Los especialistas advierten que muchas de las primeras manifestaciones de trastornos alimentarios pueden confundirse con conductas propias de la edad. La detección temprana y el acompañamiento del entorno son claves para evitar el agravamiento del cuadro.
Cada 2 de junio, el Día Internacional de Acción por los Trastornos de la Conducta
Alimentaria busca visibilizar una problemática que afecta a adolescentes de todo el mundo y que en Argentina muestra cifras preocupantes.
Los TCA no son simplemente un problema relacionado con la comida o el peso, afectan a la salud mental y pueden causar daños graves a la salud física.
Su origen es multicausal e involucra factores biológicos, psicológicos, familiares, sociales y culturales. La adolescencia, además, es la etapa de mayor vulnerabilidad.
Entre los factores de riesgo se incluyen la insatisfacción corporal, la baja autoestima, el perfeccionismo, la presión sociocultural por alcanzar determinados ideales estéticos y la exposición constante a mensajes que asocian delgadez con éxito, belleza o aceptación social.
Entre los trastornos de la conducta alimentaria más frecuentes se encuentran la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa y el trastorno por atracón. Aunque presentan características diferentes, todos comparten un profundo malestar emocional y una relación conflictiva con la alimentación. Sin tratamiento adecuado, pueden afectar seriamente la salud física, psicológica y social de quienes los padecen.
El entorno digital y las redes sociales ocupan hoy un lugar especialmente relevante, ya que pueden intensificar la comparación corporal y la búsqueda de validación externa, así también la comparación constante con
¿Por qué la adolescencia es la etapa más vulnerable?
La adolescencia es una etapa caracterizada por transformaciones físicas, emocionales, vinculares y sociales profundas. En ese contexto, la construcción de la identidad, la comparación con pares y la exposición a ideales corporales pueden aumentar la vulnerabilidad frente a conductas alimentarias de riesgo. Detectar las señales a tiempo resulta central, porque muchas de ellas pueden pasar inadvertidas o interpretarse como conductas propias de la edad.
A nivel emocional, pueden aparecer irritabilidad, tristeza, ansiedad, aislamiento, mayor sensibilidad a las críticas o preocupación excesiva por la apariencia física. En lo conductual, es importante prestar atención a la evitación de comidas familiares o sociales, las reglas rígidas respecto de los alimentos, el aumento excesivo de la actividad física, las visitas frecuentes al baño después de comer o la preocupación persistente por contar calorías.
También deben considerarse cambios físicos como descenso o fluctuaciones marcadas de peso, mareos, fatiga, sensación constante de frío o alteraciones menstruales. Los TCA no siempre son visibles. Muchas personas mantienen un peso considerado normal o incluso elevado y, aun así, atraviesan un trastorno alimentario. Por este motivo, la detección no debe centrarse únicamente en los cambios corporales, sino también en las conductas, emociones y pensamientos vinculados con la comida y la imagen personal.
La Dra. Julieta Sanday, docente de la Licenciatura en Psicología de la Fundación Barceló destaca que, según investigaciones internacionales, las personas con TCA suelen demorar varios años en solicitar ayuda y que solo una proporción reducida accede a tratamientos especializados, lo que refuerza la importancia de intervenir a tiempo.
Los trastornos alimentarios tienen la tasa de mortalidad más alta de todos los trastornos psiquiátricos. La edad promedio de inicio de la anorexia y bulimia nerviosa es entre los 16-17 años y entre los 18-19 años respectivamente.

El rol de la familia
El acompañamiento familiar es un factor clave tanto en la prevención como en la consulta temprana. Las familias pueden ayudar generando espacios de diálogo sin culpabilizar, juzgar ni minimizar el malestar del adolescente. Es importante evitar comentarios sobre el peso, la forma corporal o la cantidad de comida ingerida, incluso cuando se realicen en tono de broma o preocupación.
Las personas con un trastorno alimentario necesitan sentir que son dignas de amor y cuidado. Una relación de confianza puede ayudarlos a abrirse sobre sus sentimientos y dificultades.
También se recomienda promover una alimentación compartida y flexible, sostener rutinas saludables y favorecer una autoestima apoyada en capacidades, vínculos e intereses, y no únicamente en la apariencia física. “Cuando aparecen señales de alerta, la familia no debería esperar a que el problema se resuelva solo”, destaca Sanday. Consultar con profesionales de salud mental especializados en la temática, como psicólogos, pediatras y nutricionistas, es el paso más importante. Durante el tratamiento, la participación activa de la familia es un factor determinante de éxito de las terapias.
Prevenir es más que evitar
La prevención debe entenderse en un sentido amplio. No se limita a evitar la aparición del trastorno, sino que también incluye detectar precozmente conductas de riesgo y reducir sus consecuencias. La escuela, la familia, los clubes, los equipos de salud y los espacios comunitarios cumplen un rol fundamental en ese proceso.
"Prevenir no significa controlar de manera invasiva, sino acompañar con presencia, información confiable y sensibilidad clínica”, señala Sanday.
Es primordial observar si el adolescente:
Cuanto antes se detectan las señales, mayores son las posibilidades de intervenir a tiempo y evitar el agravamiento del cuadro.