12 de febrero, 2026
Actualidad

La industria de la moda atraviesa una crisis que combina impacto ambiental, desigualdad social y tensiones económicas. En Argentina, el ingreso de ropa importada y usada, la caída del consumo y la competencia desleal profundizan un debate que excede lo estético y obliga a revisar cómo se produce, circula y consume la indumentaria.

La industria textil es reconocida a nivel global como una de las más contaminantes del planeta. Su impacto no se limita al plano ambiental: involucra también condiciones laborales precarias, talleres clandestinos, explotación infantil y cadenas de producciones extensas y poco transparentes. El uso intensivo de agua, productos químicos y energía, sumado a la generación masiva de residuos, posiciona al sector como uno de los más problemáticos en términos de sostenibilidad.
A lo largo de las últimas décadas, el crecimiento del fast fashion profundizó esta situación. La aceleración de los ciclos de producción y consumo llevó a que la ropa deje de ser un bien duradero para convertirse en un producto descartable. Prendas diseñadas para durar poco tiempo ingresan rápidamente al mercado y salen de circulación con la misma velocidad.
Si bien gran parte de los residuos textiles provienen del sector industrial, el consumo doméstico tiene un peso determinante. Informes de organizaciones ambientalistas señalan que el sobreconsumo, la compra reiterada de prendas de bajo costo y corta vida útil, es uno de los principales factores que agravan la crisis ambiental de la moda.
La acumulación de ropa que no se usa, se desecha o se descarta tras pocos usos genera un volumen de residuos que los sistemas de gestión urbana no logran absorber. En este sentido, el problema no radica únicamente en cómo se produce la ropa, sino también en los hábitos de consumo que se consolidaron en los últimos años.

VESTIRSE COMO HECHO CULTURAL Y SOCIAL
Frente a este escenario, en los últimos años comenzaron a ganar visibilidad distintas iniciativas orientadas a reducir el impacto de la industria. La moda circular, la compra de ropa de segunda mano, la reutilización de telas y la confección artesanal aparecen como alternativas posibles para extender la vida útil de las prendas.
Estas prácticas se apoyan en campañas de concientización impulsadas desde redes sociales, medios de comunicación, organizaciones ambientales y emprendimientos independientes. Si bien su alcance todavía es limitado frente al volumen del mercado tradicional, representan un cambio cultural incipiente en la forma de pensar el vestir.
La moda no funciona únicamente como un mercado de bienes. También es un fenómeno cultural que organiza identidades, pertenencias y formas de comunicación. Vestirse implica elegir cómo presentarse ante los demás y ante uno mismo, y esas decisiones están atravesadas por variables sociales, económicas y simbólicas.
Diversos estudios en psicología sostienen que la vestimenta influye en el estado de ánimo y en la percepción personal. Karen Pine, psicóloga y docente de la Universidad de Hertfordshire, afirma que la ropa no solo refleja quiénes somos, sino que también puede incidir en nuestras emociones y comportamientos. En un contexto atravesado por mayores niveles de ansiedad y estrés, esta dimensión subjetiva adquiere especial relevancia, y puede de alguna manera, explicar el sobreconsumo de prendas.

 

LOS LÍMITES DE LA MODA CIRCULAR
Si bien la moda circular y la reutilización de prendas se presentan como alternativas frente al modelo tradicional de producción, distintos especialistas advierten que estas prácticas tienen límites estructurales. El volumen de ropa que se produce a escala global supera ampliamente la capacidad real de reutilización, reciclaje o reventa. No toda la indumentaria descartada puede reincorporarse al circuito de consumo.
Una parte significativa de las prendas producidas por el fast fashion está fabricada con materiales de baja calidad o mezclas de fibras sintéticas que dificultan su reciclaje. En muchos casos, la ropa pierde su forma, resistencia o utilidad tras pocos usos, lo que reduce sus posibilidades de reutilización. Esto genera que incluso los circuitos de segunda mano se saturen y no logren absorber el excedente.
Además, el crecimiento del mercado de ropa usada no elimina el problema de fondo: la sobreproducción. La moda circular actúa, en muchos casos, como una estrategia de mitigación, pero no cuestiona necesariamente el volumen ni la velocidad con la que se producen nuevas prendas. Mientras la lógica del fast fashion continúe incentivando la renovación constante de colecciones, la cantidad de residuos textiles seguirá aumentando.
Otro aspecto a considerar es que la circulación de ropa usada también genera desplazamientos geográficos del descarte. Prendas que dejan de utilizarse en los países centrales no siempre se reutilizan localmente, sino que son exportadas a mercados periféricos, donde se comercializan o terminan convirtiéndose en residuos. De este modo, el impacto ambiental no desaparece, sino que se traslada.
Distintos estudios señalan que la moda circular, tal como funciona actualmente, no alcanza para compensar el crecimiento sostenido del consumo global de indumentaria. Sin cambios estructurales en los modelos productivos, en las regulaciones y en las prácticas comerciales, estas iniciativas resultan insuficientes para revertir el impacto social y ambiental de la industria textil.

FAST FASHION Y DESCARTE GLOBAL
A escala global, una parte significativa de esas prendas producidas no llega a comercializarse o es descartada tras un uso mínimo. Como consecuencia, grandes cantidades de ropa terminan acumuladas en vertederos textiles.
Uno de los casos más visibles es el del desierto de Atacama, en Chile, donde se concentran toneladas de ropa descartada proveniente de distintos países. Prendas nuevas o apenas usadas, fabricadas para mercados del norte global, se convierten en residuos difíciles de degradar y con alto impacto ambiental.
En los últimos años, parte de esa ropa descartada comenzó a reingresar al circuito comercial regional. Argentina se transformó en destino de prendas de segunda mano que llegan principalmente desde Chile. Estas prendas se comercializan en ferias, locales informales y plataformas digitales, a precios considerablemente más bajos que la ropa nueva producida localmente.
Este fenómeno responde tanto a la sobreproducción global como al contexto económico local. La caída del poder adquisitivo empuja a amplios sectores de la población a buscar alternativas más accesibles para vestirse, incluso fuera del circuito formal.
La llegada masiva de ropa usada genera efectos diversos. Por un lado, facilita el acceso a vestimenta a bajo costo y sostiene economías informales que permiten la subsistencia de miles de personas. Por otro, introduce una presión creciente sobre la industria textil nacional, que no logra competir en precios ni en volumen.
En Argentina, el sector textil atraviesa una etapa crítica. A pesar de que en los últimos meses se registró una baja significativa en los precios de la ropa, el consumo no logró repuntar. La principal explicación está vinculada a la pérdida de ingresos de la población y al deterioro del mercado interno.
Desde las cámaras empresarias del sector advierten que la apertura importadora y el ingreso de ropa usada configuran un escenario de competencia desleal. La producción local debe afrontar costos asociados a salarios, cargas sociales, impuestos y regulaciones que no se replican en los productos importados ni en los circuitos informales.
Esta situación derivó en una reducción de la producción, cierre de talleres y pérdida de puestos de trabajo. La crisis no solo impacta en las empresas, sino también en toda la cadena de valor textil, que incluye diseñadores, costureros, comerciantes y proveedores.

Compartir: