción opositora.

No es casual que varios gobernadores peronistas rechacen la iniciativa oficialista. Necesitan una instancia institucionalizada para evitar que las tensiones internas deriven en rupturas irreparables.

Paradójicamente, el sistema creado por el kirchnerismo hoy aparece como una posible tabla de salvación para reorganizar al peronismo después de la derrota.

Más allá de las conveniencias partidarias, el debate revela una crisis más profunda: la desconexión entre la política y la sociedad.

Las PASO nacieron para fortalecer la democracia interna, pero terminaron convertidas muchas veces en una formalidad vacía. La ciudadanía observa campañas millonarias, disputas personalistas y promesas reiteradas que rara vez se traducen en mejoras concretas.

La pregunta de fondo es si el problema son las PASO o la degradación general del sistema político.

Eliminar las primarias puede reducir costos y simplificar el calendario electoral. Pero también podría fortalecer el poder de las cúpulas partidarias y reducir la participación ciudadana en la selección de candidatos.

Mantenerlas sin modificaciones, en cambio, parece difícil de justificar frente al desgaste económico y social que generan.

Tal vez la discusión no deba plantearse entre continuidad o eliminación absoluta, sino alrededor de una reforma integral que recupere el sentido original del instrumento: internas reales, menos gasto, campañas más cortas y reglas que acerquen nuevamente la política a la sociedad.

Porque el problema no es solamente cuántas veces votan los argentinos. El verdadero problema es que millones sienten que votan cada vez más, pero son escuchados cada vez menos.

Julio César Coronel

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