La tierra que lo vio crecer como empresario hoy aparece en su relato como un lugar de envidiosos. Petros volvió a escena con críticas a Santiago, renegando de la tierra que lo vio crecer.
Hay algo de paradoja -y también de una ironía difícil de disimular- en escuchar a Ramiro Petros definir a Santiago del Estero como “la capital de la envidia”. Lo dice después de haber construido buena parte de su imagen pública en esta provincia, donde fue empresario de la noche, desplegó sus negocios y se convirtió en un nombre conocido mucho antes de que su historia judicial ocupara los titulares.
Ahora, tras recuperar la libertad bajo una fianza de 75 millones de pesos, Petros volvió a hablar. En una entrevista con Luciana Llapur, para el ciclo Primera Mañana de Info Stream, repasó su vida, sus años en el ambiente nocturno, su paso por Miami y sus desencuentros con la sociedad santiagueña. Y dejó una frase que no pasó inadvertida: “Santiago del Estero es la capital de la envidia”.
La sentencia parece ubicar el problema afuera, en los otros, en quienes miran, comentan, cuestionan o, según su interpretación, no soportan el éxito ajeno. Petros se presenta como alguien que aprendió a tomar distancia, que elige con quién vincularse y que ya no necesita la aprobación de nadie.
Pero hay una pregunta que el relato deja flotando: ¿se puede hablar de Santiago como si fuera apenas un lugar que quedó atrás, cuando fue también el escenario donde se construyó buena parte de la propia identidad pública?
No debería olvidarse que antes de Miami, antes de la actual causa judicial, estuvo la noche santiagueña, los boliches, los contactos, las cenas, los negocios y una presencia pública que el propio Petros reconoce que supo utilizar como herramienta para vender.
Durante la entrevista, Petros recordó que entendía la importancia de mostrarse. “Yo tengo que ser el mejor vendedor de mi negocio”, explicó al reconstruir su etapa como empresario nocturno. No era un detalle menor que su figura también formaba parte del espectáculo. Según relató, llegó a manejar cuatro boliches y un restaurante, organizaba encuentros, cultivaba contactos y sabía que, en ese mundo, la exposición podía convertirse en una herramienta comercial.
En otras palabras, Santiago no fue solamente el lugar donde vivía. Fue el escenario de una actividad que contribuyó a darle notoriedad. La provincia fue parte de su historia empresarial y social, de esa identidad de hombre de negocios que hoy vuelve a presentar ante las cámaras.
Por eso, cuando ahora describe a su tierra como un territorio dominado por la envidia, la frase adquiere otro peso. No habla un observador que llegó de paso, sino alguien que construyó aquí una parte importante de su trayectoria pública.
La ironía aparece sola: durante años, la exposición santiagueña podía ser útil para promocionar sus negocios; ahora, la mirada de los santiagueños parece convertirse, en su relato, en una de las explicaciones de sus desencuentros.
ÉXITO PROPIO, ENVIDIA AJENA
Petros aseguró que muchas personas cuestionan el éxito de los demás. También reconoció que tiene pocos amigos y que prefiere evitar determinados comentarios. En su visión, el problema parece estar en una sociedad que observa demasiado y celebra poco.
Pero hay una diferencia entre cuestionar una conducta concreta y descalificar a una provincia entera. “La capital de la envidia” es una frase amplia, de esas que caben perfectamente en un título y que, justamente por eso, merecen ser examinadas con cuidado.
¿A quiénes se refiere? ¿A personas de su entorno? ¿A quienes cuestionaron sus negocios? ¿A quienes comentaron su situación judicial? ¿O a una sociedad completa?
Santiago del Estero no es una sola voz ni una única mirada. Mucho menos puede reducirse a la explicación que un empresario ofrece sobre sus conflictos personales.
Y si de mirar por encima del hombro se trata, también cabe recordar que la notoriedad no se construye en soledad. La noche necesita público, los negocios necesitan clientes y la fama necesita gente que mire. El mismo escenario que permite convertirse en personaje es el que, inevitablemente, habilita a los demás a opinar sobre ese personaje.

UNA FORTUNA, MUCHOS INTERROGANTES
Petros habló del dinero como un instrumento. “El dinero es un vehículo que, cuando lo utilizás bien, sirve y ayuda”, dijo. También afirmó que, a los 49 años, ya no le atribuye la misma importancia que antes.
