26 de febrero, 2026
Nota de Portada

Las personas que sienten una conexión profunda con un animal específico y aseguran identificarse espiritualmente o psicológicamente con él, se volvieron protagonistas en las últimas semanas. Algunos adoptan comportamientos, movimientos o accesorios relacionados con su “animal interior”, como máscaras, colas o formas de desplazarse. Especialistas señalan que suele relacionarse con procesos de búsqueda de identidad, pero también puede volverse preocupante si conduce al aislamiento social, comportamiento obsesivo o se disocia de la realidad. Una tendencia con un futuro incierto.

Por estos días, la palabra therian se convirtió en una de las búsquedas más repetidas en Google y una etiqueta omnipresente en TikTok. El hashtag #therian acumula miles de millones de visualizaciones y los videos muestran, sobre todo, a adolescentes con máscaras de zorro, lobo o felino practicando quadrobics: desplazamientos en cuatro patas, saltos y movimientos que imitan la locomoción animal. La escena, que para algunos es expresión identitaria, para otros es motivo de burla y para ciertos sectores políticos se transformó en combustible ideológico.

Pero ¿qué son realmente los therians y qué hay detrás de la identidad animal que desafía los límites entre lo humano y lo no humano?

 

Qué significa ser “therian”

Los therians son personas que se identifican, en un plano psicológico, lúdico o espiritual, con un animal no humano. No se trata de creer que el cuerpo físico es distinto ni de afirmar una transformación biológica. La vivencia es interna: describen que su “fenotipo interior” no coincide del todo con la especie humana.

El término proviene del inglés therianthropy, derivado del griego antiguo therion (bestia o animal salvaje) y ánthropos (humano). La palabra remite a la idea de transformación en animal, pero en este caso la transformación no es física sino subjetiva: una conexión profunda con una especie determinada.

La comunidad comenzó a organizarse en los años noventa en foros como alt.horror.werewolves, originalmente dedicado a la ficción. Allí, algunas personas empezaron a compartir experiencias personales que excedían el interés literario. En ese contexto también surgió el término otherkin, un paraguas más amplio que incluye a quienes se identifican como seres no humanos —dragones, elfos, ángeles— y del que luego se diferenció el subgrupo que se reconoce específicamente en animales reales: lobos, zorros, ciervos, pumas o aves.

No existe una doctrina única. Algunos interpretan su identidad en clave espiritual —reencarnación o alma animal—; otros la entienden desde una perspectiva psicológica, sin mística. Lo que comparten es la convicción de que esa identificación forma parte constitutiva de quienes son.

 

TikTok y el salto a la cultura de masas

Durante décadas, los therians permanecieron en nichos digitales relativamente invisibles. El quiebre llegó entre 2020 y 2021, cuando el algoritmo de TikTok amplificó videos de jóvenes que mostraban sus shifts —momentos en los que dicen sentir con más intensidad su identidad animal— y rutinas de quadrobics.

La visibilidad tuvo un doble efecto. Por un lado, permitió que adolescentes que no encontraban palabras para describir lo que sentían hallaran comunidad, vocabulario y pertenencia. Por otro, la lógica del video corto redujo una experiencia compleja a una estética llamativa: máscaras, colas, saltos y sonidos animales.

Hoy la comunidad tiene canales de YouTube, podcasts, servidores de Discord con decenas de miles de miembros y debates internos sobre quién puede considerarse therian. Utilizan términos propios como kintype (el animal con el que se identifican) y awakening (el momento en que toman conciencia de esa identidad).

El crecimiento coincide con una generación que atravesó su adolescencia en entornos digitales, donde la búsqueda de identidad y la validación social encuentran un espacio inmediato. No es un dato menor para comprender el fenómeno en contexto.

 

Therians y furries

Una confusión frecuente equipara a los therians con los furries. Aunque comparten algunos espacios culturales, la distinción es relevante.

Los furries suelen sentirse atraídos por personajes animales antropomórficos, generalmente ficticios, y participan en una subcultura creativa: ilustración, convenciones, disfraces y fursonas (alter egos animales). Su vínculo con lo animal tiene un componente lúdico y artístico.

