16 de julio, 2026
Colaboración

Hay escenas que valen más que cien discursos. La política, como el teatro, está hecha de símbolos, de gestos y de imágenes. Y pocas imágenes sintetizan mejor la mutación que atraviesa Javier Milei que aquella en la Catedral Metropolitana, donde hace apenas un año protagonizaba uno de los episodios más comentados de la transición presidencial al negarle el saludo a Jorge Macri.

La escena recorrió el país, el entonces presidente electo no disimulaba su desprecio por una parte importante de la dirigencia política a la que definía, sin matices, como "la casta". Un año después, el cuadro parece sacado de otra película, los mismos protagonistas en la misma liturgia institucional, pero esta vez aparecen las sonrisas, las fotografías familiares, las felicitaciones, la cordialidad con su esposa y su hijo.

Nada queda del hombre que parecía dispuesto a dinamitar cualquier protocolo en nombre de una autenticidad brutal, el Milei del desprecio parece haber dado paso al Milei de los abrazos. Y cuando la política cambia tan rápido, siempre conviene hacerse la misma pregunta: ¿cambió la realidad o cambió el personaje?

Pero la transformación no termina allí, el día anterior en Tucumán volvió a ofrecer otra postal impensada meses atrás, trece gobernadores acompañando al presidente en Tucumán, muchos de ellos habían sido destinatarios permanentes de insultos, descalificaciones y acusaciones de integrar el viejo sistema político responsable de todos los males argentinos, sin embargo, allí estaban, compartiendo un acto oficial.

También estaba Victoria Villarruel, la misma vicepresidenta con la que la relación política parecía haber ingresado en un punto de no retorno, aquella que desde el propio oficialismo se buscó aislar políticamente terminó formando parte de una celebración que procuró transmitir una imagen de institucionalidad y unidad.

Las fotografías hablan, la pregunta también. ¿Qué ocurrió con aquel presidente que parecía disfrutar del conflicto permanente? Porque el cambio no es únicamente gestual, también alcanza el corazón mismo del poder.

Durante la campaña electoral Milei construyó su identidad alrededor de una promesa sencilla de entender y muy difícil de cumplir: terminar con la casta, no era solamente un slogan, era un método, una identidad, una religión política, los partidos tradicionales eran el enemigo, los gobernadores eran parte del problema, los dirigentes del PRO eran socios del fracaso, los acuerdos eran sinónimo de decadencia, los pactos eran una claudicación moral.

Sin embargo, la práctica terminó imponiendo su propia lógica, la reciente designación de un jefe de Gabinete con una larga trayectoria dentro del PRO constituye probablemente la expresión más visible de esa metamorfosis.

Ya no se trata de un libertario puro, no se trata de alguien surgido exclusivamente del universo ideológico libertario, es un dirigente formado precisamente en ese espacio político al que durante años se identificó como parte de la famosa casta.

Nada tiene de ilegítimo incorporar experiencia política, gobernar exige capacidades que muchas veces exceden el entusiasmo ideológico, lo llamativo es otra cosa, es la velocidad con la que se abandonó un discurso que parecía innegociable, porque una cosa es admitir que la realidad obliga a corregir estrategias y otra muy distinta es terminar haciendo exactamente aquello que durante años se convirtió en bandera moral para descalificar a los demás.

La política argentina ha conocido numerosos casos de dirigentes que llegaron prometiendo cambiar las reglas para terminar adaptándose a ellas, la historia está llena de revolucionarios que descubrieron las ventajas del establishment apenas cruzaron la puerta del poder.

Milei corre el riesgo de ingresar a esa larga lista, porque la coherencia, en política, vale tanto como los resultados y cuando ambas empiezan a separarse, el capital simbólico comienza lentamente a erosionarse. Naturalmente, ningún gobierno puede vivir únicamente del relato, las elecciones no se ganan solamente con fotografías, mucho menos con sonrisas.

El verdadero problema aparece cuando la economía cotidiana deja de acompañar el optimismo oficial, es cierto que algunos indicadores macroeconómicos muestran una estabilización que hace un año parecía imposible, la inflación dejó atrás aquellos niveles explosivos, se recuperó cierto orden fiscal, los mercados observan con mejores ojos algunas variables, el riesgo país ya no ocupa todos los titulares.

Desde el punto de vista de la macroeconomía existen datos que el Gobierno exhibe como logros propios pero la política nunca se vota desde una planilla de Excel, se vota desde el bolsillo y allí la historia todavía luce muy distinta.

La microeconomía sigue siendo el gran talón de Aquiles del oficialismo, el consumo continúa deprimido, miles de pequeños comercios apenas sobreviven, la actividad económica todavía no consigue recuperar niveles suficientes para generar una sensación social de prosperidad, el salario continúa corriendo detrás de las necesidades, las familias siguen reorganizando permanentemente sus gastos, la recuperación prometida todavía no se traduce de manera uniforme en la mesa de los argentinos.

Mientras la macro celebra, la micro espera y en democracia las elecciones suelen decidirse bastante más por la segunda que por la primera, quizás por eso también se entiende este nuevo Milei, más moderado, más diplomático, más cuidadoso, menos confrontativo, más dispuesto a negociar, más dispuesto a convivir con quienes hasta hace poco eran presentados como enemigos irreconciliables.

