Ser padre o madre nunca fue fácil, pero pocas generaciones enfrentaron un desafío tan silencioso, constante y cotidiano como el de las pantallas. No llegaron de golpe ni pidieron permiso. Simplemente se instalaron en nuestras vidas, primero como una ayuda, después como una costumbre y finalmente como una presencia permanente. Hoy están en el bolsillo, en la mesa, en la mochila, en el auto, en la habitación y, muchas veces, también en la discusión familiar.
La mayoría de los padres no planeó criar hijos rodeados de pantallas. Simplemente pasó. Un día apareció el primer celular, después la tablet, luego la computadora para la escuela, más tarde los videos, los juegos, las redes y, sin darnos cuenta, la pantalla se convirtió en una niñera, en una distracción, en un premio, en un castigo y, a veces, en el único momento de silencio del día.
Hablar de niños y pantallas suele generar culpa. Culpa por darles demasiado tiempo. Culpa por no saber poner límites. Culpa por usarlas para trabajar, descansar o simplemente respirar cinco minutos. Este texto no está escrito desde el juicio ni desde la teoría, sino desde la realidad. Desde la cocina, el living, el auto, el supermercado y la habitación desordenada de cualquier casa común.
Las pantallas no son el enemigo. Tampoco son inocentes. Son herramientas poderosas que, como cualquier herramienta, pueden ayudar o lastimar según cómo se usen. El problema no es que existan, sino que muchas veces entran en la vida de los chicos sin reglas claras, sin acompañamiento y sin que los adultos sepamos muy bien qué estamos haciendo.
Durante años se repitió la idea de que los chicos “nacen sabiendo” usar la tecnología. Que son nativos digitales. Que entienden más que nosotros. Eso es verdad solo a medias. Los chicos saben tocar, deslizar, abrir y cerrar aplicaciones. Pero no saben gestionar tiempos, emociones, frustraciones ni contenidos. Eso lo aprenden de los adultos, aunque muchas veces los adultos tampoco lo tengamos claro.
La primera pantalla suele aparecer muy temprano. A veces incluso antes de que el chico hable. Un video para comer. Un dibujo animado para calmar un llanto. Un juego para que se quede quieto. En ese momento parece una solución mágica. Y lo es, por un rato. El problema es cuando esa solución se vuelve automática, repetida y cada vez más necesaria.
Muchos padres notan que, con el tiempo, el chico se pone irritable cuando no tiene la pantalla. Que se aburre rápido. Que le cuesta jugar solo. Que todo lo demás parece menos interesante. No es que el niño sea “caprichoso” o “difícil”. Es que su cerebro se acostumbró a un nivel de estímulo constante, rápido y colorido que la vida real no siempre puede ofrecer.

OTRA VIDA
La vida real es más lenta. Más silenciosa. Más aburrida a veces. Y eso no es algo malo. El aburrimiento es una parte fundamental del desarrollo. Es el espacio donde aparece la imaginación, el juego simbólico, la creatividad. Cuando ese espacio se llena siempre con una pantalla, algo se pierde, aunque no se note de inmediato.
A medida que los chicos crecen, las pantallas cambian. Ya no son solo dibujos animados. Aparecen los juegos online, los videos cortos, las redes sociales, los influencers, los desafíos virales. Y con ellos aparecen nuevas preocupaciones. Comparaciones, frustraciones, presión social, exposición a contenidos que no siempre están preparados para procesar.
Muchos padres sienten que van siempre atrás. Que cuando entienden una aplicación, ya apareció otra. Que no saben qué miran sus hijos, con quién hablan, qué consumen. Esa sensación de estar fuera de control genera ansiedad, y muchas veces la respuesta es prohibir todo o, por el contrario, soltar completamente. Ninguno de los extremos suele funcionar.
La prohibición absoluta genera conflicto, rebeldía y secretismo. El “todo vale” genera desorden, dependencia y falta de límites. El punto intermedio es el más difícil, pero también el más sano. Y no se logra de un día para el otro.
Una de las cosas más importantes que pueden hacer los padres es aceptar que el vínculo de los chicos con las pantallas es un proceso, no una batalla que se gana o se pierde. Habrá momentos de equilibrio y momentos de desborde. Días en los que todo fluye y días en los que la pantalla parece haber tomado el control de la casa.