Sin embargo, su trayectoria empresarial y su historia judicial no pueden separarse como si pertenecieran a dos vidas distintas. La investigación que hoy lo tiene como principal imputado se originó en reclamos vinculados a presuntas operaciones financieras. Según la hipótesis fiscal, habría funcionado una estructura informal conocida como “mesa de dinero”, mediante la cual se captaba dinero de particulares con la promesa de rendimientos elevados. Las denuncias incluyen préstamos incumplidos, cheques rechazados, operaciones comerciales frustradas, compraventa de vehículos de alta gama y presuntas falsificaciones documentales.
Las estimaciones hablan de perjuicios superiores a los 500 millones de pesos, aunque no se presenta un monto oficial consolidado. Petros niega las acusaciones y sostiene que algunas operaciones fueron realizadas por terceros; también afirma haber sido víctima de maniobras irregulares.
Nada de eso autoriza a afirmar que su fortuna provenga de hechos ilícitos. Eso deberá determinarlo la Justicia. Pero sí permite recordar que, mientras el empresario habla de dinero, éxito y envidia, existe una investigación que intenta establecer qué ocurrió con operaciones económicas que, según los denunciantes, les ocasionaron perjuicios.
El contraste es inevitable. En la entrevista, el dinero aparece como símbolo de una vida de logros; en el expediente, es el centro de una investigación que todavía debe esclarecer responsabilidades.
EL PERSONSAJE
En otro tramo de la entrevista, Petros se distanció de la imagen pública que se construyó alrededor de su nombre: “Ese Ramiro, yo a ese Ramiro no lo conozco”, expresó. Incluso dijo que esa figura sería “la antítesis” de lo que es como persona.
La frase plantea una separación entre el hombre y el personaje. Pero ese personaje no apareció de la nada. Fue alimentado por años de exposición, negocios, vida nocturna y presencia social. Petros reconoció que sabía que debía formar parte del espectáculo para vender sus emprendimientos.
Ahora, en cambio, parece preferir una distancia crítica respecto de quienes lo observan. El problema, quizás, no sea que cuestione a Santiago: cualquiera puede hacerlo. El punto es que su crítica llega envuelta en una generalización que coloca a toda una provincia bajo una misma sospecha, mientras deja en segundo plano la relación que él mismo mantuvo con ese lugar.
Santiago fue el territorio donde desarrolló negocios, construyó contactos y alcanzó notoriedad. No hay documentación que permita establecer qué proporción de su patrimonio se originó aquí ni reconstruir el origen completo de su fortuna. Pero sí hay elementos suficientes para señalar que su historia pública está profundamente ligada a la provincia que hoy cuestiona.

LA ENVIDIA COMO EXPLICACIÓN
Petros también dijo sentirse orgulloso de cómo atravesó estos años, aseguró tener la conciencia tranquila y afirmó que mantiene la cabeza en alto. Es su balance personal. Pero una entrevista no borra un expediente, así como una frase contundente no convierte una percepción individual en una descripción objetiva de toda una sociedad.
Quizás la pregunta más incómoda no sea por qué Santiago lo envidia -algo que no puede darse por probado-, sino por qué su relato necesita presentar a la provincia como el lugar desde el que vienen las miradas hostiles, las críticas y los cuestionamientos.
Hay una ironía en renegar del escenario que ayudó a construir la propia imagen. También la hay en reivindicar el éxito individual mientras se atribuyen los conflictos a la incapacidad ajena de tolerarlo. Y hay, sobre todo, una diferencia entre sentirse incomprendido y responder por hechos concretos ante la Justicia.
Petros puede decir que Santiago es la capital de la envidia. Puede sostener que no se reconoce en el personaje público que otros ven y puede afirmar que el dinero ya no ocupa el centro de su vida. Pero su historia con esta tierra no se limita a los desencuentros que hoy relata, también incluye los negocios, la exposición y la notoriedad que lo convirtieron en una figura conocida.
La provincia no es solamente el lugar al que se le puede reprochar una supuesta envidia. También es parte del escenario en el que Petros construyó su nombre. Y esa parte de la historia, por más que no entre cómodamente en el relato de la entrevista, sigue ahí.