En cambio, los therians sostienen que su identificación no es un juego ni una estética elegida, sino una vivencia identitaria profunda. Investigaciones comparativas realizadas con ambas comunidades muestran diferencias significativas: en una escala de siete puntos sobre identificación con la especie animal de referencia, los therians promediaron 6,6 frente a 5,6 en el caso de los furries.

Además, mientras algo más de un tercio de los furries afirmó sentirse menos del 100% humano, esa proporción ascendía al 85% entre los therians. Y casi seis de cada diez therians expresaron que, si pudieran elegir, no serían humanos en absoluto, frente a menos de cuatro de cada diez furries.

Las fronteras, sin embargo, no son rígidas. Hay personas que se reconocen en ambas etiquetas y la subcultura furry funcionó históricamente como espacio de contención para quienes luego adoptaron el término therian.

 

Salud mental

La identidad therian no figura como trastorno en el DSM-5 ni en la CIE-11. No existe consenso clínico que la catalogue como patología. Muchos profesionales coinciden en que, si no interfiere con la vida cotidiana, no debería tratarse como enfermedad.

Sin embargo, algunos estudios preliminares y reportes clínicos señalan correlaciones —no necesariamente causales— entre identidades otherkin/therian y cuadros de disociación, trastornos del espectro autista, ansiedad social o depresión. La discusión radica en cómo interpretar esa relación: ¿es la identidad una forma de procesar una sensación previa de alienación? ¿O puede, en ciertos casos, profundizar dificultades de integración?

En diálogo con Infobae en Vivo, la psicóloga Florencia Rodríguez explicó que el fenómeno no implica necesariamente una patología, pero sí requiere una mirada atenta, especialmente en adolescentes. El foco, según señaló, debe ponerse en detectar conductas de riesgo y ofrecer acompañamiento sin prejuicios.

El desafío, advierten especialistas, no es la identidad en sí sino el contexto digital. Las comunidades online pueden brindar contención, pero también reforzar narrativas sin mediación crítica ni acompañamiento profesional.

 

Del fenómeno viral al pánico moral

En febrero de 2026, España vivió una serie de supuestas “quedadas therian” en distintas ciudades. Las plazas se llenaron de curiosos, creadores de contenido y cámaras, pero acudieron pocos jóvenes que efectivamente se identificaran como tales. Las imágenes mostraban más gente grabando que protagonistas reales.

El sociólogo Carlos Hernández definió la situación como un fenómeno mediático inflado por la viralidad. La estética —extraña, visual y fácilmente caricaturizable— favorece su expansión en redes y en medios tradicionales.

El concepto de “pánico moral”, acuñado por el sociólogo Stanley Cohen en 1970, ayuda a entender la reacción. Describe momentos en los que grupos minoritarios son presentados como amenaza al orden social. La alarma colectiva suele decir más sobre la sociedad que sobre el grupo en cuestión.

En América Latina, referentes de ultraderecha aprovecharon el fenómeno para vincularlo con debates sobre identidad de género y “cultura woke”. El influencer argentino Agustín Laje calificó a los therians como “transespecie” y los asoció a la “ideología de género”. Su postura es cercana al presidente Javier Milei. En México y Chile también hubo declaraciones en el mismo sentido.

Especialistas en psicología social advierten que comparar identidad de género con identificación animal banaliza discusiones complejas y fomenta la deshumanización. La reacción masiva —comentarios de odio, burlas, convocatorias para ridiculizar adolescentes— expone una dinámica repetida en otros debates culturales recientes.

 

 

¿Fenómeno real o suflé digital?

Los datos disponibles sugieren que el número de personas que se identifican como therians es reducido. No existen estadísticas oficiales ni estudios poblacionales amplios. Lo que sí es masivo es la conversación digital en torno al tema.

Como señalan varios expertos, el crecimiento coincide con la adolescencia de una generación hiperconectada y con algoritmos que premian lo llamativo. Un fenómeno minoritario puede amplificarse en cuestión de días y convertirse en tendencia global.

La pregunta de fondo no es cuántos therians existen, sino por qué una identidad estadísticamente anecdótica genera semejante reacción colectiva. En tiempos de polarización y crisis, cualquier expresión que cuestione categorías consideradas estables —nación, género, incluso humanidad— puede activar respuestas desproporcionadas.