La necesidad electoral suele domesticar incluso a los liderazgos más temperamentales, todo presidente descubre tarde o temprano que gobernar exige sumar voluntades. La pregunta es hasta qué punto esa moderación responde a una evolución política genuina o simplemente constituye una estrategia transitoria para atravesar un calendario electoral complejo.

También aquí aparecen señales interesantes, el Gobierno parece haber iniciado una política de acercamiento hacia distintos gobernadores, no únicamente mediante el diálogo institucional.

También a través de negociaciones vinculadas con nombramientos judiciales, fiscales federales y distintos espacios de poder que históricamente integran la arquitectura de cualquier acuerdo político, no sería una novedad, la política argentina funciona así desde hace décadas, los gobiernos negocian, los gobernadores negocian, el Congreso negocia.

El interrogante vuelve a ser otro. ¿Qué diferencia existe entonces entre esta ingeniería política y aquella que durante años fue denunciada como expresión acabada de la casta?

Porque si todo termina resolviéndose mediante acuerdos de poder, distribución de cargos y conveniencias recíprocas, la frontera moral que Milei construyó durante años comienza a volverse extraordinariamente difusa.

Y allí aparece inevitablemente la vieja fábula del escorpión, aquel animal que, aun sabiendo que su picadura terminaría perjudicándolo a él mismo, no podía dejar de clavar el aguijón porque actuaba conforme a su naturaleza.

Muchos gobernadores probablemente hoy celebren esta etapa dialoguista, otros quizás la observen con prudencia, la experiencia política argentina enseña que las alianzas construidas exclusivamente sobre necesidades coyunturales suelen tener fecha de vencimiento.

Cuando la necesidad desaparece, también desaparecen muchas lealtades, y cuando el conflicto reaparece, suele hacerlo con mayor intensidad.

¿Hasta cuándo durará entonces esta versión conciliadora del presidente? ¿Hasta dónde llegará el dirigente que hoy sonríe junto a quienes ayer despreciaba? ¿Qué ocurrirá cuando pasen las elecciones? ¿Volverá el Milei que convertía cada conferencia de prensa en una batalla verbal? ¿Regresarán los insultos? ¿Volverán las descalificaciones personales? ¿Reaparecerá el lenguaje agresivo que caracterizó buena parte de su construcción política? Son preguntas que todavía no tienen respuesta, pero sí tienen antecedentes.

La personalidad política de Milei nunca fue precisamente moderada, su capital electoral nació de la confrontación, de la incorrección política, del discurso sin filtros, del insulto convertido en herramienta de comunicación, del enfrentamiento permanente. Ese estilo le permitió construir una identidad potente cuando era opositor, pero gobernar exige otra cosa.

El problema aparece cuando el cambio resulta tan abrupto que muchos comienzan a preguntarse cuál de las dos versiones representa realmente al presidente. Si la del combatiente permanente o la del dirigente dialoguista, porque ambas parecen difíciles de reconciliar. Quizás la mayor paradoja sea que, intentando demostrar capacidad para construir consensos, Milei corre el riesgo de parecerse justamente a aquello que prometió reemplazar.

La política tradicional también sonreía en las fotografías, ambién buscaba gobernadores, también negociaba cargos, también construía mayorías, también moderaba discursos en tiempos electorales.

Todo eso era, precisamente, la casta, y si el método termina siendo el mismo, la pregunta deja de apuntar a las personas para dirigirse hacia el sistema. Tal vez el problema nunca haya sido únicamente la casta, tal vez el verdadero problema sea que el poder termina moldeando a casi todos por igual. Porque el poder domestica, el poder obliga, enseña y muchas veces transforma a quienes juraban que jamás serían transformados.

La política argentina ya vio demasiadas metamorfosis como para sorprenderse fácilmente, lo verdaderamente novedoso sería que un dirigente lograra llegar al poder sin abandonar aquello que lo hizo diferente. Por ahora, Javier Milei parece transitar exactamente el camino inverso.

A medida que consolida el poder, se parece cada vez menos al dirigente que prometía dinamitar las viejas prácticas y cada vez más al presidente que aprende los códigos tradicionales de la política que tanto cuestionó.

Quizás sea simplemente el precio inevitable de gobernar o quizás sea la confirmación de que ninguna revolución resiste demasiado tiempo el contacto cotidiano con el poder.

Al final, la incógnita que comienza a recorrer la conversación pública ya no es solamente si Milei podrá ganar las próximas elecciones, la verdadera pregunta es otra. ¿Estamos frente a una maduración política producto del ejercicio del gobierno o ante una metamorfosis cuidadosamente diseñada para ampliar su base electoral? Y si mañana desapareciera esa necesidad, ¿seguiría existiendo este Milei moderado?

Como dirían las abuelas, el tiempo suele desenmascarar aquello que el entusiasmo intenta ocultar. Y será el propio presidente quien deba demostrar si este cambio expresa una convicción auténtica o si se trata de una transformación tan frágil y circunstancial como ese viejo papel de barrilete -o de cohete- que aparenta fortaleza hasta que el primer viento fuerte lo deshace entre las manos.

Julio César Coronel                                    

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