SER ADULTOS
El rol del adulto no es eliminar las pantallas, sino enseñar a convivir con ellas. Y eso implica algo incómodo: mirarnos a nosotros mismos. Los chicos aprenden mucho más de lo que ven que de lo que se les dice. Si ven adultos permanentemente conectados, mirando el celular en la mesa, en la cama, en una charla, es muy difícil pedirles otra cosa.
No se trata de ser perfectos. Se trata de ser coherentes. De mostrar que la pantalla es una herramienta, no el centro de la vida. Que se puede estar sin ella. Que se puede apagar. Que se puede elegir.
El tiempo frente a la pantalla no es lo único importante. También importa el tipo de contenido y, sobre todo, el contexto. No es lo mismo un chico mirando solo durante horas que un chico compartiendo un video con un adulto, hablando de lo que ve, preguntando, riéndose juntos. La pantalla puede ser una experiencia pasiva o una experiencia compartida. Esa diferencia es enorme.
Muchos conflictos aparecen cuando la pantalla se usa como premio o castigo. “Si te portás bien, te doy el celular”. “Si no obedecés, te saco la tablet”. De a poco, la pantalla se vuelve el objeto más deseado, el centro del poder, la moneda de cambio emocional. Y eso le da un peso que no debería tener.
También aparece la culpa del cansancio. Padres y madres que trabajan, que llegan agotados, que necesitan un rato de silencio. Usar la pantalla para descansar no te convierte en mal padre. Lo que importa es que no sea la única estrategia, ni la respuesta automática a cualquier situación.
A medida que los chicos crecen, el desafío cambia. Ya no alcanza con controlar horarios. Aparecen temas más complejos: privacidad, contacto con desconocidos, exposición a violencia, a sexualidad, a mensajes que no siempre son adecuados. Muchos padres prefieren no pensar en eso. Pero los chicos sí lo ven. Aunque no lo cuenten. Hablar es clave. No interrogar, no espiar, no juzgar. Hablar de lo que ven, de lo que sienten, de lo que les gusta y lo que no. Generar un clima donde sepan que pueden contar algo raro sin miedo a que les saquen todo. La confianza es una de las mejores protecciones.
SIEMPRE ENCENDIDAS
Las pantallas también afectan el descanso. Muchos chicos duermen mal porque se acuestan con el celular, la tablet o el televisor. La luz, el estímulo constante, la dificultad para cortar. El sueño es fundamental para el crecimiento, el aprendizaje y el estado de ánimo. Dormir mal no es solo estar cansado, es afectar el desarrollo. Poner límites al uso nocturno no es castigo, es cuidado. Y explicarlo así cambia mucho la conversación. No es “porque yo digo”, es “porque tu cuerpo lo necesita”.
Otro aspecto poco hablado es el impacto emocional. Las redes muestran vidas editadas, cuerpos perfectos, logros constantes. Los chicos comparan, se frustran, se sienten menos. Muchas veces no lo dicen, pero lo sienten. Acompañar también es ayudar a poner en contexto, a entender que lo que se ve no siempre es real. No existe una receta única. Cada familia, cada niño, cada etapa es diferente. Lo que funciona a los cinco años no funciona a los diez. Lo que sirve con un hijo no sirve con otro. Lo importante es no soltar el rol adulto. No delegar la crianza en un dispositivo. Criar en tiempos de pantallas implica equivocarse, corregir, volver a intentar. Implica conversaciones incómodas, enojos, negociaciones. Pero también implica oportunidades. Las pantallas pueden ser una puerta al conocimiento, a la creatividad, al aprendizaje compartido. Pueden unir en lugar de separar, si se usan con intención.
Al final, no se trata de criar hijos sin pantallas, sino de criar hijos que sepan usarlas sin que las pantallas los usen a ellos. Hijos que puedan apagarlas sin entrar en crisis. Hijos que encuentren placer también en el juego, en la charla, en el silencio, en el aburrimiento. No es fácil. Nadie nos enseñó. Estamos aprendiendo mientras criamos. Y eso, aunque dé miedo, también es humano.
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Por Lic. Maximiliano Ripani, Solution Architect & Pre-Sales Engener en ZMA IT Solutions.