El fenómeno therian, más allá de su dimensión identitaria, funciona como espejo: refleja la ansiedad social frente a lo diferente y la velocidad con la que las redes convierten nichos digitales en debates públicos. Como ocurrió con otras subculturas juveniles, es posible que la ola se desinfle con la misma rapidez con la que creció. Pero el episodio deja una lección: en la era del algoritmo, lo minoritario puede volverse central en cuestión de horas, y la reacción social puede ser mucho más grande que el fenómeno que la originó.

 

Del “Polaco” a las juntadas

La palabra “therian” dejó de ser un término de nicho para instalarse en la conversación pública argentina. En Santiago del Estero, la tendencia —que ya tuvo repercusión en Buenos Aires, Tucumán y otras provincias— comenzó a generar convocatorias en plazas y parques, reacciones en redes sociales y posicionamientos de referentes locales. Uno de ellos es el proteccionista Eduardo Groh Riemersma, conocido como el “Polaco”, fundador del refugio El Montecito de los Canichones.

En diálogo con los medios, el activista animal sorprendió con una mirada particular sobre el fenómeno: “A mí me encanta que se autoperciban animales”, afirmó. Y fue más allá: “Ojalá adopten también la pureza de los animales”.

En Santiago del Estero, la tendencia tuvo eco en redes sociales con convocatorias que no siempre lograron concretarse. Una de ellas fue anunciada para el 14 de marzo, entre las 16.30 y las 21, en el Parque Aguirre, bajo el nombre “Juntada Therian/Furry”. La invitación fue difundida por un usuario identificado como “Duke”, quien expresó incluso temor a que la convocatoria “quede flop”, reflejando la incertidumbre sobre la respuesta real.

Días antes, el 12 de febrero, se había intentado una reunión en plaza Sarmiento, pero la repercusión fue nula. También circularon menciones a posibles encuentros en plaza San Martín, en la Capital, y movimientos incipientes en La Banda y Monte Quemado, según grupos de WhatsApp y clasificados de Facebook.

 

 

Pureza y respeto

Desde su experiencia al frente de un refugio que alberga alrededor de 800 perros, el “Polaco” ofrece una interpretación atravesada por su vínculo cotidiano con los animales.

“Si nosotros nos comparamos con los animales, veremos que son mucho más puros que los seres humanos; no tienen envidia, no tienen miseria”, sostuvo. En esa línea, expresó su deseo de que quienes se autoperciben perro, zorro u otro animal incorporen también “las características principales de los animales: nobleza, sanidad, ir por el camino del bien”.

Aunque aclaró que no es partidario de dar consejos, señaló que lo importante es que los jóvenes “se diviertan, hagan cosas sanas y respeten a los demás”. También marcó un límite claro: “No son animales reales, son personas que adoptan conductas de ellos”, subrayó, poniendo el foco en la convivencia y la seguridad.

Groh Riemersma relativiza el alcance del fenómeno y lo compara con otras subculturas juveniles como los emos o floggers, que tuvieron fuerte presencia mediática y luego se diluyeron. “La vida es circular. Todo lo que empieza en algún momento termina. Creo que estas cuestiones son situaciones que van a pasar”, reflexionó.

 

El rol de los padres

Uno de los ejes más fuertes de su planteo es el rol de la familia. “Con los chicos hay que seguir hablando como siempre. Son personas comunes y corrientes”, afirmó. Para el proteccionista, más allá de máscaras o conductas imitativas, la clave es el diálogo.

“Tienen que hablar los padres con los chicos. Sentarse y hablar”, insistió. Desde su experiencia brindando charlas sobre maltrato animal en escuelas, asegura percibir en muchos adolescentes “la ausencia de los padres”. Y aunque aclaró que no tiene hijos y que su lucha está centrada en ayudar a los perros en situación de calle, consideró que la presencia adulta es fundamental en cualquier proceso identitario.

En ese sentido, planteó que muchas subculturas pueden tener raíces en dinámicas familiares y que el acompañamiento cercano es esencial para evitar riesgos o situaciones de exposición innecesaria.

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