Ganar una elección alguna vez exigía prestigio, trayectoria, ideas y una biografía capaz de soportar la luz del día. Hoy alcanza con aparecer en una encuesta, abrir una cuenta en redes sociales, contratar un asesor de imagen y repetir tres consignas aprendidas de memoria. O que alguien con poder real lo elija. La política ha logrado un milagro estadístico producir más candidatos que ciudadanos capaces de reconocerlos.
En semejante escenario, el elector ya no vota con entusiasmo sino con resignación. Observa una boleta poblada de nombres que jamás escuchó, dirigentes que no gestionaron nada, legisladores invisibles y aspirantes cuya única experiencia conocida consiste en vaya a saber qué cosa existencial hicieron.
Resulta difícil culpar únicamente al ciudadano por su apatía. Durante décadas le prometieron revoluciones productivas, salariazos, lluvias de inversiones, pobreza cero, crecimiento infinito, federalismo auténtico, transparencia absoluta y justicia social definitiva.
Así fue creciendo un fenómeno tan comprensible como inquietante. Cuando la política tradicional perdió toda capacidad de generar esperanza, apareció un personaje que muchos describen como extravagante, imprevisible o directamente desequilibrado. Sin embargo, precisamente allí reside parte de su atractivo. En un escenario dominado por profesionales del cálculo, un hombre dispuesto a romper protocolos parecía, para muchos, infinitamente más auténtico que quienes llevaban décadas perfeccionando el arte de decir absolutamente nada.
Reírse de la llamada "casta" terminó siendo mucho más rentable que intentar integrarla. Mientras los dirigentes tradicionales discutían cargos, listas, internas y lugares en las fotografías, alguien comprendió que existía un negocio político mucho más sencillo: señalar a todos ellos como responsables del desastre. Y lo extraordinario fue que millones de personas no solo escucharon ese discurso; sintieron que, por primera vez en mucho tiempo, alguien describía exactamente lo que ellos pensaban.
Después llegaron los analistas, sorprendidos por un fenómeno que ellos mismos habían contribuido a incubar. Se preguntaban cómo era posible que un candidato tan disruptivo alcanzara semejante respaldo. La respuesta nunca estuvo en él. Estuvo en los demás. Durante demasiado tiempo confundieron paciencia con conformidad, silencio con apoyo y resignación con confianza. Descubrieron demasiado tarde que el hartazgo también vota.

Ocurre que el ciudadano promedio dejó de buscar al mejor dirigente. Ahora simplemente intenta identificar al que todavía no lo decepcionó. Es un criterio elemental, aunque profundamente revelador.
Zigzaguean entonces los partidos tradicionales intentando parecer nuevos sin dejar de ser viejos. Cambian nombres, colores, slogans, logos, consultores y hasta peinados y caen candidatos desconocidos en paracaídas. Pero existe un pequeño inconveniente el envase puede renovarse; el contenido sigue teniendo fecha de vencimiento.
Algunos creen que basta con multiplicar candidatos para fortalecer la democracia. En realidad, muchas veces solo consiguen multiplicar la confusión. Cada elección incorpora 7recorrer un barrio, discutir un presupuesto o resolver un problema concreto.
Mientras tanto, el ciudadano observa el espectáculo con una mezcla de ironía y cansancio. Escucha debates inexistentes entre candidatos sordomudos. Ojalá algún día la discusión vuelva a girar alrededor de proyectos, instituciones y resultados medibles. Porque ninguna democracia puede sostenerse indefinidamente sobre la bronca. El enojo puede ganar elecciones, pero difícilmente alcance para construir un país.
Respetar al ciudadano implica dejar de subestimarlo. No necesita dirigentes que le expliquen por qué siempre tiene que esperar un poco más para vivir mejor. Necesita gobernantes que comprendan que la confianza es un recurso agotable. Cuando durante décadas se administran promesas incumplidas, el voto deja de ser un premio y comienza a convertirse en una sanción.
Al final, la mayor ironía de nuestra política es que muchos de quienes hoy se escandalizan por el éxito de los outsiders fueron precisamente quienes prepararon el terreno para que aparecieran. Después de tantos años de privilegios, relatos grandilocuentes y promesas recicladas, no debería sorprender que una parte importante de la sociedad prefiera apostar por alguien que parece dispuesto a incendiar el escenario antes que seguir viendo la misma obra con los mismos actores.