04 de junio, 2026
Actualidad

Es uno de los escritores más destacados de la literatura universal. De origen alemán, a nadie escapa que fue disidente del régimen nazi. Al punto tal que se asiló en Estados Unidos. Desde allí respondió a los alemanes, en tiempos post hitlerianos, sobre su decisión de no pisar más su tierra natal dado que la consideraba contaminada de resabios del Holocausto.

Thomas Mann escribió el libro “Muerte en Venecia”, entre otros tantos, que fue llevado al cine por el director italiano Luchino Visconti, convirtiéndose en toda una novedad para su época porque abordaba el tema de la homosexualidad masculina y la gran asimetría etaria.

Los actores eran Dick Bogarde, encarnando a Gustav Von Aeschenbach, quien se enamora de Tadzio, un joven hermoso -que fue llamado en su época el joven más bello del mundo, interpretado por el actor Björn Andrésen. Cautivado por el encanto del muchacho, Von Aeschenbach comienza a escribir numerosas historias sobre el apuesto joven y toda la belleza de la naturaleza. Todos los días observa a Tadzio jugar con otros chicos desde su balcón y, con el tiempo, se da cuenta de que se enamora de él.

Más allá de lo disruptivo del tema, es importante destacar la figura de Thomas Mann.

 

Mann y el nazismo

Si hay un prejuicio contra los alemanes como “todos nazis”, es bueno rescatar una carta en la que el aludido autor, reiteramos, disidente del régimen hitleriano, se dirige a Walter von Molo, entonces presidente de la sociedad de escritores alemanes, en la que explica las razones de su decisión de no retornar a Alemania y lo que considera “literatura perdida”, la que comprende justamente el tiempo del Holocausto.

Estos son algunos de los pasajes más duros y polémicos de la respuesta de Thomas Mann a Walter von Molo. Fueron escandalosos en la Alemania de posguerra porque Mann cuestionaba no solo al nazismo, sino también la inocencia cultural alemana:

-“Todo lo alemán que surgió durante esos doce años está impregnado de deshonra y sangre.”

-“Los libros impresos en Alemania entre 1933 y 1945 deberían ser destruidos. Un hedor de sangre y vergüenza se pega a ellos.”

-“No acepto la separación cómoda entre ‘el pueblo alemán’ y el nazismo.”

-“La idea de que Alemania fue simplemente víctima de Hitler es una mentira sentimental.”

-“La catástrofe alemana nació también del espíritu alemán.”

Uno de los puntos más polémicos fue su ataque indirecto a quienes permanecieron en Alemania: “Quedarse allí significaba hacer concesiones. Nadie atravesó esos años con las manos completamente limpias.

Y también esta reflexión, considerada especialmente hiriente para muchos intelectuales alemanes de la época: “El exilio no fue un privilegio; fue una forma de destierro moral y humano.”

Mann estaba respondiendo a la invitación de volver a Alemania “para curarla espiritualmente”, y prácticamente contestó que antes debía existir una verdadera asunción de culpa colectiva.

La reacción fue enorme: muchos lo acusaron de arrogancia y de juzgar desde la comodidad del exilio en Estados Unidos; otros vieron en él una de las pocas voces alemanas que hablaban con honestidad brutal sobre la responsabilidad cultural del nazismo.

 “Usted me invita a regresar. Pero ¿regresar a qué? ¿A una tierra donde el espíritu fue puesto al servicio del crimen?”

“No hubo solamente violencia física; hubo una corrupción del lenguaje, de la cultura y de la conciencia.”

“La barbarie no cayó sobre Alemania desde otro planeta. Surgió desde dentro.”

“El aislamiento del emigrado fue terrible, pero más terrible era respirar el aire moral de la Alemania hitleriana.”

 

Uno de los párrafos más discutidos gira alrededor de la responsabilidad colectiva: “No creo en la inocencia colectiva del pueblo alemán. El sufrimiento que hoy padece Alemania no puede desligarse de lo que Alemania hizo padecer al mundo.”

También hay momentos donde Mann rechaza el consuelo sentimental y exige una autocrítica radical: “La compasión hacia Alemania solo puede comenzar donde Alemania abandone toda autocompasión.”

