Cada diciembre, la festividad de San Esteban convoca a miles de personas en Maco y Sumamao, convirtiéndose en una de las expresiones de religiosidad popular más importantes del norte argentino. Devoción, rituales ancestrales y memoria colectiva se entrelazan en una celebración que trasciende lo religioso y reafirma la identidad cultural santiagueña.
Cada 26 de diciembre, Santiago del Estero vuelve a latir al ritmo profundo de su religiosidad popular. La festividad de San Esteban, primer mártir del cristianismo, moviliza a miles de fieles que llegan desde distintos puntos de la provincia y del país hasta la localidad de Sumamao, en el departamento Silípica. La celebración no se limita a una fecha ni a un acto litúrgico puntual: es un proceso que se extiende durante varios días y que expresa una forma particular de creer, de reunirse y de habitar el territorio.
La fiesta de San Esteban se inscribe en el calendario de fin de año, un período cargado de emociones, balances y expectativas. Mientras para muchos diciembre es tiempo de celebraciones familiares, para otros es un momento atravesado por la angustia, la soledad o la frustración. En ese contexto, la necesidad de creer y de aferrarse a una devoción adquiere una fuerza particular. La fe se vuelve refugio, promesa y esperanza compartida.
La festividad de San Esteban es considerada una de las manifestaciones de religiosidad popular más importantes del NOA. Se caracteriza por un fuerte sincretismo entre el rito católico y prácticas de origen ancestral, incorporadas históricamente por los pueblos originarios y resignificadas a lo largo del tiempo. En esta celebración, lo religioso y lo pagano no se excluyen: conviven y se potencian.
El antropólogo Juan B. Ambrosetti describió la procesión de San Esteban como una experiencia intensa, atravesada por el polvo del camino, los estandartes, los cantos y los gritos colectivos que buscan ahuyentar los malos espíritus. La imagen del santo es trasladada desde Maco hasta la “Casa del Santo” en Sumamao en medio de una multitud que alterna oraciones con expresiones de júbilo, convencida de estar cumpliendo una misión trascendental.
La fe, en este caso, no es silenciosa ni introspectiva. Se manifiesta con el cuerpo: se camina bajo el sol, se baila al ritmo del bombo, se grita, se corre y se cumple la promesa hecha. La religiosidad popular santiagueña se distingue por esa potencia expresiva que convierte la devoción en una experiencia colectiva.
MACO Y SUMAMAO: EL CAMINO DE LA FE
La celebración comienza la noche del 19 de diciembre con la llamada “fiesta chica” en Maco. Allí, desde la madrugada del 20, el pueblo se transforma. Puestos de comidas típicas, venta de bebidas, artesanías, juguetes y artículos religiosos conviven con el sonido de los bombos, los cohetes y los gritos de “¡viva San Esteban!”. La escena tiene clima de fiesta popular, pero también de profundo fervor.
Miles de personas llegan caminando para “tomar gracia”. Hay adultos mayores, jóvenes, niños, mujeres con bebés en brazos y promesantes que avanzan de rodillas. La diversidad de rostros y edades refleja el carácter transversal de la devoción, que atraviesa clases sociales y generaciones.
En la madrugada del 21 de diciembre, alrededor de las tres de la mañana, la imagen del santo es sacada del santuario de Maco e inicia su traslado hacia Sumamao. El recorrido, de aproximadamente 40 kilómetros, incluye paradas en localidades como Manogasta y Silípica. En cada punto, familias reciben a los peregrinos, ofrecen agua y alimentos, y acompañan el paso del santo.
Durante los días previos al 26, comienzan a llegar a Sumamao los promesantes que se adelantan. El sonido de los bombos anuncia la cercanía del santo y el predio se llena de mujeres vestidas de rojo, hombres con cintas rojas y amarillas cruzadas sobre el pecho, albahaca en las orejas y españitas en las manos. La fiesta grande alcanza su punto máximo el 26 de diciembre, cuando San Esteban “está en sus pagos”, como repiten los devotos.

LA IMAGEN, LA FAMILIA Y LA CONTINUIDAD DE LA FE
Uno de los aspectos más singulares de esta festividad es que la imagen de San Esteban no está bajo custodia directa de la Iglesia. Desde hace décadas, pertenece a la familia Juárez, oriunda de Sumamao. Investigaciones académicas señalan que, tras la expulsión de los jesuitas en 1767, numerosas capillas quedaron abandonadas y varias imágenes religiosas pasaron a manos de pobladores que asumieron su cuidado como síndicos.
Francisco “Pancho” Juárez fue uno de esos cuidadores. Aunque se trasladó a Maco, mantuvo el compromiso de regresar cada diciembre con el santo a Sumamao para celebrar su fiesta. Esa responsabilidad fue heredada por sus hijas y continúa hasta hoy. Actualmente, doña Hortensia Juárez es una de las principales referentes de la devoción, acompañada por familiares que sostienen el santuario, organizan la celebración y reciben a los fieles durante todo el año.
La familia Juárez fue históricamente celosa custodia de la imagen. Ese recelo se profundizó tras la prohibición de la fiesta durante la última dictadura militar, cuando durante seis años la celebración fue suspendida. A pesar de intentos de intervención externa, la festividad se mantuvo como una expresión del pueblo, sostenida por la comunidad.
MILAGROS, PROMESAS Y CASTIGOS
La devoción a San Esteban está atravesada por relatos de milagros y también por advertencias sobre los castigos a quienes no cumplen sus promesas. Testimonios recogidos en investigaciones académicas relatan curaciones inexplicables, salvaciones en situaciones extremas y cambios radicales en la vida de los fieles.
Pero así como se narran los favores concedidos, también circulan historias sobre consecuencias negativas para quienes incumplen lo prometido. Para los devotos, hacer una promesa implica un compromiso serio, comparable a un contrato. “Prometé algo que puedas cumplir”, suele advertir doña Hortensia, recordando que la fe exige responsabilidad.
UNA FIESTA DEL PUEBLO
Con más de cien años de historia, la festividad de San Esteban se fortaleció especialmente en las últimas décadas, impulsada por la migración del campo a la ciudad y la transmisión de tradiciones rurales a los espacios urbanos. Hoy, la devoción convoca a personas de todos los sectores sociales, incluidos apellidos tradicionales de la sociedad santiagueña, y despierta el interés de intelectuales y estudiosos.
Para quienes participan, San Esteban no es solo un santo: es un símbolo vivo de identidad. Su fiesta expresa una forma de creer, de resistir al olvido y de reafirmar la pertenencia a una comunidad. Como repiten los devotos, para entender lo que significa San Esteban hay que ir, caminar, escuchar los bombos y vivir la experiencia junto al pueblo.