Durante el verano, el uso de piletas aumenta en hogares y espacios recreativos, lo que también incrementa el riesgo de accidentes infantiles. La información, la supervisión activa y la preparación ante una emergencia pueden marcar la diferencia entre un susto y una tragedia evitables.
Una tarde de verano y el sol cae fuerte sobre el patio. La pileta vibra con las voces de los niños. Entre salpicaduras y carreras, la sensación de «todo está bajo control» parece mantenerse. Pero bastan segundos de distracción para que la alegría se transforme en angustia.
El agua, que refresca y entretiene, puede volverse peligrosa si no se toman decisiones conscientes y medidas claras de seguridad. El sonido de un chapuzón puede significar diversión… o el inicio de una emergencia que nadie quiere vivir. Por eso, más allá de las risas y los saltos, hay que detenerse un momento y pensar en cómo cuidamos a los más pequeños en la pileta y qué hacer si ocurre lo impensado.
Con la llegada de las altas temperaturas, las piletas se convierten en uno de los espacios más utilizados por las familias para sobrellevar el calor. Sin embargo, lo que suele asociarse al descanso y la recreación también representa uno de los principales escenarios de riesgo para la infancia. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) destaca que el ahogamiento es una causa principal de muerte en niños en las Américas, especialmente entre 1 y 14 años.
Especialistas en salud y organismos sanitarios coinciden en que la prevención y la información adecuada son las herramientas más eficaces para reducir accidentes. La clave está en comprender que ningún dispositivo reemplaza la supervisión adulta y que, ante una emergencia, saber cómo actuar puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

MEDIDAS FUNDAMENTALES DE PREVENCIÓN
La supervisión constante es la piedra angular de la seguridad acuática cuando hay niños cerca o dentro del agua. Los pequeños pueden deslizarse y caer sin hacer ruido, incluso cuando hay adultos alrededor, y el riesgo de ahogamiento ocurre incluso en pocos centímetros de agua. Por eso:
Además de estos cuidados físicos, es recomendable que los niños aprendan natación adaptada a su edad y nivel, aunque saber nadar no exime de supervisión estricta, y que los adultos tomen cursos de primeros auxilios y reanimación cardiopulmonar (RCP) para estar preparados ante cualquier eventualidad.
CÓMO ACTUAR ANTE UN AHOGAMIENTO
Aun con todas las medidas de prevención, puede ocurrir una emergencia. El ahogamiento es una emergencia médica que requiere intervención inmediata. La falta de oxígeno afecta rápidamente al cerebro y otros órganos vitales.
1. Rescate inmediato
Si un niño no sale a flote o está sumergido, hay que sacarlo del agua de inmediato. Cada segundo cuenta.
2. Evaluar la respiración y el pulso
Una vez fuera del agua, hay que comprobar si respira y si tiene pulso. Si está consciente y respira normalmente, se lo debe colocar de lado para facilitar la salida de agua y observar su evolución.
3. Llamar a emergencias
Si el niño no respira, hay que pedir ayuda urgente. La operadora de emergencia medicas puede guiar e indicar que pasos seguir mientras llega la asistencia.
4. Iniciar RCP si es necesario
Si no respira y no tiene pulso se debe realizar maniobras de RCP.
Desde la Fundación Cardiológica Argentina se recomienda:
Si sale líquido por la boca, coloque al niño un momento de costado para que lo elimine, y continúe con las maniobras RCP.
No detenga la RCP hasta que llegue la ambulancia o el niño se recupere. Si el adulto que realiza las maniobras se encuentra fatigado, debe reemplazarlo por otra persona.
5. No interrumpir las maniobras innecesariamente
Si se realiza el rescate solo, es preferible comenzar RCP de inmediato y luego pedir ayuda que perder tiempo.
6. Cuidados posteriores
Si el niño revive, mantenerlo abrigado, retirar la ropa mojada y prestar atención a cualquier signo de dificultad respiratoria o malestar. Incluso cuando parezca estable, una evaluación médica es imprescindible.
Estas secuelas pueden manifestarse de manera inmediata o progresiva, lo que refuerza la necesidad de atención médica aun cuando el niño recupere la conciencia tras el rescate.
El ahogamiento infantil no suele ser producto de imprudencias extremas, sino de segundos de descuido en contextos cotidianos. Por eso, la prevención no debe entenderse como una recomendación opcional, sino como una responsabilidad adulta.
Garantizar entornos seguros, supervisar activamente y estar preparados para actuar ante una emergencia son acciones que pueden evitar consecuencias irreparables. La pileta puede y debe ser un espacio de disfrute, pero solo cuando el cuidado y la conciencia del riesgo ocupan un lugar central.