Y este pasaje, especialmente duro para los intelectuales que permanecieron en el país: “Quien decidió quedarse debió aceptar silencios, compromisos, deformaciones del espíritu.”

La carta tiene un tono casi de duelo moral. Mann no escribe como alguien triunfante, sino como alguien que siente que la tradición cultural alemana -la patria de Goethe, Beethoven y Kant- quedó profundamente herida por el nazismo.

El intercambio entre Thomas Mann y Walter von Molo ocurrió en uno de los momentos más traumáticos de la historia alemana: los meses inmediatamente posteriores a la caída del Tercer Reich en 1945.

En mayo de 1945, Alemania se rindió. El país estaba devastado.

Además de la destrucción material, existía una enorme crisis moral: ¿cómo podía Alemania seguir considerándose la nación de Goethe, Beethoven y Kant después de Auschwitz? Ese fue el centro del debate.

Walter von Molo era un escritor conservador que había permanecido en Alemania durante el nazismo. Le pedía que regresara a Alemania para ayudar a reconstruir espiritualmente al país. Su idea era distinguir entre “nazis” y “verdaderos alemanes”, recuperar la tradición cultural alemana y reconciliar a los intelectuales exiliados con quienes se quedaron.

Muchos alemanes necesitaban figuras morales prestigiosas para reconstruir la identidad nacional, y Mann era probablemente el escritor alemán más famoso del mundo.

¿Quién era Thomas Mann en ese momento?

Era un hombre que había abandonado Alemania en 1933, apenas Hitler llegó al poder.

Vivió primero en Suiza, luego en Estados Unidos. Durante la guerra se convirtió en una de las voces alemanas antinazis más importantes: habló por radio a los alemanes desde la BBC, denunció a Hitler, defendió públicamente la democracia, atacó el antisemitismo y el nacionalismo alemán. Para los nazis era un traidor. Para muchos exiliados era una autoridad moral.

 

El gran conflicto: “exilio” vs. “emigración interior”

La discusión escondía una pelea mucho más profunda entre dos grupos de intelectuales:

-Los exiliados: Escritores que huyeron de Alemania: Thomas Mann, Bertolt Brecht, Stefan Zweig, Hannah Arendt, entre otros. Muchos pensaban que quedarse en Alemania implicaba algún grado de compromiso moral con el régimen.

 

-Los que se quedaron (“emigración interior”): Autores que permanecieron en Alemania alegando silencio, resistencia pasiva, y supervivencia cultural desde dentro. Decían: “No todos los que se quedaron fueron nazis.

 

Similitudes con la historia de la dictadura en Argentina

 

Muchos intelectuales en nuestro país, durante los años 70, tuvieron que emigrar, otros decidieron hacerlo para no participar de lo que consideraban la masacre más grande de la historia argentina. Más allá de disidencias sobre las responsabilidades que les cupieran o no a los intelectuales argentinos de la época para comprometerse o no con cuestiones que involucraban la vida o la muerte misma, algunos decidieron quedarse y callar por una cuestión de supervivencia.

Otros, adheridos a la aún no escarbada “teoría de los dos demonios”, adoptaron la modalidad de quedarse en el país y optar por permanecer en el país durante el interregno de la democracia que todavía debe analizarse con ecuanimidad. Pero eso es harina de otro costal.

Lo que sí es dable analizar es el tema de si la permanencia o no en territorio propio donde ocurren masacres sociales es plausible de críticas. Si esto implica connivencia necesariamente o simple convivencia por auto preservación.

En nuestro país, el tema fue motivo de grandes disputas sobre moral o complicidades, cuando sólo se trató, en muchos casos, un tema de subsistencia. Y sobre eso, no hay mucho que analizar ni debatir.  En definitiva, el caso Thomas Mann es un hecho testigo de los ideales, las ideas confrontadas a la pulsión de vida que nos iguala a todos, con mayor o menor valentía, y si el exilio es o no una zona cómoda para derramar críticas con la impunidad que impera en la distancia.

A saber…

 

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