Cuando terminan la escuela, muchas personas con discapacidad quedan fuera del sistema sin alternativas de formación ni trabajo. En Santiago del Estero, una organización intenta sostener ese vacío con talleres, inclusión y esfuerzo comunitario.
¿Qué pasa cuando un chico con discapacidad crece y ya no tiene escuela que lo reciba?
El mundo funciona como si las diferencias y dificultades permanecieran en la niñez y la adolescencia, y la adultez llegará con una solución mágica. Como si, de un momento a otro, las personas con discapacidad dejarán de necesitar inclusión, acompañamiento y espacios adaptados.
Incluso a una temprana edad, las opciones educativas son reducidas y las actividades extracurriculares escasas y costosas. Pero en la adultez esa falta se profundiza: ya no se trata solo de acceder a espacios recreativos, sino de encontrar un camino de formación que permita autonomía, desarrollo personal e inserción laboral.
En ese vacío, la transición entre la adolescencia y la adultez se convierte en una zona crítica. Mientras el sistema educativo tradicional establece trayectorias más o menos claras para la mayoría, las personas con discapacidad quedan muchas veces fuera de ese recorrido, sin alternativas concretas que acompañen su crecimiento.
Del arte como encuentro a una respuesta colectivo
La profesora de artes plásticas y acompañante terapéutica María Luisa Ríos comenzó con el taller de pintura “Mis Colores”, donde el arte reunía a jóvenes como forma de expresión. Con el tiempo, y al enfrentarse a los límites del sistema, junto a otras madres y familias decidió dar un paso más: crear Quilla, una organización sin fines de lucro que articula deporte, arte y oficios para personas con discapacidad.
La consolidación del proyecto no fue inmediata ni sencilla. El taller inicial funcionó como un primer espacio de encuentro, pero también como un diagnóstico colectivo: lo que empezaba como una actividad artística pronto evidenció una demanda mucho más profunda, vinculada al derecho a la educación y al trabajo.
En diálogo con LA COLUMNA, explica: “Pasa que estos niños van creciendo y no había escuelas que los reciban porque su posibilidad de escribir o leer era mínima, poca o nada. Las madres dicen: ‘¿qué hago cuando mi hijo sea adolescente? ¿Qué hago cuando sea joven y no tenga un espacio?’ Entonces nosotros intentamos iniciar esto”.
Después de más de años de trabajo sostenido, ese recorrido logró consolidarse en una institución formal. “La idea es poder dar a jóvenes herramientas para trabajar en espacios laborales, en condiciones acordes a sus posibilidades, como atención al cliente u otros oficios”, agrega.
En ese sentido, el espacio no solo busca enseñar un oficio, sino también fortalecer habilidades sociales, autonomía y confianza. La formación no se limita a lo técnico, sino que apunta a construir herramientas para desenvolverse en distintos ámbitos de la vida cotidiana.
Pero el camino no es sencillo. La falta de políticas públicas y de marcos normativos efectivos sigue siendo un obstáculo central. “Seguimos en ese espacio de lucha y derecho. Es difícil porque hay leyes que no nos amparan o que no están vigentes en Santiago, y eso hace que todo se complique más”, señala.
La ausencia de políticas públicas sostenidas no sólo limita el crecimiento de estos espacios, sino que también obliga a las organizaciones a destinar gran parte de su energía a la supervivencia. Tiempo y recursos que podrían estar puestos en ampliar propuestas terminan siendo absorbidos por la necesidad de sostener lo básico.
A pesar de esas limitaciones, la red comunitaria que se construye alrededor de Quilla resulta fundamental. Familias,universitarios voluntarios y colaboradores conforman una trama que permite que la asociación siga en pie, incluso en contextos económicos adversos.
"Entonces eso hace que esas familias que no tienen personas con discapacidad paguen una cuota para poder pagar a los profesores que trabajan con nosotros y poder ayudar y sostener a esa otra familia que muchas veces no tiene. Por eso valoramos también a quienes, sin tener un hijo con discapacidad, eligen este espacio y acompañan”, destaca. Esa convivencia, además, rompe prejuicios todavía presentes en la sociedad. “Hay quienes creen que es un contagio o que puede generar conductas similares, y es todo lo contrario”, explica.
Romper esas barreras culturales es, en muchos casos, tan importante como sostener el espacio físico. La inclusión real no depende únicamente de la existencia de instituciones, sino también de una transformación social que habilite el encuentro y la convivencia en la diversidad.
En Quilla conviven personas con y sin discapacidad, en un entorno donde la inclusión no es un concepto abstracto sino una práctica cotidiana. Los talleres de arte y oficios están orientados principalmente a discapacidades cognitivas e intelectuales, mientras que disciplinas como natación y atletismo trabajan con discapacidades motrices.
Más allá de la rehabilitación física o el aprendizaje técnico, la idea es demostrar las capacidades de sus jóvenes “Nuestra gran posibilidad como institución es mostrar los talentos y habilidades que tienen nuestros artistas o atletas."
El proceso formativo puede extenderse entre dos y tres años, aunque cada trayectoria es distinta. Algunos llegan con habilidades previas que se potencian; otros encuentran allí, por primera vez, una posibilidad concreta de desarrollo.
Cada logro, por pequeño que parezca, implica un avance significativo. Desde aprender una tarea específica hasta participar en una actividad grupal, cada paso construye autonomía en un contexto donde las oportunidades suelen ser limitadas.
A la par, el espacio también proyecta crecer. Entre sus objetivos están la creación de tecnicaturas que amplíen las posibilidades de inserción laboral, así como la mejora de la infraestructura. En ese sentido, una iniciativa resume el espíritu del lugar: la recolección de botellas plásticas que luego son utilizadas para fabricar ladrillos ecológicos.
Gracias a ese trabajo colectivo, ya lograron construir un baño adaptado. El próximo objetivo es un aula en las mismas condiciones.
“Es un trabajo de hormiga”, define María Luisa. Y no es solo una metáfora. En un contexto donde la discapacidad continúa siendo un terreno atravesado por la desigualdad y la falta de políticas sostenidas, espacios como Quilla funcionan como redes que sostienen lo que debería estar garantizado.
El trabajo de estas organizaciones no debería ser excepcional, sino parte de una red más amplia garantizada por el Estado. Sin embargo, hoy siguen siendo sostenidas, en gran medida, por el compromiso de quienes se niegan a aceptar que la inclusión tenga fecha de vencimiento.
Porque cuando el sistema deja de dar respuestas, son estas experiencias las que evitan que la inclusión termine, simplemente, donde termina la escuela.
“Necesitamos acompañamiento. Instituciones que no nos dejen solos para poder seguir acompañando una sociedad que está vulnerada dentro de la discapacidad, sigue vulnerada”, sostiene Maria Luisa e invita a instituciones, empresas y a cualquier persona que tenga la posibilidad de ayudar a sumarse y sostener a Quilla.