Cada cuatro años el mundo descubre que existen dos formas completamente distintas de entender el fútbol. Mientras una consiste en jugarlo, la otra consiste en analizar si alguien se sintió ofendido mientras lo jugaban.
Este Mundial volvió a demostrar que la distancia cultural entre ambas concepciones es mucho mayor que la que separa a Europa de Sudamérica. Mientras unos discuten esquemas tácticos, otros analizan si un relator elevó demasiado la voz.
Mientras algunos disfrutan un caño, una gambeta o una cargada, otros elaboran largas reflexiones sobre el impacto emocional que podría provocar un meme.
Es el Mundial de los ofendidos, no porque el fútbol haya cambiado, sino porque cambió la forma de mirarlo y mucha culpa la tiene la FIFA.
En Argentina, el fútbol nunca fue solamente un deporte, es un lenguaje corporal y mucho sentimiento, tiene metáforas propias, exageraciones deliberadas y códigos que ningún diccionario registra.
Cuando un relator grita que un delantero "asesinó" al arquero con un amague, nadie llama a la policía, cuando afirma que un equipo "bailó" al rival, nadie supone que los jugadores abandonaron el partido para ejecutar una coreografía, cuando dice que un futbolista "se comió la cancha", nadie piensa en convocar a un gastroenterólogo.
Son imágenes, licencias, recursos narrativos nacidos mucho antes de que existieran las redes sociales, pero pareciera que hoy hace falta explicarlo.
El fútbol argentino jamás necesitó un manual de interpretación simultánea, siempre se entendió que el relator exagera porque su función no consiste en leer un parte meteorológico sino en transmitir emociones.
Y después aparece la picardía, esa palabra casi intraducible, la picardía no es hacer trampa, es comprender que el fútbol también se juega con la cabeza, con el ingenio, con la sonrisa y, cuando corresponde, con una buena cargada.
Es celebrar una gambeta mirando al compañero, es reírse de una jugada brillante, es devolver en la próxima fecha la broma que hoy tocó soportar, porque en Argentina la cargada tiene fecha de vencimiento, dura hasta el próximo clásico.
El problema es que buena parte del mundo comenzó a analizar el humor futbolero con la misma solemnidad con la que se interpreta un fallo judicial, todo debe ser explicado, contextualizado, pasar el filtro de la susceptibilidad permanente.
Hasta una simple parodia sobre Erling Haaland terminó generando debates que parecían escritos por expertos en relaciones internacionales, se habló de falta de respeto, de burlas inadmisibles y hasta de campañas de desprestigio. ¿En serio?
Estamos hablando de Haaland, uno de los mejores delanteros del planeta, multimillonario, admirado en todo el mundo, convertido en protagonista involuntario de un chiste futbolero que habría durado exactamente cinco minutos en cualquier sobremesa argentina.
Aquí nadie creyó que la intención fuera humillarlo, porque aquí todavía entendemos que el humor necesita exagerar, que la parodia existe precisamente porque el personaje es enorme, que nadie hace caricaturas de los desconocidos.
También parece necesario recordar otra obviedad: el fútbol es un deporte de contacto, roces, forcejeos, barridas, choques, hay jugadores que utilizan el físico como herramienta competitiva porque así fue concebido este deporte hace más de ciento cincuenta años.
Dentro de poco alguien propondrá disputar los partidos respetando la distancia social.
El problema es que el fútbol nunca fue un laboratorio de buenos modales es una expresión popular, es barrio, potrero, tribuna, esa mezcla irrepetible de talento, pasión y desmesura que explica por qué once contra once pueden movilizar a miles de millones de personas.
Tal vez el problema no sea que Argentina viva el fútbol de una manera distinta, tal vez el problema sea que parte del mundo empezó a creer que toda manifestación espontánea necesita un protocolo.